Semana catorce (14)

He acabado En Movimiento, las memorias de Oliver Sacks, una expedición por su vida, llena de interés. Todas las vidas lo tienen. Incluso cuando los diarios no reflejan todo. O cuando lo que reflejan no sea exacto. La primera persona, como la tercera, es compatible con la verdad; es decir, unas memorias no son ontológicamente tramposas. Sacks nos cuenta quien fue a través de sus intereses científicos. Tendía a escribirlo todo o casi todo: lo que no estaba en sus cuadernos dejaría de estar en el mundo. El lector también acaba por tener una imagen de quién es él por su relato sentimental: su relación con sus padres y hermanos –fundamental como en todas las vidas– y por sus amores. Estos van sucediéndose a lo largo de la vida, desafiando a la creencia de que el amor solo nace en la juventud y a partir de ese momento únicamente cabe su administración. Al final de las páginas, el amor aparece sobrio, a tiro de piedra del final.

En mi mesilla de noche me gusta explorar otras vidas. A veces las leo con admiración aun cuando son libros hiperbólicos, en otras ocasiones con interés antropológico y literario como me ocurre con Trapiello. Siempre acabo encontrando un poso común a mi propia vida y también a la tuya lector. Sucesos y pensamientos que al leerlos podemos reconocerlos sin dificultad. Conductas, comportamientos, miedos, celos, envidias, inseguridades, conflictos que nos convierten en seres corrientes, mucho más simples de lo que a veces podamos pensar.

El incendio que arrasa un archivo es como morir sin dejar rastro escrito.

Spotify me ha arrojado una canción que nunca hubiera buscado. Ha hecho que la encontrara como quien se tropieza en la tele con una película que ya no puede dejar de ver. La canción es Locura transitoria de Extremo Duro. Una inverosímil coda para este semana.

He comprado el mismo par de pantalones que gasto desde los quince años. Renuncio así a encontrar la caja perdida de la última mudanza, donde creo que podían estar. No hay mudanza en la que no se pierda algo.

La próxima será la quince.

Semana trece (13)

Ha llegado la primavera con las turbulencias de siempre. Tan pronto llueve, hace calor, o el cielo se vuelve gris.

Por Oliver Sacks me entero, aproximadamente, de lo que es el darwinismo neuronal. Nuestras propias neuronas luchan y vencen las mejores, o las que mejor se adaptan a las circunstancias. No deja de ser sorprendente que en nuestros cuerpos se libre la terrible batalla de la supervivencia. En esas luchas intestinas está el origen del individuo, o dicho de otro modo, la causa por la que no hay dos niños en el mundo que hayan aprendido a andar del mismo modo.

Por Chesterton: la pobreza implica la pérdida de los derechos civiles. La cara oculta de los derechos negativos, como por ejemplo, el derecho a no ser pobre.

La próxima semana será la catorce.

Semana doce (12)

La rutina siempre te salva. La novedad perenne no existe y si existiera sería una prisión. Las buenas rutinas dejan espacio para la sorpresa cotidiana, una especie de fatiga vital, cómoda, para quienes no tenemos que luchar para sobrevivir.

La semana ha pasado veloz. Las vistas en St Paul’s son a la calle, a la vida real donde las cosas suceden tal cual. Se pierde y se gana. Pase lo que pase, nada se detiene. Los hombres a esa distancia parecemos hormiguitas acarreando granos de azúcar y migajas. Aprendo muchas cosas, aunque me costaría decir el qué. La primera es la confirmación del valor de la apariencia. Las cosas y los hombres tienden a ser lo que parecen.

La presidencia Trump no ha podido reformar el Obamacare. Las exigencias de la minoría radical lo han impedido. Mientras, algunos medios insinúan la idea de que ciertos poderes del Estado (Deep State) trabajan para arruinar al propio presidente. Una vez más, la teoría de la conspiración como prolongación de la impotencia propia. Tampoco parece que vaya a ser rápida la ratificación del juez propuesto para el Tribunal Supremo, Neil Gorsuch. En su hearing, dijo que un juez no era un algoritmo y que por tanto no podía adelantar ni generalizar su criterio jurisdiccional sobre los casos concretos que se le plantearan. Yo no me hubiera atrevido a hacer esa afirmación, porque veremos cómo la inteligencia artificial intervendrá decisivamente en el ámbito jurídico. La ironía del juez es la expresión confiada de toda la profesión que considera que solo los hombres de carne y hueso podrán administrar justicia. Veremos.

Viene al pelo esta cita de Pinker: «As people age, they confuse changes in themselves with changes in the world, and changes in the world with moral decline –the illusion of the good old days».

Este es el enésimo intento de salvar este blog y de asomarme semanalmente. No sé si lograré esquivar todas las interferencias, pero debería. A todos nos conviene poner en orden nuestras ideas, y mi modo de hacerlo es a través de este diario.

La semana 13 será la próxima.

Realistas y populistas.

Seguro que hay quien cree que no es para tanto. Sin embargo, el cambio es de tal magnitud que no hay que esperar a las consecuencias. Las primeras órdenes presidenciales de Obama se dirigían a cerrar Guantánamo. Es decir, a suprimir un espacio sin garantías judiciales, un lugar alejado de la razón, un lugar oscuro. No lo consiguió, porque la lucha por la razón implica un trabajo ímprobo, que acaba siendo una carrera de relevos sin meta (Prometeo). En los próximos cuatro años no parece que vaya a cerrarse. Las primeras órdenes de Trump se dirigen a acabar con el Obamacare, sin que haya una propuesta alternativa que asegure a quienes el mercado expulsará de la atención sanitaria universal. No hay que esperar, los crónicos más pobres no dispondrán de un seguro de salud razonable. Son pocos y cuestan mucho. Es difícil creer en una Unión indestructible en la que no haya mecanismos compensatorios que garanticen el derecho a la salud de todos. Me dirán que este párrafo está sesgado por ese paternalismo europeo de Beveridge y Bismark, o por puro partidismo. Puede ser. Aunque creo que es una cuestión de justicia material.

Pero al margen del contenido, en ambos casos, el nuevo presidente quiere borrar la peor huella del anterior. No a Guantánamo y no al Obamacare. En esta acción está la distancia entre los dos nuevos bloques políticos, el que lidia con la realidad y el populista. La relación con la realidad es lo que permite discernir hoy a nuestros políticos. Unos trabajan a partir de ella y asumen que no hay soluciones mágicas. El mundo es complejo, su transformación exige que la política se base en el conocimiento, en la verdad disponible. Sabemos que el progreso y la prosperidad es algo endeble, frágil y costoso. Los otros no admiten la realidad, dicen y hacen lo que al pueblo le conviene oír. La palabra pueblo frente a la palabra ciudadano. Encerrados en una categoría como aquella somos los perfectos destinatarios de toda clase de ensalmos y dogmas, nunca puede haber un pueblo sin un mesías.
Paine y Burke discutieron con argumentos. Ninguno ignoró la realidad. Sus puntos de vista eran distintos, y esa discusión nos legó un mundo político y moral mejor. En cambio, de esta nueva división del mundo político no cabe esperar muchas cosas. Los populismos asumen que deben seguir la corriente del pueblo o de los militantes, a quienes claro está, no les gusta oír que necesariamente sus pensiones serán menores o que el gasto en defensa tendrá que aumentar, ni tampoco que la sanidad tal y como la conocemos tendrá que hacerse sostenible o desaparecer. Y lo cierto es que el populismo está hoy por todas partes. Y los racionales o realistas no consiguen persuadir, quizás porque no tienen a quién y eso es lo más dramático del asunto. ¿La Ilustración ha muerto?

No se pregunten si son de izquierdas o de derechas, pregúntense si son realistas o populistas, acabarán antes.

Decadencia (y II)

Las calles en las que ha discurrido mi infancia están descuidadas y ajadas. Una decadencia física y aplastante. Baldosas rotas, calles sucias, paredes manchadas. Un paisaje irreconocible y hasta ahora insólito. La crisis histórica de las comarcas mineras, que ha acabado en las calles. Esta decadencia es nostálgica y amarga. También es reversible aunque tenga que esperarse a las urnas.

***

Patria de Fernando Aramburu es un libro pleno. Una novela que nos pone en medio de las víctimas del terrorismo. La cobardía de los vecinos, el proceso en el que uno empieza a ser víctima, desde las primeras pintadas, a la retirada del saludo, hasta el asesinato. Y todo lo que sucede después para las víctimas, una muerte en vida.

La novela describe la vida cotidiana de dos familias, donde todas sus peripecias quedan relegadas por el crimen. Para las víctimas es imposible vivir de espaldas al asesinato. Los asesinos, incluso antes de que lo sean viven al otro lado del muro ético. En el relato hay hueco para el arrepentimiento. Sin embargo, esta sigue siendo la cuestión más escabrosa. Primero si su naturaleza es franca, ¿es posible un arrepentimiento sincero? ¿cómo se puede conocer un arrepentimiento de esta clase? Segundo sus efectos, ¿sirve para algo arrepentirse sobre algo irreversible? ¿Hay arrepentimiento sin posibilidad de rectificación? No tengo respuestas, aunque la novela apunta a esa posibilidad como forma de pasar página.

El arrepentimiento exige para que sea perfecto el perdón. Sobre este tengo menos dudas. La naturaleza del perdón es noble, en el perdón no hay cálculo. Para la viuda, para el huérfano el perdón no atenúa en nada su pérdida. El arrepentido siempre encuentra beneficios o los busca.

La asimetría está presente en toda la novela. Para un lector distanciado no hay perdón posible, las penas del delincuente son las que le corresponden. En la novela se cuentan abusos, que solo caben dentro de un relato de ficción; en la vida, tanto las víctimas como los verdugos están sujetos al reino de la realidad, a lo que los hechos pueden demostrar.

Decadencia (I)

La decadencia de la ciudad es un hecho. Las primeras horas de la madrugada del domingo son la prueba irrefutable. No obstante lo importante sigue siendo juntarse y hablar ininterrumpidamente cuatro horas. No hay mejor cosa que tener que resumir para los amigos. Así uno aprende a ajustar sus propias cuentas, a ser el narrador de sus últimas peripecias. A sorber las de los otros como si fueran cucharadas de una sopa que comerás bordeando el límite entre el calor y la quemadura. Las vidas solo discurren juntas si se cuentan, si las risas y los inconvenientes se arrojan sobre la mesa como si fueran género que hay que vender rápido. A casi todos nos ocurren las mismas cosas, incluso aquellas que jamás contaremos y que llevamos con nosotros, quién sabe si como un escudo o como un pesado fardo.

En la calle apenas hay gente y la que sale a nuestro paso parece aburrida y apática. Es sábado noche y no se adivina ninguna emoción. No veo por ningún lado la gloria de conquistar esa noche que ha costado seis largos días. Parece como si la ciudad hubiera tomado como rehenes a toda esa gente, borrando de ellos cualquier atisbo de alegría. No caminan con desorden, parecen que están ocupados en un trámite molesto que no tiene pinta de acabar. Hay corrillos en las puertas de los bares, da la sensación de que dentro no hay nadie. No me imagino lo que ocurrirá cuando haga frío de verdad. En la ciudad no corren, como en otro tiempo, historias de sábado noche. No digo que no las haya, pero sospecho que ya no ocurren en la calle, que para conocerlas habría que mirar por las ventanas de las casas. Hay muchas iluminadas, y esa es la prueba definitiva de la decadencia de la ciudad.

