Casi todo el mundo tiene problemas con la Navidad. La insensibilidad a estas fechas goza de buena prensa. No obstante, esa reflexión se ha extendido tanto que me resulta más interesante observar a quienes, sin tapujos, declaran que la Navidad les enternece. Tienen razón. Las insoportables ausencias escuecen ahora más, por el hecho de que la reunión en estos días, sea familiar o no, nos junta con nuestra propia suerte. El destino no es un recinto predeterminado, ni un camino más incierto que probable, sino los márgenes que lo bordean, los confines que lo encierran que son a quienes extrañamos pero sobre todo, quienes nos acompañan. Cierro los ojos y pienso en cualquier circunstancia amarga; los abro y veo, con claridad, las caras de los comensales de esta noche. La pared cierta que contiene nuestros destinos y que nos sigue, también, en los desbordamientos. No puedo dejar de preguntarme, con alarma, si algún día recobraré cabalmente el recuerdo de su plenitud o si en alguna mala hora olvidaré la luz de aquella linterna avanzando hacia mi cama para sacarme de un inoportuno sueño, o simplemente para sonarme los mocos. Esta noche cenaré con mi propia suerte y disiparé estos temores, al menos, por un año más.
Hoy es Nochebuena y mañana es Navidad
24 de diciembre de 2011Unos simples membrillos: el arte
27 de noviembre de 2011La vida de los membrillos de Antonio López consiste en que los bocetos nos muestran sus problemas. También las soluciones. En algún momento, como en la biología, fueron un proyecto. Ahora son un fruto naturalmente imperfecto. Al igual que en cualquier verso de John Donne, la realidad mejora a pesar de todas las dificultades. Por un momento, ese membrillo acabará madurando y si nadie lo recolecta caerá. El cuadro cuenta la historia del membrillo y de su tiempo. Las ramas vencidas por el peso de los frutos nos dejan ver el trasiego de la savia por un árbol que nunca estará inerte. Los girasoles de Van Gogh no han secado.
El arte moderno es inescrutable. Mi ignorancia junto con mi falta de predisposición me han dejado indiferente, tras la visita del Guggenheim. Una metáfora inaprensible. El discurso sobre el espacio de Richard Serra acentúa mi descreimiento. Un escéptico que contempla a Pollock o Klimt sin poder ver más allá. A pesar de mi declarada desinformación, esperaba que el efecto fuera otro. Ni siquiera traigo el propósito de hacer el esfuerzo.
Por la noche la ciudad se repliega en sí. El rudo carácter de quien no espera visitas. Un club recomendado en las guías resulta ser ser una guarida a la que se accede sin saber el santo y seña. Extraños sin remedio, en un lugar perdido fácil de encontrar. Todo tiene explicación. Los tópicos ahorran preguntas, del mismo modo que el despertador arruina nuestro sueño.
Bilbao, 2011
26 de noviembre de 2011Bilbao. Antonio López. Un día, un almuerzo infinito: foie con reducción de cebolla caramelizada, ensalada templada, salteado de verduras y sepia, como entrantes. Un segundo: arroz con bacalao y zamburiñas. Para acabar sorbete de limón y una degustación de dulces. Al final, un café americano.
Antonio López es la línea recta. Su punto de partida es un horizonte que divide lo posible y lo intrascendente. El detalle, como la realidad, nos absorbe. Siempre queda incompleto