Mientras que eso ocurre puede que en algunas casas se viva un nuevo y desconocido esplendor. Opaco. En ninguno de esos pisos iluminados las cortinas están retiradas. Si en alguna ocurre, y se puede entrever una o dos siluetas será por descuido. El exhibicionismo está socialmente penado. Pero como el verdadero interés nace de la prohibición, me gustaría observar el esplendor de las vidas domésticas, para compararlo con la decadencia de la calle.

Después del campeonato del mundo de ajedrez, donde Magnus Carlsen ganó al ruso Karjakin, he visto la película sobre Fisher. Sobre el campeonato del mundo que ganó en Islandia. Destacan sus excentricidades, quizá porque sea muy difícil contar cómo ganó. El secreto del ajedrez consiste precisamente en entender la grandeza de una victoria que casi siempre nace de una gran resistencia. La película tiene el valor de sugerir que el ajedrez es emocionante y no un juego para frikis. Incluso, hay hueco para los aficionados y para los jugadores de negras.

De los nuestros

Llevar un diario es una actividad de riesgo. Basta que alguien vuelva las hojas para que detecte contradicciones o incongruencias. El tiempo hace que las cosas caduquen, sin embargo, las opiniones o cualquier anotación sin mayor importancia son resistentes. Aunque nadie tenga ni la paciencia ni el interés en retroceder a través de este diario, a mí, sus páginas, sí me acechan sin necesidad de releerlas. En mi mesilla de noche, el género de diarios se ha impuesto como forma de recorrer otros caminos, casi en tiempo real, sin margen para el asombro.

El abandono de este diario tiene muchas explicaciones. Pero el amable lector sabe que nunca es un abandono definitivo. Siempre acabo por volver, aunque solo sea por escapar de los pretextos que me rodean.

St. Paul’s es un lugar de corrientes. Frías corrientes que pueden llevarte a la tumba. Las corrientes hay que evitarlas, el abrigo no las combate. Puede que evitar algo suene a huida y que la huida suene a cobardía. No es así. En ocasiones la única victoria es haber evitado la lucha y la propia derrota de tu adversario. Esas cosas se entienden con el tiempo.

En Estados Unidos el presiente electo está diseñando su equipo a su imagen y semejanza. Sus colaboradores serán el brazo ejecutivo de sus ideas y declaraciones. Sin sorpresas ni conflictos internos que dan muy mala impresión. Un jefe absoluto quiere subordinados absolutos. Un jurista, que niega la influencia de la actividad humana en el clima, dirigirá la Agencia de Medio Ambiente. El presidente electo tiene serias sospechas de que los hombres no tienen nada que ver con el cambio climático. Se las confirmará, con pruebas de obediencia, un exfiscal. Nadie señalará al presidente la contundencia de las conclusiones de la comunidad científica. Ni siquiera se tomarán el tiempo para discutir y hablar abiertamente del asunto. En materia de creencias todo se da por hecho.

La política estadounidense será un mar de contrastes. El primero es que los hombres del nuevo presidente serán inequívocamente de los suyos. Esos primeros e improbables apoyos, cuando nadie le tomaba realmente en serio, estarán en el gobierno. Su antecesor, el cuadragésimo cuarto presidente, Barak Obama, mantuvo y nombró a un secretario de defensa republicano. Además de haber designado a Hilary Clinton como secretaria de estado. Adversarios y rivales en el mismo bando, tras la lucha.

Son dos formas de entender el poder. La nueva se basa en su ocupación, todo el poder será mío (nuestro). La antigua considera el poder como una transacción entre opciones que no son absolutamente ni buenas ni malas. La búsqueda de un equilibrio imposible, débil y precario. La lucha de las ideas y los hechos frente a la acción, al rodillo. La mejor señal de inteligencia de quien manda es tener en su equipo a alguien ajeno cuyos consejos no sigan la «línea del partido». La presidencia de Obama ha sido una continua negociación, basta examinar su política exterior. En las buenas negociaciones nunca hay ganadores absolutos.

La política de los nuestros negará los hechos y tratará de imponer los principios sin que nadie pueda discutirlos. Ya sabemos que si el cambio climático no tiene nada que ver con la actividad humana, el hombre podrá volver a emitir lo que quiera. Cualquier retroceso en esto es un peligro para todos, pero el nuevo presidente no tendrá a nadie cerca que pueda decírselo.

Un diario como este es un diálogo mudo, pero no sordo.

Cartas babianas (XCVI)

Queridos veraneantes:

Por fin las conclusiones sobre Oakeshott. Este verano no es un verano para leer.

El principal eje en política es izquierda/derecha. Ahí está la Revolución Francesa y las disputas doctrinales entre Burke y Pain. En ese momento germinal, la derecha quedaba alineada con el Antiguo Régimen, escrito a brocha gorda, porque Burke aunque no era partidario de la Revolución tampoco lo fue del Antiguo Régimen. Esta distinción se quiera o no, no llega a tener un alcance objetivo, simplemente sirve como marca. En cada momento ha tenido una significación propia, al principio para la derecha era fundamental el derecho natural (preferentemente de origen divino-religioso) y la izquierda militaba en un racionalismo dogmático. Después de Marx la izquierda se caracterizó por ser materialista frente al idealismo romántico de la derecha (el espíritu del pueblo…). La izquierda, en aquel tiempo, fue internacionalista y solo reconocía al hombre –cualquiera que fuera su nacionalidad– como sujeto político, obreros del mundo uníos. Ahora se acepta la existencia de nacionalistas de izquierdas que como todo nacionalismo incurren en idealismo y metafísica dejando de lado el materialismo. La derecha hubo un tiempo en que era partidaria de la descentralización, de las regiones, aún lo es en Estados Unidos en la lucha entre la Nación y los Estados, decantándose claramente hacia estos. Después abandonó cualquier idea de intervencionismo económico y se identificó con los postulados liberales. En todo, menos en las costumbres donde sigue asimilándose a la norma cristiana, al menos en la Europa demócrata-cristiana.

Por tanto, los confines de izquierda y derecha no están claros. Posiciones históricamente propias de la izquierda hoy son asumidas por la derecha. Rasgos tradicionales de la derecha aparecen en los discursos políticos de la izquierda. Hoy, y quizá siempre haya sido así, ser de izquierdas o de derechas responde a la autodenominación del partido al que uno se adhiera.

En el meollo de esta cuestión está sin duda la pregunta de por qué las personas de derechas e izquierdas piensan lo que piensan. Si nos atenemos al batiburrillo antes enunciado, la respuesta nunca podrá ser racional. Tomemos a la vida como ejemplo, las posiciones de la izquierda y de la derecha son diametralmente opuestas en relación con el aborto y la pena de muerte. Las circunstancias no son las mismas, pero sí lo es el bien a proteger en los dos casos, la vida humana como valor.

A pesar de todo, la etiqueta izquierda/derecha sirve para reconocer superficialmente las ideas de los individuos. Y en cualquier caso, así funciona nuestra política, que prescinde de cualquier complejidad perturbadora.

Este eje también se ha conocido como progresista/conservador, y Hayek lo rompe para formar su famoso triángulo: socialistas/conservadores/liberales. Pero cualquier nombre es demasiado brumoso para que de él nazca una categoría, lo que por otra parte sería de esperar.

Me tendrás que disculpar por lo lejos que he ido, y con una cierta sensación de simpleza que no me puedo sacar.

Oakeshott define lo qué es la tendencia conservadora:

Así pues, el gobierno, tal como lo entiende el conservador, no empieza con una visión de otro mundo, diferente y mejor, sino con la observación del autogobierno practicado incluso por hombres apasionados en la conducción de sus empresas; comienza en los ajustes informados de intereses entre sí que están destinados a liberar de la frustración mutua de un enfrentamiento a quienes tienden a enfrentarse. Estos ajustes son a veces no más que acuerdos entre dos partes para mantenerse cada una fuera del camino de la otra; a veces son de aplicación más amplia y de carácter más duradero, como ocurre con las reglas internaciones para la prevención de colisiones en el mar. En suma, la sugerencias del gobierno deben encontrarse en el ritual, no en la religión o la filosofía; en el disfrute del comportamiento ordenado y pacífico, no en la búsqueda de la verdad o la perfección.

(…) El custodio de este ritual es el “gobierno”, y las reglas que impone constituyen la “ley”.

Así pues, gobernar –tal como lo entiende le conservador– es proveer un vinculum juris para los modos de conducta que, en ciertas circunstancias, tienen menos probabilidades de conducir a un enfrentamiento frustrante de intereses; proveer reparación y medios de compensación para quienes sufren porque otros se comporten de un modo contrario; a veces aplicar castigo a quienes persiguen sus propios intereses independientemente de las reglas; y, por supuesto, proveer una fuerza suficiente para mantener la autoridad de un árbitro de esta clase. Así pues, se reconoce la gobernación como una actividad específica y limitada; no la administración de una empresa, sino la reglamentación de quienes se ocupan de una gran diversidad de empresas de su propia elección.

Esta es una idea luminosa, el gobierno de las reglas mínimas que permitan a los ciudadanos elegir y seguir su propio camino. La política entendida no como la plasmación de un ideal propio sino como la posibilidad de que cada cual pueda realizar el suyo, sin merma del de los demás.

No me resisto a una cita larga que podría servir de justificación para disolver todas las organizaciones políticas juveniles, que a lo único que sirven con toda eficacia es a descapitalizar a medio y largo plazo a sus mayores:

Entre las muchas implicaciones de esta visión de las cosas que podrían señalarse, advertiré solo una, a saber: que la política es una actividad poco apropiada para los jóvenes no a causa de sus vicios sino de lo que por lo menos yo considero sus virtudes.

Nadie pretende que sea fácil adquirir o sostener el talante de indiferencia que requiere esta manera de la política. Controlar nuestras propias creencias y deseos, reconocer la forma actual de las cosas, sentir el equilibrio de las cosas en nuestra mano, tolerar lo que es abominable, distinguir entre el crimen y el pecado, respetar la formalidad aun cuando parezca estar conduciendo al error: estos son logros difíciles que no deben esperarse de los jóvenes.

Los días de juventud de todos son un sueño, una locura deliciosa, un dulce solipsismo. Nada en ellos tiene una forma fija, nada un precio fijo; todo es una posibilidad, y vivimos felizmente del crédito. No hay obligaciones que deban observarse; no hay cuentas que llevar, nada está especificado por adelantado; todo es lo que puede hacerse de él. El mundo es un espejo en el que buscamos el reflejo de nuestros propios deseos. La atracción de las emociones violentas es irresistible. Cuando somos jóvenes no estamos dispuestos a hacer concesiones al mundo; nunca sentimos el equilibrio de una cosa en nuestras manos, a menos que sea un bate de críquet. No nos inclinamos a distinguir entre lo que nos gusta y lo que estimamos; la urgencia es nuestro criterio de la importancia, y no entendemos fácilmente que lo que es tedioso no es necesariamente despreciable. Nos impacienta la restricción, y creemos fácilmente, como Shelley, que haber contraído un hábito es haber fracasado (…) Puesto que la vida es un sueño, sostenemos (con una lógica plausible pero errónea) que la política debe ser un encuentro de sueños, en el que esperamos imponer el nuestro (…) Para la mayoría existe lo que Conrad llamaba la “línea de sombra” que, cuando la rebasamos, revela un mundo sólido de cosas, cada una de ellas con su forma fija, cada una con su propio punto de equilibrio, cada una con su precio, un mundo de hecho, no de imagen poética,en el que lo que hemos gastado en una cosa no podemos gastarlo en otra; un mundo habitado por otros aparte de nosotros mismos que no pueden reducirse a meros reflejos de nuestras propias emociones. Y el hecho de llegar a sentirnos cómodos en este mundo común nos califica como jamás podría hacerlo ningún conocimiento de la “ciencia política”), si así estamos inclinados y no tenemos nada mejor que pensar, para participar en lo que el hombre de disposición conservadora entiende que es la actividad política.

Puestos a ser largos, esta es su definición de la libertad bajo el prisma conservador:

Nos consideramos libres porque, tomando una perspectiva ni corta ni larga, nos mostramos reacios a sacrificar el presente a un futuro remoto e incalculable, o el futuro inmediato y previsible en aras de un presente transitorio. Y encontramos la libertad una vez más en una preferencia por los cambios lentos, pequeños, que tienen tras de sí un consenso voluntario de la opinión, en nuestra capacidad para resistir la desintegración sin suprimir la oposición, y en nuestra percepción de que es más importante para una sociedad moverse junta que moverse rápido o lejos.

A estas alturas ya te sentirás un conservador.

Cuídense.

Cartas babianas (XCV)

Queridos veraneantes:

Todos sabemos quienes somos o quienes podíamos haber sido. Conocemos nuestras circunstancias y podríamos señalar las veces que nos equivocamos. Es posible que si se dieran idénticas circunstancias nuestro curso de acción sería otro. Aunque estos análisis no pueden hacerse a la vista de las consecuencias, sino a la vista de las causas, para evitar caer en la red de la falacia retrospectiva. Pero puestos a teorizar, si viviéramos dos veces con la información que ahora disponemos, buscaríamos los mismos resultados con otros medios o directamente, trataríamos de alcanzar otros objetivos. Fin del cuento. No es posible.

Lo que sí es posible es pensar qué le ocurrirá a él, cuando todo empiece en serio. La responsabilidad del consejero es mucho mayor de lo que comúnmente se piensa. Creo que lo mejor es dar pocos consejos y pensarlos muy bien para que sean buenos. El primer esfuerzo será descartar que la experiencia propia es universal, lo que obliga a retirar, en la medida de lo posible, nuestro propio cedazo. La experiencia sirve, pero no soluciona todo. No hay divisa peor que aceptar sin más, el siempre se hizo así. Sobre esto habla nuestro Oakeshott, al que todavía debo dar el tiento definitivo. Quizá lo primero sea advertir que un consejo solo es eso, un consejo.

Sentarse en una playa frente al mar siempre es alucinante. El ruido de las olas y el murmullo de la gente –hormiguillas frente al océano– intercalan perfectamente a la civilización y a la naturaleza. El hombre casi desnudo al lado del agua, regresando, por unas horas de nada, a un mundo escondido en las bibliotecas. Su cara viendo el mar por primera vez es difícil de describir. Sus ojos se abrían de par en par, y miraba al mar y a la arena, a un lado y a otro. No sabía dónde estaba, ni qué pintaba allí. Tocaba la arena y se echaba a la boca una piedra. Pero no podía dejar de mirar a uno y otro lado, cómo para comprobar si la sorpresa era generalizada o no. Supongo que creyó que sí, a juzgar por nuestra reacción de antropólogos en medio de un experimento. Durante un tiempo pensará que sentarse frente al mar en una playa es algo normal, pero pronto descubrirá que siempre es algo alucinante.

El tiempo se ha separado de la predicción, hace sol y calor. No es frecuente, teniendo en cuenta que en nuestros bolsillos llevamos a un meteorólogo, y consultamos una docena de veces lo que nos deparará el tiempo en las próximas horas. Así son los veranos en el norte, pura improvisación; pero no tanta como se cree.

Hoy es fiesta en todas partes. Disfruten y cuídense.

Cartas babianas (XCIV)

Queridos veraneantes:

Hoy aquí es día de mercado. Hace sol pero corre el nordés, un viento que corrector que se desata al mediodía y muere al anochecer. El paseo matinal ha sido más largo. Al fondo el mar y por en medio praderías que se intercalan con pinares y eucaliptos. No se oye más ruido que el de la silla abriéndose camino y sus primeros sonidos articulados. Un ensayo para arrancar a hablar.

Todavía no he acabado con Oakeshott, espero poder hacerlo, pero no es fácil leer. La crianza impone sus horarios, con sus correspondientes alegrías. Los veranos pertenecen a los más pequeños, siempre ha sido así.

Los ratos muertos en los que también estamos muertos y muchas veces desganados para dormir; nos sentamos ante la televisión, y por costumbre quedamos embelesados con el último capítulo de Peppa pig. Cuando uno de los dos se da cuenta, cambia y desembocamos en una pista de tenis, de gimnasia o en una cancha de baloncesto. Nos quedamos con la intriga de qué habrá pasado con el capítulo, aunque ninguno de los dos lo reconoce abiertamente, al fin y al cabo somos mayores.

Una de estas noches entre sudor y sudor televisivo, ponían un reportaje sobre Nadia Comaneci. Sus ejercicios perfectos de diez, sus victorias sobre la Unión Soviética y sus condecoraciones. Rumanía un país pobre y comunista que veía en aquella niña el mejor escaparate para gritar al mundo que Rumanía existía. Eran los años 70, la Guerra Fría y el preludio del hundimiento del bloque comunista. Aun recuerdo como la radio anunciaba la ejecución del dictador Ceaucescu. Y como por la televisión vi su cadáver a los pies de una pared, junto al de su mujer. Creo que fue la primera vez que supe de la muerte violenta de un jefe de Estado. Pero antes de todo esto, la gimnasta había pedido el asilo político a Estados Unidos después de cruzar la frontera húngara y austriaca. Voló allí para siempre.

Cuídense.

Cartas babianas (XCIII)

Queridos veraneantes:

En el campamento no es fácil encontrar un minuto de tranquilidad para escribir. El ritmo del campamento es incompatible con cualquier otra circunstancia que no sea la rutina y los continuos imprevistos del campamento. Esta clase de vacaciones resultan inolvidables, como aquellos veranos de bocadillo y playa en San José o en Malgrat, donde éramos más tropa que familia. Así se escriben las historias heroicas que nunca podrán ocurrir en los inviernos solitarios. Como aquella ocasión en la que después de presentarnos a las hermanas de la terraza del apartamento de enfrente, antes de que pudieran reaccionar, literalmente nos tiramos cuerpo a tierra. Es fácil imaginar que ellas no lo habrán olvidado. Nosotros tampoco, entre otras cosas, porque aquel suelo ardía. Ahora la perspectiva cambia, y basta la alegría de ver cómo se va tupiendo, paso a paso, una de esas invencibles historias que pertenecen a la infancia, de la que no me cansaré de repetir que es la verdadera patria.

El tiempo ha acompañado. Un cielo azul inigualable, al fondo las calizas grises que forman la divisoria entre allí y aquí.Una frontera que hace mucho tiempo que se ha borrado.

Ha muerto Gustavo Bueno. Ninguna de las necrológicas da cuenta de quién fue realmente. Es una pena que en vida no haya tenido todo el reconocimiento que merece. Yo lo leí y seguí a través de mi hermano, y gracias a él he aprendido muchas cosas. A él, y a algunos de sus discípulos. Su lectura no es fácil pero merece la pena, porque apunta directamente a los asuntos que, aquí y ahora, nos importan a todos. La Filosofía está asediada y ha desaparecido prácticamente de la enseñanza secundaria. Incluso ahora, se planea suprimir directamente alguna Facultad de Filosofía. Es un signo, nada halagüeño, de una época en la que la sociedad parece haber desistido del ideal ilustrado de aumentar el conocimiento y extender la razón. La perseverancia de Gustavo Bueno hace que no debamos perder la esperanza y que podamos confiar en que la filosofía se restaurará como saber de primer grado. Quienes en su despedida ponen el acento en su lado polémico –como si un filósofo pudiera permitirse no serlo–, vuelven a destapar ese sectarismo rancio y dogmático que distingue a parte de nuestra academia. Su obra permanecerá y su sistema, el materialismo filosófico, se desarrollará. Un buen ejemplo es el magnífico libro ‘La idea de ciencia en el Derecho’ en el que su autor, Jesús Vega, interpreta desde el materialismo filosófico el debate de la cientificidad del Derecho.

Al otro lado de las calizas hace calor pero el día está oscuro, según las predicciones es posible que hoy y mañana llueva. Aprovechando la tranquilidad retomaré la correspondencia, e iré dando novedades.

Mientras tanto, España empieza a convertirse en un país sin gobierno, al borde de las terceras elecciones. Parece que todos esperan que el cuerpo electoral les dé la razón, cueste lo que cueste. Así, mientras nuestro sistema constitucional es un monarquía parlamentaria, en la práctica se comporta como un sistema mayoritario, en el que solo una amplía mayoría puede gobernar. Si es así, conviene corregir cuanto antes las normas y adaptarlas a lo posible. Déjame que termine con una paráfrasis libre: este país de todos los demonios donde media España gobierna sobre la otra media.

Cuídense.

Cartas babianas (XCII)

Queridos veraneantes:

Aquí siempre hay algo que hacer. Hemos saneado unas paredes ajadas por la humedad. El rastro de un invierno largo y duro. Este tipo de casas siempre están inacabadas, retan a la paciencia porque se van haciendo a retales, casi siempre con descartes de otras casas, en un reciclaje que recuerda que en verano todo puede servir.

Se ha cruzado Oakeshott, un politólogo británico que en sus obras de posguerra arremete contra el racionalismo en política. Considera que los racionalistas confían en que todo se puede aprender de un libro o a través de un curso por correspondencia. Les imputa su desdén por las tradiciones y por el conocimiento práctico. No quieren enterarse que un buen profesional cuesta al menos, dos generaciones. La verdad es que nunca me he cruzado con un racionalista de este tipo. Seguro que se han ido extinguiendo, pero no es difícil estar de acuerdo con Oakeshott sobre su aborrecible dogmatismo.

Cualquiera que se haya acercado al ejercicio de la política realmente existente, sabrá que es cierto que no todo se puede aprender de los libros, es decir, que no todo es técnica, aunque esta ayude. Es primordial saber medir los tiempos, descifrar con exactitud el momento idóneo para actuar o para estar parado. Analizar bien las circunstancias, los datos y la información es necesario pero no suficiente. Hay algo más, que seguro que nace de los datos, la información y el análisis, pero que es otra cosa y es determinante del éxito político. Solo puede aprenderse cuando se está cerca de quien fuera de todo pronóstico, deja de hacer algo y cuando lo hace le sale bien.

Obama, el mes pasado, en un discurso certero dijo que en la vida y en la política la ignorancia nunca es una virtud. Los populismos, incluso los barnizados de intelectualismo, suelen anteponer la voluntad o el espíritu del pueblo a la realidad. Por no decir nada de los populismos que directamente desprecian la academia.

Dentro del conocimiento está la tradición. No hay nada peor que considerar que una generación tenga que purgar todo lo de la anterior. Aquí, el nuevo recelo con que se analiza la Transición política es una manifestación de ese desprecio por la tradición. Como bien sabes, todos los no revolucionarios somos conservadores.

Cuídense.

Cartas babianas (XCI)

Queridos veraneantes:

Primera carta de la temporada en Babia. El punto de vista del veraneante solo tiene ventajas, aunque pudiera parecer otra cosa. Todas las opiniones están bajo sospecha y los propietarios desconfían porque han asumido que el veraneante, en verdad, pertenece a otra propiedad. No pueden sospechar que no haya otro estado que el de la propiedad, por eso si se sinceraran nos verían como una especie de invasores. En esta pequeña escala surgen a borbotones los recelos que mucha gente aún tiene respecto a la libertad de movimientos. Cada propietario en su propiedad. Uno de los elementos fundamentales de nuestro progreso, incluido el de los propietarios, ha sido la libertad de movimientos, de todos modos no admitirán esa ventaja.

Las extrapolaciones son difíciles, pero si admitimos que esto es un microcosmos, es forzoso comparar esta reticencia con el cuestionamiento global sobre esta clase de libertades. Me gustaría creer, por eso lo escribo, que fracasará el autoctonismo frente a la libertad aun con sus riesgos.

Se agradece el calor seco y sobrio de la montaña. Ese frío matinal que es preludio de un día ligeramente caluroso. El cielo azul sólido, porque aquí los colores son sólidos y las nubes no se derriten bajo ningún concepto. Es como si fuera una celda de uno de los monasterio de El nombre de la rosa. Un lugar recoleto, silencioso que te envuelve para protegerte de una realidad aledaña, que aunque lo intenta no consigue traspasar estas paredes. Un sitio sin adornos, sin artificios, sin nada adjetivo. Los árboles dispuestos por el azar, los ríos que ni siquiera imaginan que en algún momento desembocarán en el mar. Laderas limpias y ásperas de caliza. Sin frondosidades, peladas por lo extremo del tiempo. Una faz afeitada de cabello recortado. Una túnica griega blanca y sin arrugas. Una melodía recta, un poema seco y hablado de Ángel González. Alegría contenida, confinada muy por debajo de la piel sin que nadie pueda sacarla. Una tierra prodigiosa que no se explota, casas rocosas que aguantan y que como todas esconden historias que ya apenas se cuentan y no desfilarán a la luz de los fuegos que ya nadie prende. Aunque pase el tiempo, este monasterio a la intemperie no perderá su condición. Solo los veraneantes podemos hacer esta suerte de evocaciones, porque sus propietarios, los de antes, de manos gruesas y agrietadas, ven en este suelo la fatalidad del destino que todos vemos en el que en cada momento pisamos. El destino no es efímero ni tan accidental como parece. Sus muertos están enterrados aquí, donde ellos también descansarán y solo ellos podrían hablar. Pero no lo hacen, por eso los veraneantes usurpamos su derecho y vemos este lugar de mil formas. Ninguna de ellas es la verdadera. Nuestros ojos no pueden verla.

Cuídense.

Cartas babianas (XC)

Queridos veraneantes:

Los países con democracias poco consolidadas pueden ser pasto de intentos de golpe de Estado. Nosotros lo sabemos bien y aunque no fue el único, si fue el más llamativo, aquel 23 de febrero en el que los golpistas tomaron el Palacio del Congreso en medio de la investidura de un nuevo presidente. Todos los golpes de Estado presentan sus motivos, y todos, sin ninguna excepción, pretenden establecer un orden que creen conculcado. La mayoría de los golpes instauran un régimen autocrático, una dictadura militar o religiosa, o las dos cosas juntas. Muy pocos hacen lo que hizo Cincinatus, restablecer el orden y volver a arar la tierra. Roma es el ejemplo universal, los demócratas en la piel de Ciceron y su vigilancia de los valores republicanos, y los golpistas en el dictator romano.

Casi nunca se repara en los golpes que se frustran, y si se hacen en medio de un régimen democrático el post-golpe es definitivo. Si tomamos el ejemplo de nuestro 23-F, nos encontramos con un juicio y una sentencia: el Estado de derecho. Sabemos que nunca es definitivo, pero también que es lo más definitivo del mundo. Un juicio es una buena forma de zanjar un asunto complejo y delicado, piénsese en Nuremberg. Y póngase en relación con Guantánamo. Todo está inventado.

Las noticias que llegan de Turquía parece que apuntan a otra cosa distinta. Después del golpe se abre paso una retorsión no reglada, y que alcanza a estamentos del país que en principio no parece que hayan intervenido en el golpe, como los jueces. Sabemos por la Historia que el fin del Estado (de derecho) suele empezar por las purgas de los jueces. Observemos, porque hubo quien dijo que el partido en el gobierno de Turquía era una especia de democraciacristiana (islámica).

Por acabar con Hamilton, sabes de sobra que murió en un confuso duelo con el vicepresidente Aaron Burr. No se sabe bien, si fue por motivos personales o causas políticas. Pero, conociendo el final poco importa. Déjame que te apunte una interpretación psicologista que tiene que ver con un antecedente. Uno de los hijos de Alexander Hamilton murió en un duelo años antes, se dice que fue por defender el honor de su padre. Y que su padre le pidió que no disparara al cuerpo del contendiente, esperando que él hiciera lo mismo y las balas se perdieran, dando por despachado un duelo incruento. Él hizo lo mismo, pero el vicepresidente Burr tiró a matar.

Pero está bien, que el gran Alexander Hamilton escriba las últimas letras de la carta de hoy. Primero los motivos que él mismo se dio para no acudir al duelo y segundo la razón para acudir.

1)porque era acto inmoral; 2) porque podía destruir a su familia; 3) porque podía dejar deudas sin pagar; 4) porque no había ninguna razón personal contra Burr, sino únicamente razones políticas.

A aquellos que, aborreciendo como yo la práctica del duelo, pueden pensar que no debería aumentar el número de los malos ejemplos, les contesto que mi relativa situación, tanto en público como en privado, al reforzar todas las consideraciones que constituyen lo que los hombre de mundo denominan honor, me impone, o así lo pienso yo, la necesidad de no declinar la citación.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXIX)

Queridos veraneantes:

Las noticias llegan aquí desprovistas de la fuerza que tienen cuando se instalan en la rutina. Como si la excepcionalidad finisemanal y veraniega nos alejara del mundo que nos concierne. Un espejismo que ha hecho que fuera a dormir sin esperar al desenlace del golpe en Turquía. Restituida la situación, es posible que las cosas nunca sean igual que antes. En este caso es un enigma si mejorarán o no. Es en ese flanco en el que el mundo parece librar todas las batallas. Aunque sus consecuencias puedan matarnos en cualquier parte.

Sigo mi investigación sobre Hamilton y los resultados son deslumbrantes. Es una figura política tan interesante como heterodoxa. No pudo optar a ser presidente por no haber nacido en territorio de la Unión, ese ius soli que marca a todos los países de inmigración. Además, para defenderse de una acusación de prevaricación y cohecho, reconoció una relación extramatrimonial con todo detalle, el caso Reynolds. Y aún queda el final de su vida, el conocido duelo con el vicepresidente. Tendremos tiempo de hablar sobre su legado.

Estoy a punto de dejar Cicely por segunda vez. Un lugar acogedor en el que he aprendido muchas cosas, y al que inevitablemente siempre me remitiré. Allí he encontrado amigos imperecederos, he explorado el territorio que como adulto nunca dejaré de pisar. Todas las cosas que nos pasarán a lo largo de la vida, han sucedido en el patio del colegio. Puede que algunas no, pues en mi caso, esas han pasado en las calles frías y en las casas caldeadas de Cicely. Ha completado mi infancia como solo lo pueden hacer las primeras y amargas experiencias. Sobre ese poso, todos estamos condenados a construir. Aquí el azar juega un papel decisivo, las elecciones personales solo son libres a medias, y la circunstancia de no haberte metido en un callejón sin salida, es eso, una circunstancia insólita. Si hubiera un google life, como tenemos un google maps, veríamos que nos acechan calles sin salida y caminos que no llevan a ninguna parte. Algunos somos capaces de verlos, otros los recorremos, y los más no los hemos emprendido porque alguien o algo nos ha llevado a otro sitio. No vivimos a ciegas, pero hay más oscuridad e incertidumbre de la que muchas veces creemos.

La canción es certera «el valor para marcharse, el miedo al llegar». El único remedio que he descubierto por mí mismo es tratar de que las omisiones nunca puedan convertirse en fantasmas. Se trata de que lo inexplorado siempre lo tengas delante y nunca lo dejes atrás. Me instalaré en St Paul’s, un lugar donde el mundo es más real, desde el que espero continuar con las cartas.

Lo más fiable en los hombres es su vocación. Conoces de sobra la mía, porque te hubiera gustado tener un ingeniero o un matemático. De momento, el cielo no te los ha dado. Aunque siempre recelaste de los abogados, como se hace hasta que se necesitan, tenías que concederme el beneficio de la duda. Me queda la fría sensación de  si pudiste llegar a comprender que el beneficio ganó a la duda. Y eso es lo que hace que siga explicándome con detalle.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXVIII)

Queridos veraneantes:

Aquí, a la orilla del océano ha amanecido con un sol radiante. En cambio, otros días las nubes tardan en disiparse, como si se tratara de un pesado telón que nadie pudiera descorrer con rapidez. La luz invita a encarar el día de otra forma, al fin y al cabo, la luz es una rigurosa excepción. Aunque la queja no lo sea.

El presidente de Estados Unidos visita España, e inevitablemente aparece el antiamericanismo empeñado en convertir aquel país en la fuente de todos los males. Al mismo tiempo, se pueden leer y escuchar calificativos muy gruesos sobre la cuadragésimo cuarta presidencia. La visita se mueve entre la anacronía y la urgencia de gran parte de los opinadores patrios. Nada nuevo. Afortunadamente para la concepción racional de un mundo libre y democrático, la alianza entre ambos países es fuerte.

Este fin de semana he comenzado a leer la única monografía en español, que he encontrado, sobre Alexander Hamilton (‘Vida, pasión y muerte de Alexander Hamilton’ de Antonio Rodríguez Baixeras). Uno de los políticos más lucidos. Sobre la mesa de mi estudio, tengo, a modo de inspiración, un pequeño busto de Hamilton, regalo de mi hermano. Es uno de los padres fundadores de Estados Unidos, autor de buena parte de ‘El federalista’ y primer secretario del tesoro. Además de haber tenido gran protagonismo en la Guerra de Independencia y haber formado parte del estado mayor del general y primer presidente George Washington.

Su principal tesis podría resumirse en la necesidad de un gobierno central fuerte (energetic). Esta concepción solo triunfó parcialmente porque se oponía a la defendida por Jefferson y Madison, que se harían llamar republicanos, por oposición al centralismo hamiltoniano que entonces se tildaba como monárquico, no hace falta decir que con carácter peyorativo.

Por eso choca bastante que la alternativa que se ofrece a los nacionalismos españoles del siglo XXI, frente a la descentralización autonómica de la Constitución de 1978 sea la solución federal. Presentando esta opción como un paso intermedio entre el supuesto centralismo autonómico y el anhelado separatismo de algunos territorios. El federalismo implicará necesariamente refortalecer la estructura central. Y el primer paso debe ser delimitar con mayor claridad las competencias que tienen las distintas Administraciones. El segundo, establecer mecanismos eficaces que garanticen la coordinación y una necesaria uniformidad de todas las partes. Eso sí, podremos llamar a los Estatutos de Autonomía constituciones y trenzar jurídicamente esas relaciones como una cesión de un poder preexistente. Lo que en el caso español solo podría hacerse a través de una ficción, puesto que ningún territorio dispuso nunca de un poder originario, como sí tuvieron las trece colonias británicas desde la Declaración de Independencia en 1776. Esta comparación basta para comprender hasta que punto el debate es irracional, y como todos los de esta especie no tiene fácil salida, salvo la de dar vueltas. Lo que sí resulta necesario es argumentar frente a la fábrica de agravios centralistas en la que se han convertido nuestros nacionalismos.

Vuelvo a Hamilton. Construyó su idea de un Estado federal fuerte sobre un tesoro que también fuera fuerte y que se hiciera cargo de la deuda de todos los Estados. Te subrayo, aunque no es necesario porque ya te habrás dado cuenta, que esta polémica está de actualidad en Europa. Los argumentos que se oponían a esta decisión son los mismos que ahora sirven para rechazar los bonos europeos. Madison, representante de Virginia, argumentaba que no era posible que un Estado como el suyo saneado tuviera que compartir las deudas de otros Estados. En este punto decisivo, triunfó Hamilton, conocido por entonces como Alexander Assumption. De paso, triunfó la Unión política.

No quiero entretenerte más. Necesitamos un Hamilton nacional y europeo.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXVII)

Queridos veraneantes:

Esta es una ocasión especial. Este verano puedo ver destellos de esa mirada de escepticismo irónico con la que me hice mayor y tanto echo en falta. Una prolongación que da más sentido, si cabe, a esta correspondencia. Las familias deberíamos tener nuestros propios manuales de historias, aun a riesgo de que fueran una sucesión interesada de acontecimientos, donde no hay infortunios sino culpas ajenas. Al menos, seguiríamos –hasta donde se pudiera– a esta mirada de pilluelo cogido en falta, que salta caprichosamente de generación en generación, Mendel mediante. En defecto de antecedentes, establezco que la fundaste con todo el material que pudiste reunir para ver el mundo, para sobrevivir en un ambiente extraño, del que lograste escapar y del que nos liberaste para siempre. Sabemos que no lo pudiste hacer solo, que hubo genes que te impulsaron, los mismos que hacen hoy sonreír a un ser que nunca conocerás, que nunca te conocerá, pero que siempre te llevará dentro. Somos una suma de personas desconocidas de las que no tenemos noticia. Seguro que alguien antes que yo ha tenido inclinación por el derecho, sin embargo, para el rastreo no tengo ninguna pista sólida, a parte de un tío de mi abuela materna que fue notario. Quizá ese sea el guisante definitivo. Como no hay una crónica familiar, la especulación queda abierta. En parte, estas cartas explicarán de dónde viene esa sonrisa.

También hay otras cosas que irán saliendo y de las que te hablaré, pero despacio, porque este verano tiene pinta de ser más largo que los anteriores.

Estoy reuniendo las fuerzas para leer este verano «Derecho y razón» de Ferrajoli. Es posible que este libro acabara en mis manos antes o después. Pero el momento es ahora. Necesito explicarme por qué las garantías que sostienen nuestro sistema legal no sirven a la sociedad. ¿Por qué los juicios jurídicos no logran sobreponerse a las opiniones, a las tertulias y a los comentarios chismosos? ¿Por qué un hecho contrastado judicialmente no sirve para zanjar el asunto? ¿Acaso disponemos de otros instrumentos mejores para llegar a la verdad? A veces parece que la verdad es cuestión de volumen, audiencias y fuerza. ¿Cuál es el valor real de una sentencia absolutoria tras graves acusaciones?

En el fondo el derecho se apoya en la confianza que todos tenemos en que sus pronunciamientos se cumplirán. En la certeza de que es la mejor forma para resolver civilizadamente nuestras diferencias y el mejor modo de hallar la verdad. La confianza de que no hay una solución alternativa mejor.

La crisis de valores de la que todo el mundo habla, en el ámbito jurídico puede que se trate de una crisis de las garantías (y no solo de las penales). La justicia tiene que ser rápida, pero antes tiene que ser justicia. En este difícil equilibrio, las voces que equiparan morosidad a garantías suelen abrirse paso por razones prácticas ineludibles. La misión de esta lectura es ver con detalle y despacio el papel que las garantías han tenido y han empezado a dejar de tener, desde hace tiempo. Asusta comprobar que el ciudadano medio, y aun el ilustrado, conceda más importancia a un recorte de periódico que a una sentencia que pone fin a un proceso contradictorio y que han visto sucesivas instancias judiciales.

En un documental que cualquier jurista debería ver hasta el final (‘Making a murderer’), uno de los abogados sentencia que cualquier individuo puede estar seguro de que nunca hará las cosas mal, que nunca delinquirá, pero de lo que nunca podrá estar seguro es de que alguien le puede acusar de algo. En ese caso, cualquiera de nosotros solo tiene a mano (y que nunca le falte) las garantías que analiza Ferrajoli.

Cuídense.

En medio del bucle

Esta página siempre ha sido un desahogo. A veces un desahogo sin agravio, un desahogo invisible, inexplicable y sin ningún interés. En esta ocasión es distinto. El Reino Unido ha votado –quizá ese sea el primer error– por el Brexit. La belleza de la economía de la lengua inglesa, en dos sílabas han concentrado un mundo. Estoy abatido por cómo el mundo está cambiando y nos distanciamos de los mejores paradigmas: libertad y democracias abiertas. En realidad, la averiguación de la verdad y su explicación está cediendo ante las mentiras, los prejuicios y los mensajes simples. Ya no es que en los bares se solucione el hambre del mundo en cuatro patadas, sino que las cuatro patadas han pasado al discurso político. Y, en determinados sectores, empiezan a ser mayoritarias sino hegemónicas. Primero llega la simplificación, luego la mixtificación y después las desgracias.

Uno no puede ser europeo sin George Orwell, sin la agudeza de Chesterton, sin Locke, Hobbes ni Burke, sin John Stuart Mill, Bentham, sin Conan Doyle, Jules Barnes, sin Darwin, sin Churchill o Gordon Brown o sin las lecturas de Tony Judt, Adam Smith o Keynes. Y sin el gran John Donne. Cito en desorden algunos de mis héroes británicos.

Y también sería difícil explicar el derecho europeo sin: «vuestros súbditos han heredado esta libertad de no poder ser compelidos a contribuir con impuesto, exacción, ayuda o carga alguna sin el consentimiento general de la comunidad expresado en el Parlamento […] Por ello, suplican humildemente a Vuestra Excelentísima Majestad que nadie esté obligado en lo sucesivo a realizar donación gratuita, préstamo, ni pagar ninguna contribución, impuesto o carga similar sin el común consentimiento a través de una Ley del Parlamento; que nadie sea citado a juicio ni obligado a prestar juramento, ni a prestar servicios, ni pueda ser detenido, inquietado o molestado de ninguna otra manera, con motivo de dichas exacciones o por rehusar a pagarlas; y que ningún hombre libre sea encarcelado o detenido de la manera antes indicada […]» (Petition of Rights, 7 de junio de 1628).

Aquí está el principio de legalidad tal cual; y el Parlamento como órgano para resolver los grandes asuntos del Estado. Esto es la comunidad de derecho a la que se refiere el Tratado de la Unión Europea en su artículo 2: «[l]a Unión se fundamenta en los valores de respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos…».

Desde el suelo me regala una sonrisa honda y despreocupada. No puedo dejar de pensar que en su mundo, no habrá Erasmus en Inglaterra, ni una cola propia para ciudadanos de la Unión en las aduanas del Reino Unido.

Los hijos de quienes combatieron y ganaron la II Guerra Mundial convertidos ahora en abuelos parece que no quieren que el futuro de sus nietos se parezca al suyo: paz, sanidad, educación y pensiones. La prosperidad enterrada por el nacionalismo, nada nuevo. A nuestros bisabuelos no les asustó ¿y a nosotros?

Cartas babianas (LXXXVI)

Queridos veraneantes:

En la mesa de enfrente una señora de mediana edad mantiene la mirada fija, mientras de forma ducha sigue jugando al cinquillo. Tenía el pelo rubio y parecía desorientada. Estaba y no estaba, movía sus manos mecánicamente pero sus ojos apenas prestaban atención a las cartas. El curso del juego no le importaba lo más mínimo. Se empeñaba en escrutar un horizonte inexistente, que empezaba a solo dos metros, justo donde yo estaba. Cada vez que instintivamente levantaba la mirada me tropezaba con sus ojos abiertos como platos, y su espíritu peligrosamente ausente. No tuve miedo, pero podría haberlo tenido. Mientras que las demás señoras hablaban animadamente y celebraban alguna mano, nuestra dama permanecía impasible. Estiraba el brazo para alcanzar su vaso de agua o tónica (no llegué a saber lo que bebía) sin apartar su vista de ese lugar que coincidía, por casualidad, con mi frente. En ese momento, debo confesar que sentí un escalofrío. La señora seguía sin reaccionar y la tarde no daba para tanto. Mi inquietud tenía que ver con la cantidad de frisuelos que quedaba aún en nuestra mesa y lo animado de la conversación de mis queridos comensales, que claro, no habían descubierto la fuente de mi zozobra.

Finalmente, la señora pareció salir de su encantamiento y al acabar la partida se comportó como cabía esperar. Sus ojos regresaron a su órbitas. Pronunció las típicas palabras de despedida. El mundo regresó a la normalidad. Quizá sea solo que entra en trance cuando juega a las cartas. El asunto no reviste el mayor interés.

El día de hoy, antes de la partida lo he ocupado arreglando una persiana. Una tarea que parece sencilla a primera vista pero que está llena de complicaciones no menores. Finalmente el mecanismo funciona y los tres de la cuadrilla pudimos comer satisfechos, con la sensación del deber cumplido. La especialización del trabajo que tanto progreso ha traído, como efecto colateral también ha alumbrado a ciertos inútiles como yo, incapaces de afrontar con garantías, este tipo de reparaciones menores. Quienes saben resolver estos entuertos suelen mirarme con un inesperado aire de superioridad, pensando pobrecito, qué inútil. La satisfacción de saber hacer algo que otro no es universal. En estos casos, pienso en la reunión de todas mis habilidades y llego desconsolado a la conclusión de que no son las mejores para la supervivencia. Por eso está bien que alguien te guíe en la delicada operación de aparejar una persiana.

Dejo Babia, con el compromiso, mientras pueda, de prolongar esta correspondencia. Estar aquí es reunirme conmigo mismo. Siempre es poco, como tú bien sabes.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXV)

Queridos veraneantes:

Al cabo en Babia. En la montaña el verano va cediendo, las nubes y la temperatura lo recuerdan. Las tardes apagadas invitan a la espera y al reposo. En esta circunstancia te escribo pensando ya en el regreso a la rutina. Los últimos días de vacación siempre se apelmazan como las tardes de domingo.

He acabado de leer Génesis de Félix de Azúa, hacía tiempo que no disfrutaba de una novela tan recta. Una prosa exacta en la que los diálogos forman parte de la narración y nos presentan a los personajes tal como quieren ser. Necesitaríamos una nueva novela para saber qué es de Verónica. Su vida se interrumpe porque sirve para explicar el génesis del autor, pero no es suficiente. Una mujer a la que sería interesante rastrear en los años que exceden del relato. Comprobar si ha seguido la estela de su madre Mariló, o si por las noches ha tocado el piano como su padre, o si completó el camino que su tío dejó abruptamente. Los mejores cuentos son los que continúan en nuestra cabeza.

Por seguir con la costumbre de ponerte alguna cita:

Creemos ser libres, pero somos todos hijos de Caín y llevamos su condena en nuestra sangre y la herida en la frente. En lugar de matar al dominador, asesinamos a nuestro hermano.
Mientras tanto, seguimos tratando de vernos a nosotros mismos en los verdes campos del Edén originario, allí donde unas notas de piano en la atmósfera azulada nos permiten poner la mano en el brazo de nuestro padre, aún inmortal, aún refugio perfecto, aún imperecedero, y danzar ambos como meteoros al son de la música en el firmamento estrellado.

Los avances me permiten enviarte esta carta a través de una red pública de wifi. Babia no podía estar desconectada del mundo. Somos nosotros los que aquí venimos a abandonarnos, sin la tradicional gracia regia. Ahora los reyes abandonan la corte de otra forma. Nosotros somos los habitantes de un rastro histórico, de una leyenda intacta.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXIV)

Queridos veraneantes:

Tendrán que perdonarme la falta de regularidad, pero al acercarse el final de las vacaciones se multiplican las tareas, además, los días tormentosos no son propicios para la escritura, por muchas cosas que haya que contar. Trataré de alargar lo más posible mi correspondencia, porque como ya se sabe, Babia es un lugar desde el que uno puede escribir sin ni siquiera estar allí.

En tiempos, un día como hoy, en el que en cada iglesia o ermita hay una procesión, por la noche solíamos ir a una fiesta amenizada por un dúo formado por un padre (vocalista y teclado) y un hijo (batería). Todo el equipo, incluyendo los focos de iluminación cabía en un coche. Cuando descansaban ponían música enlatada. Pero pronto volvían con los grandes éxitos de las fiestas de pueblo de España, cuando conocí a otros niños de diferentes lugares, me di cuenta de lo que podían llegar a unir este tipo de repertorios. En realidad, en este país imperan las mismas costumbres, salvo las inventadas. Volvamos a la pareja de músicos. Vestían un traje oscuro lleno de lentejuelas y abalorios brillantes solo con la intención de que se les identificara, sobre todo para que en el bar les atendieran con preferencia. Eran dos tipos sin ninguna pretensión. Como digo, su extravagancia era una carga que soportaban con naturalidad. Podría pensarse que el hijo estuviera incómodo, nada más lejos de la realidad, se le notaba satisfecho. Al tocar cerraba los ojos, puede que lo hiciera para imaginarse en otro escenario, e interpretando un tema que no fuera ‘Paquito el chocolatero’. Siempre se agradece la profesionalidad.

El público de esa fiesta también era peculiar. Unas cien personas que hablaban de sus asuntos de cara al escenario. Algunos se movían, dos o tres parejas bailaban, y a veces el murmullo, las risotadas o algún grito se imponían a la música de nuestros dos hombres. Los más pequeños jugábamos entre la concurrencia ajenos a unas canciones que solo podrían tararear nuestros abuelos.

La barra del bar eran dos tablones de madera, asentados sobre pilas de cajas de refresco vacías. No se necesitaba mayor estabilidad, al fin y al cabo, allí las consumiciones no se posan, se beben. El frío lo ponía el agua de una acequia de riego.

Los veranos revelan que un buen rato puede pasarse sin mucha sofisticación pero no sin buena compañía. Las infancias felices como la mía son siempre un verano. Las recordamos como si no hubiera días de colegio, madrugones imposibles, exámenes, angustia y otras preocupaciones propias. En pantalón corto, comiendo ensaladilla rusa, merendando bocadillos de jamón y queso, cola cao y cenando atún con pisto.

Ahora que gracias a Carolina Marín somos una potencia en bádminton debo recordar también, los enconados torneos que jugábamos en el patio, individuales y por parejas. No se dejaba ningún punto sin discutir y respecto de los controvertidos se apelaba a quien ejercía las funciones de juez.

Acabo de descubrir que Napoleón nació un 15 de agosto de 1769, cuando tengo noticia de que se publica una biografía en la que se subrayan sus carencias como estadista.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXIII)

Queridos veraneantes:

La carta de ayer no pude enviártela por culpa de la mala conexión. El desorden es consustancial al verano. Sé que no causa ningún quebranto, pero me gusta ser fiel a la costumbre de parar y escribir. Así que si hoy puedo recuperaré al carta perdida.

Por fin el cielo se abrió de par en par y, por la tarde llovió como si fuera otoño. Antes, un calor húmedo y plúmbeo producía dolor de cabeza. La insalubre humedad. Me gusta ver cómo llueve, sobre todo cuando a la lluvia no se le acaba el fuelle, y dicta sobre las ventanas un telegrama inacabable.

El ambiente solo era propicio para la contemplación. Intenté leer pero fue en vano. Así que he dado muchas vueltas, y he cocinado un guiso de carne. Hoy se verán los resultados. Por el momento, puedo decir que se trata de carne de ternera, que doro en la sartén. Luego un sofrito de cebolla, al que añado ajo y perejil machacado en el mortero y lo ligo. Después, añado la carne con su jugo y dejo que se haga. Este plato, hecho por mí, tiene dos riesgos, que la carne se quede seca y se acartone y segundo, la insipidez. Este último parece un riesgo obvio, pero no lo es tanto, porque es forzoso reconocer que tiene mérito privar de sabor a una carne con salsa, pero en ocasiones lo consigo.

Ayer perfectamente guiado descubrí un texto en el que se glosa un discurso de David Foster Wallace, titulado ‘Esto es agua’, en el que subraya la importancia de cómo se contempla el mundo. La realidad nunca puede sepultar a quien mira, el sujeto debe sobreponerse al predicado, lo que sintácticamente no es fácil. El razonamiento desemboca en que «la verdad con V mayúscula (…) tiene que ver con llegar a los treinta años, o incluso a los cincuenta, sin querer pegarte un tiro en la cabeza». Lo cierto es que esta cruda apreciación no impide que haya múltiples y pequeños detalles que te alejan del hastío y de cualquier género de indolencia. Y no solo por la forma entusiasta con que miras a la realidad, sino por quienes te proporcionan puntos de vista distintos y muy atractivos. Sobrevivir, debidamente ayudado, no es difícil por fortuna.

Me gustaría ser capaz de escribirte una carta sobre la rutina, cómo la observo, y cuáles son las herramientas que me ayudan a verla con buenos ojos. Ahora disponemos de muchos medios que nos ayudan, en cualquier momento y desde cualquier lugar. El hallazgo del texto de Wallace ha sido un ejemplo.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXII)

Queridos veraneantes:

El verano, según la predicción, declina. No puede ser de otra forma, el verano ya encara su segunda parte. Hoy el cielo amanece entumecido y contagia cierto desánimo. Leo la prensa con desgana y me parece que a esta hora todavía nadie se ha despertado.

Ayer acabé de leer las más de 700 páginas del libro ‘Memorias europeas’ de Francisco Sosa Wagner. Su lectura me ha atrapado estos días, y permite comprobar el ritmo de trabajo de un eurodiputado competente, porque de todo habrá. Es interesante la mirada intelectual sobre los problemas políticos y el conflicto con la política pragmática. El inconformismo y la curiosidad del profesor permiten que nos salvemos de la «gobernanza» o del mero posibilismo. Esta perspectiva le tiene siempre interesado por los grandes temas europeos, su convicción de que el único camino es la Europa federal, y le aparta de las trifulcas de vuelos bajos.

Sin embargo, la política como el escenario de toda clase de intrigas, lamentablemente se acaba de imponer a este relato frustrado y roto. En el libro se va percibiendo cómo se construye la maniobra final para descabalgar a un hombre libre e independiente. La regeneración siempre ha sostenido que eran precisos más parlamentos británicos, donde los diputados individualmente deciden y en ocasiones en abierta oposición a su gobierno. Se celebra el triunfo de la razón individual frente a la consigna colectiva. La historia nos dice que cuando esas virtudes amenazan al poder, este cae con toda su fuerza –ilegítima– sobre el debate de ideas. La parte final del libro ofrece un ejemplo incontestable de lo difícil que es que cambien las cosas, además del cinismo y el dogmatismo que pueden albergar los grandes discursos. Los próximos meses asistiremos al desenlace que quizá solo podría haberse evitado si se hubiera hecho caso al eurodiputado Sosa. La irrelevancia política a cambio de una secta cargada de razón.

En la misma playa y muy cerca de mí, dos mujeres comen pipas como si fueran loros, enterrando las cáscaras en la arena. Sigo solo a ratos su conversación, bastante trivial por otra parte, y me sorprende el tiempo que consumen en comentar el texto de los mensajes de whatsapp. Analizaban cada una de las palabras y barajaban las distintas alternativas que habría tenido su interlocutor de haber querido quedar bien. También cuchichean, supongo que lo más interesante, y especulo con que lo hacían por la proximidad de sus maridos, uno entretenido con el móvil y el otro leyendo una novela.

En el restaurante Regueiro, en el que cocina el chef Diego Fernández, cenamos las famosísimas croquetas, que el año pasado fueron proclamadas las mejores del mundo. Son deliciosas, la cubierta apenas se interpone a un relleno delicado que se deshace en el boca, manteniendo la textura que se espera de una croqueta. Su cremosidad escolta perfectamente a un sabor suave que abandona con facilidad la boca (hay croquetas que se instalan en el paladar durante horas). Después una merluza al vapor sobre un fondo de puré de patata. Una combinación exquisita, la merluza que es la piedra de toque de los grandes cocineros, se presenta suave y con sabor que refuerza el puré aromatizado. El siguiente plato de la degustación es arroz con pitu de caleya (pollos que se crían en libertad). Resulta ser un gran plato. Un arroz en su punto afinado con la salsa del pitu, y acompañado con trozos jugosos de una carne que en nada se parece a la de un pollo vulgar. Es un plato redondo que reivindica un producto desconocido pero de apreciable valor. De los postres no puedo hablar, sabes que el dulce no me gusta y que además ya se había comido mucho. Alrededor de la mesa una cena apacible y divertida entre amigos.

Trataré de rematar la lectura sobre el conflicto israelí, el estudio sobre la controversia Kelsen y Schmitt y la novela de Félix de Azúa que administro con cuidado para que no se acabe pronto. Después, si tengo tiempo, me agenciaré alguna otra lectura novelesca con la que me pueda evadir.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXI)

Queridos veraneantes:

Como en todos los lugares pequeños, aquí también se esconden historias legendarias, historias de personajes y personajillos, historias de soledad, historias de grandes fortunas, historias de desvaríos, historias con final e historias sin final. Cualquier lugar merece una historia universal como la muy meritoria de Paniceiros.

Aquí, existen muchas casas dispersas a cierta distancia unas de otras, que solo pueden formar una unidad, bien por las costumbres o la historia, bien porque alguien las vea desde el cielo. Las casas aisladas siempre son fuente de grandes historias, en mi caso todas imaginadas porque no conozco las reales. Creo que la tendencia a la separación es deliberada. Nadie quiere tener cerca a otra casa, todos quieren tener espacio suficiente que los separe de sus vecinos. Versalles está apartado de París. La distancia siempre ofrece despreocupación e intimidad. Para quienes estamos acostumbrados a vivir embutidos, con vecinos a escasos centímetros arriba, abajo y a los lados, esta idea se nos hace rara.

Cuando uno pasea al lado de las casas puede escuchar las conversaciones, e imaginarse una acalorada discusión cuando en realidad se trata de un diálogo familiar que se desarrolla de un extremo a otro de la casa. La distancia enerva el recato y aumenta el volumen.

En estas casas lo normal es que los hijos salgan a vivir fuera. Nadie puede garantizar a nadie una vida en el exacto lugar en el que naces. Ni falta que hace. En cambio, el nacionalismo o el provincianismo considera que se trata de un derecho fundamental, y así nos va. Los gobiernos del mundo deberían afirmar con rotundidad que ese derecho no existe. Otra cosa es que haya oportunidades para quienes se quedan y para quienes no pueden irse. Hay un valor intrínseco en quienes se quedan, sin embargo nadie está dispuesto a pagarlo directamente.

En fin, los chicos jóvenes se van y descubren que en cualquier otra esquina del mundo se puede vivir igual o mejor. Descubren luces distintas, acentos que no tienen nada que ver con el suyo, y sabores extraños que celebrarán. Algunos vuelven en vacaciones y otros no. Cuando dejan a alguien aquí, la soledad se apodera de la casa aislada y la aparta todavía más. En esos casos, las casas son universos en los que los días, las horas y los minutos avanzan a ninguna parte. Matrimonios que no hablan apenas o que lo hacen para intercambiar lamentos.

Al mismo tiempo, llegan personas desconocidas para acampar huyendo de la ciudad. No tienen raíces pero las hunden aquí y cantan a la libertad de poder hacer cosas vedadas en la ciudad. Como si fueran exploradores buscando una nueva vida, aunque en verdad se alejan más de otra. A veces con convicción, y otras dando tumbos al encuentro de un tiempo mejor o deseando un cambio de suerte. Regularmente, los suplementos dominicales de los periódicos hablan de ellos. El lector transportado puede llegar a tener nostalgia y suspirar por una vida tan distinta y plena. Ya se sabe que lo que no se tiene, no importa el qué, suele ser objeto de deseo.

Cuidénse.

Cartas babianas (LXXX)

Queridos veraneantes:

La bondad meteorológica ha hecho que altere los horarios en los que escribo esta carta. Hace buen tiempo y salimos a trotar mundo y a reposar el trotado en un arenal.

Una semana de esparcimiento que ha cundido, supongo que por la urgencia de su necesidad. El mérito debe de estar en encontrar momentos de descanso dentro de la rutina. Es una tarea difícil porque el tiempo, tanto en Greenland como en West Wing se escapa sin que apenas uno se dé cuenta. He aprendido a hacer cosas muy rápido, me río yo de las urgencias ordinarias, y sumamente breves. Supongo que cuando vuelva a mi actividad de siempre agradeceré esta habilidad. Aunque en el mundo jurídico las cosas siguen considerándose al peso. Con frecuencia, la idea que puede resumirse cabalmente en un párrafo se repite las veces que sea necesario para que acabe cubriendo las páginas que el auditorio espera. En la práctica forense se amontonan los folios a los que el juez no puede prestar la atención suficiente, por no tener tiempo físico para ello. Aunque esto sea una verdad conocida, las demandas y contestaciones siguen siendo extensas. Supongo que proporcionan una coartada convincente para la también abultada minuta que se girará al cliente, por lo general lego. Puede ocurrir que como se trata de una práctica ampliamente seguida, ningún abogado se atreva a contestar a 120 folios con cuatro caras bien fundadas, por temor de que el juez, con prejuicio, las desestime directamente porque el asunto merecía más espacio.

En este tiempo, he descubierto la necesidad de que las normas sean útiles. Puede que el amable lector masculle, «elemental querido Watson», el caso es que no siempre es tan elemental. Cuando se redactan desde la perspectiva utilitaria suele objetarse que adolecen de relativismo, el tan manido fin que justifica los medios. Para que esto no ocurra, una herramienta útil es la interpretación económica del derecho. Por ejemplo, para dar preferencia a un uso frente a otro, en caso de que haya conflicto entre ambos, quizá resulte conveniente ver qué uso es el más valioso. Y no conformarse con que el más antiguo se imponga. Resulta muy interesante aplicar el teorema de Coase al derecho y extraer consecuencias, sobre todo, desde la perspectiva del legislador.

Para explorar esta vía, estoy leyendo a Richard Posner y su manual ‘El análisis económico del derecho’. Muchas veces, estos razonamientos se utilizan intuitivamente, supongo que si se conocen bien, serán más eficaces. Al menos, creo que esta referencia me podrá ayudar, aunque en muchos casos no sea pertinente aplicarla.

Tengo la necesidad de entrenarme para estar lo mejor preparado cuando regrese a mis tareas de siempre. De momento, a partir de mañana empezaré a repasar cosas serias, como quien rellenaba un cuadernillo de vacaciones, solo para no perder el paso.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXIX)

Queridos veraneantes:

El ventilador cenital además de poner en movimiento el aire caliente de la habitación, esparce, con intermitencia, los rayos nocturnos que se cuelan de la farola de la calle. Mientras, el cielo se vacía torrencial, como si fuera la última vez que tenía pensado hacerlo. Unos metros más lejos, un hipopótamo se refugia como puede bajo una palmera. Por fortuna estos accesos tropicales duran unos minutos y la noche húmeda y calurosa vuelve a ser la misma.

Con esto soñaba ayer, cuando durante un escaso minuto jarreó con fuerza. En medio del verano y sin avisar, una nube se aligeró de repente. Debían de ser las dos de la mañana y solo duró unos minutos. Sin embargó no volví al sueño africano.

El libro sobre el Tribunal Supremo de Estados Unidos (‘The Nine. Inside the Secret World of the Supreme Court’) me está resultando muy interesante. En el último capítulo que he leído, el autor, Jeffrey Tobin, cuenta cómo a finales de los noventa el Tribunal viró hacia la izquierda –el capítulo se titula Cards to the Letf–. Eran los últimos años de la Administración Clinton. Y el Tribunal Supremo ventiló la causa de Clinton v. Jones, sobre un supuesto acoso de Clinton a una empleada en sus tiempos de Gobernador de Arkansas. La defensa de Clinton en un primer momento trató de posponer el juicio al final de su presidencia. Esta petición fue desestimada, no en vano si el Presidente tenía tiempo para el golf también para atender a los jueces, y condujo a la famosa comparecencia del Presidente ante el Gran Jurado el 17 de agosto de 1998, después llegaría el impeachment y el caso Lewinsky.

Pues bien, el presidente del Tribunal Supremo era Rehnquist quien era amigo y compartía partida de póquer con el abogado de Clinton, Bob Bennette, que tiempo antes y con prudencia dejó de asistir a las partidas.

En ese contexto el Tribunal vira a la izquierda, lo que el autor justifica por la tendencia que tiene a conectar con el estado de opinión de la sociedad. Pero jurídicamente el giro se produce al confirmar el Tribunal la doctrina Miranda, cuando en principio, había una mayoría conservadora para cambiarla. En la sentencia Miranda v. Arizona (1966) bajo la presidencia de Warren se consolidó la doctrina de la detención con todas las garantías. Los detenidos debían ser informados de sus derechos, y tenían que ser asistidos por un abogado. La opinión conocida del presidente Rehnquist era que esas precauciones con los detenidos no eran necesarias, dificultaban la investigación y en todo caso, no fueron previstas por los constituyentes. Sin embargo en 1999 cambia de criterio y no solo vota con la mayoría (7-2) la confirmación de las garantías sino que emite un voto concurrente en el que explica su acuerdo con todo convencimiento, en mi traducción: «Miranda se ha llegado a integrar en la práctica rutinaria de la policía hasta el punto de que las garantías forman parte de nuestra cultura nacional».

Su opinión se basa más en la defensa del precedente aceptado por la práctica, que en la conveniencia jurídica de esas cautelas. El conservadurismo, con el tiempo, acaba defendiendo logros que en su día fueron progresistas. Incluso como es el caso en la misma generación. Esa experiencia, tantas veces repetida, sin embargo, no desalienta la oposición a los cambios de quienes luego los aceptarán en paz.

Este libro pide a gritos que Aron Sorkin lo convierta en un guión y podamos ver una película sobre el funcionamiento del Tribunal Supremo de Estados Unidos.

Cuídense.

Cartas babianas (LVXXVIII)

Queridos veraneantes:

Aquí el día está desapacible. El tópico contraste que levantan las montañas. Llueve y la niebla densa envuelve los primeros kilómetros del descenso. El escenario para que las brujas preparen sus brebajes y hagan sus hechizos en el bosque. El tiempo era justo para llegar y tener un almuerzo agradable.

La fiesta se celebró como siempre. Siempre es la mejor cosa que puede decirse de las fiestas y de los amigos. Una conversación agradable, da gusto volver a encontrarte y saber de personas tan queridas. Sabes de sobra, que Babia tiene una parte de soledad insondable. Un paisaje que ha ido cambiando con el tiempo, pero que siempre será necesario para saber quien quise ser. A todas las ausencias se suma la de Eloína y en una parte se ensombrece la infancia de las cosas inamovibles. Por desgracia muy pronto supe que lo mejor partía para siempre. Más tarde descubrí que al cabo, solo tendría mis primeros siete años, antes mis primeros cinco, después mis primeros treinta… El inevitable despoblamiento. La duración del recuerdo es lo que más se aproxima a la eternidad, aunque no impida la corrupción de los cuerpos.

El verano de la transición, a la espera del relevo y de la nueva velocidad que llevarán nuestras vidas.

Conviene leer novela, entretenerse con la ficción bien escrita. Este convencimiento contrasta con la interminable lista de tareas útiles y lecturas indispensables que hay que hacer. No puedes morir sin haber leído este libro, es una sentencia lapidaria e irresistible. Moriré. En todo caso, una buena novela consigue suplir muchos viajes, superar la necedad y el provincianismo de quien cree estar en el mejor lugar de los posibles. Podrá decirse, con razón, que cualquier ensayo de Hobsbawn resulta más eficaz. La novela, empero, tiene un cariz lúdico del que no es necesario rehuir.

Me he descargado Génesis de Félix de Azúa, te transcribo el primer párrafo. Sin desmayo seguirías hasta el último:

Después de mucho luchar, finalmente los dioses fueron dándose muerte unos a otros hasta que (y ese fue el final del final) solo quedó uno en el ilimitado vacío.

Tampoco me resisto a espetarte una gran cita de John Adams, de la mano de Sosa Wagner a quien a su vez se la dejó su hijo Ígor:

Un hombre inútil es una lástima, dos, un bufete de abogados, tres o más, un parlamento.

Te reirías satisfecho.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXVII)

Queridos veraneantes:

Aquí, a veces el tiempo desmiente a las predicciones. Ayer ocurrió. Durante la mañana y buena parte de la tarde hizo un día soleado. Al final del día, el cielo se oscureció y amenazaba lluvia. Estos contrastes se soportan mucho mejor cuando uno vive en una climatología estable. Como siempre te digo, el próximo año estaré cansado de este tiempo y añoraré las brasas capitalinas.

Una comida muy agradable con amigos en la que repasamos anécdotas e historias que nos han ocurrido. Las cuenta muy bien, con mucha y fina ironía, uno de mis preparadores que es testigo privilegiado de los trasiegos políticos de la ciudad y del país. Hacemos quinielas de lo que pasará en otoño, pero sobre todo nos reímos. Está también la amiga y compañera que me ha sustituido en Greenland, acompañada de su marido. Contar las cosas que te pasan en esa silla resulta un ejercicio terapéutico muy necesario. Su correo inundado con las urgencias de unos y otros, y miles de aventuras que solo podrían publicarse cuando ninguno de sus protagonistas pueda leerlas. En esa silla se está en el centro de un amasijo de relaciones humanas dignas de ser estudiadas, como siempre dice mi amigo Pablo «el mundo de los adultos». Y la paciente mirada de nuestras parejas. Tengo pendiente contarte algo de mi nuevo destino.

Antes de disolvernos asistimos a la subasta de los percebes en la rula del lugar. Entre dos compradores se ventiló la mayor parte del género. Uno a precios más bajos y el otro percebes de mejor calidad a precios más altos. El viaje a la mesa de cualquier restaurante o pescadería multiplicará el precio.

La comida en ‘La Cofradía’. Unos entrantes: pulpo y calamares frescos y un segundo, que resultó ser un descubrimiento: bonito Príncipe de Asturias, que degustamos, precisamente, ante una foto de nuestro Rey cuando aún era Príncipe de Asturias. Estaba muy jugoso y en perfecta compañía de una salsa suave. Una recomendación de la casa que como siempre, nunca defrauda.

La tarde se fue apagando y hubo que recoger porque hoy es el día de San Salvador y volver a Babia es obligado. Un día empañado por la coincidencia en la que la ausencia se hace muy espesa. Te seguimos celebrando y nos aseguraremos que lo hagan quienes vayan viniendo.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXVI)

Queridos veraneantes:

Compruebo al despertar que no tengo la conexión que acostumbro, y que como si fuera un explorador debo moverme para encontrar la señal adecuada. Es sabido que el menor inconveniente causa gran incomodidad. Me gustaría conocer la explicación técnica, saber si hay remedio, o al menos, quedarme tranquilo al comprobar que no hay solución a mi alcance. El caso es que la ‘E’ del móvil me intranquiliza moderadamente.

Con el incordio de verme incomunicado por esta sombra tan arbitraria y espero que circunstancial, me decidí a leer a Weber, su conferencia-ensayo, ‘La política como vocación’. Muy interesante. Como resulta la cita con la que acaba la versión que yo manejo: «There’s no difference between a key and a door. Both of them are ilussions. But one ilussion opens the other one». Esto me pone sobre la pista de algo sobre lo que quería escribir, la necesidad de la acción como consecuencia de la reflexión. Por seguir con la cita, la necesidad de disponer de llaves que permitan accionar cerraduras que abran las puertas.

Te lo cuento porque llevo durante un tiempo leyendo ensayos sobre la situación de nuestro país, en los que de forma directa o indirecta se apunta la necesidad de hacer reformas. Empecé leyendo a Muñoz Molina y su ‘Todo lo que era sólido’, a César Molinas y su ‘Qué hacer con España…”, a Luis Garicano y ‘El dilema de España’ y a Zarzalejos con su ‘Mañana será tarde’. Además del colectivo de Politikon ‘La urna rota’, del que tengo algún capítulo pendiente. Todos estos libros resultan interesantes y contienen el diagnóstico y pautas para el tratamiento de nuestros males. Supongo, no tengo datos para afirmarlo, que cuando una crisis arrecia, surgen este tipo de manifestaciones inconformistas con el statu quo. El primer efecto es sacudir las conciencias y llamar la atención sobre un problema que no todo el mundo percibe ni puede analizar de forma tan amplia y sólida. El segundo, que es desencadenar una reacción en sus naturales destinatarios, no está tan claro. La acción siempre queda postergada, salvo raras excepciones de las que no siempre somos conscientes.

¿Tiene el ciudadano la obligación de movilizarse? ¿El cómodo estatuto de ciudadano, como titular de derechos y obligaciones, incorpora el deber de ser consecuente con lo que cree y obrar en consecuencia? Para un jurista esta cuestión tiene una clara respuesta negativa. A estos efectos, los deberes son solo los que los textos legales imponen, y esto no aparece por ningún lugar, al menos explícitamente formulado. Y no lo hace porque se presume que habrá personas que se encargarán de ello, entendemos que tienen diferentes incentivos para hacerlo y depositamos más nuestra confianza y fe, que nuestra razón, en que los llamados sean además, los mejores. Sin embargo, el populismo está socavando esta presunción, al señalar como privilegios ilegítimos esos incentivos que pueden ayudar a los más aguerridos, a enfrentarse no solo con sus problemas, sino también con los de su comunidad. Lo hacen en el entendido de que quien se quiera ocupar de estos altos menesteres deberá hacerlo a cambio de nada y fruto de una obligación moral para con sus conciudadanos.

Mi acendrado materialismo rechaza estas ideas. La misma vida como ejemplo: cada vez es más difícil que los mejores puedan estar en las altas magistraturas, salvo excepciones insisto, algunas de las cuales conozco bien. Pero además de la experiencia, estas ideas deben desestimarse teóricamente. Desde el momento en que el sujeto pueda escoger una opción que sin tantos quebraderos de cabeza ni suplicios, le proporcione más bienestar. Entiéndeme bien, me refiero a que la diferencia no puede ser tan desproporcionada.

Ayer el día solo levantó a última hora de la tarde. Momento en que el mar, con oleaje fuerte, impedía al río desaguar en la playa. Una batalla de fuerzas desiguales que se podía percibir río arriba. La sirena del astillero indicaba el final del tajo, en una tarde apacible donde el sol pudo calentar tímidamente algo.

Mis horarios son de cenobio.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXV)

Queridos veraneantes:

La previsión meteorológica se cumplió. A las 16 hs. el cielo comenzó a encapotarse y a partir de ese momento las cosas empeoraron hasta que acabó lloviendo. De la forma que en verano lo hace en esta apartada región, es decir, lluvia persistente y muy fina. Ha amanecido un día gris y tristón, que no tiene nada que ver con el verano de los escaparates.

Antes de que el tiempo se chafara, una cosa es que esté nublado y otra que llueva sin descanso, hubo ocasión para unas horas en la playa y el primer baño en el Cantábrico. Arena pizarrosa y la temperatura del agua fría pero aceptable.

El resto del día, como imaginarás, en casa refugiado en la lectura del libro de memorias europeas de Francisco Sosa Wagner. Un libro estupendo que resulta difícil dejar, una narración ágil e irónica sobre las peripecias que como eurodiputado ha vivido el autor. Al fondo de la narración sus comentarios políticos, sus comidas, la descripción de ciudades, viajes, la música y sus lecturas. No quiero repetirme, pero sin ninguna duda ha sido el autor de Derecho Público que más he leído y que más me ha hecho pensar. Junto a él, Alejandro Nieto, ninguno de sus libros o escritos tiene desperdicio. Cuando acabe el libro te contaré con más tranquilidad.

Me he traído también un libro sobre la polémica entre Schmitt y Kelsen a propósito de la defensa de la Constitución. Lo había comenzado hace tiempo, pero creo que es un buen momento para retomarlo. Al hablar de la defensa de la Constitución hablamos de defender los principios básicos de nuestra forma de vida política. No solo de cómo nos organizamos, sino también qué valores nos inspiran. Está claro que cuando uno de esos valores es la libertad, se necesitan arbitrar mecanismos de protección y defensa. Los golpes de Estado no solo se hacen a través de pronunciamientos militares, el caso alemán con la crisis prusiana de fondo es un buen ejemplo de cómo puede laminarse el orden constitucional de otras formas más subrepticias. Los romanos, en tiempos de la República idearon la dictadura como sistema excepcional para restablecer el orden en caso de que este fuera desafiado. Cincinatus ejerció en dos ocasiones la dictadura por el tiempo estrictamente necesario para que las aguas volvieran a su cauce. Por tanto, es muy antigua la idea de defensa del sistema de gobierno establecido. Al menos, prometo dar cuenta del estudio preliminar que lleva el libro.

Por no abandonar las lecturas, también me he traído para acabarlo, un libro sobre el conflicto palestino-israelí que resulta interesante por su visión equilibrada.

El día será tranquilo y habrá que moverse. Al fin y al cabo el orbayo es la salsa en la nos tenemos que cocer los asturianos. La humedad no tiene fácil antídoto, es dueña de una indomable sensación térmica que llega hasta los huesos y no es fácilmente expulsable. Te diré que el método que se emplea aquí, es estar de fiesta un mes entero. Se dificulta el motín de los visitantes, y a los lugareños les complace tener una excusa para no estar encerrados en casa. Aunque sabes bien, que en el Norte se vive fundamentalmente de puertas a dentro, incluso en el verano.

Lo contaré, mientras tanto déjame que anote que cada año tengo la impresión de que el curso político se alarga más. Ayer, Obama presentaba su paquete de medidas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, y no tenía cara ni cuerpo de vacaciones. No puede pasarnos desapercibido que al cambio climático le haya declarado la guerra Estados Unidos, es una gran noticia.

En las citas de la biografía de Torcuato Fernández-Miranda, de la anterior carta, se me olvidó anotar quizá la más importante: el prólogo que había escrito para anteponer al articulado de su Ley de Reforma Política. La ley se publicó sin preámbulo porque era demasiado explícito, te lo transcribo porque creo que es la prueba irrefutable que pone fin a todas las suspicacias sobre la voluntad real de ese gran hombre.

La Democracia no puede ser improvisada; ha de ser el resultado y el trabajo de todo el pueblo español. Nuestra dura historia contemporánea, desde las Cortes de Cádiz, demuestra que las creaciones abstractas, las ilusiones, por nobles que sean, las actitudes extremosas, los pronunciamientos o imposiciones, los partidismos elevados a dogma, no solo no conducen a la Democracia, sino que la destruyen.

Bienaventurados sean los políticos pragmáticos, si es que de otra clase puede haberlos.

Por favor, cuídense.

A %d blogueros les gusta esto: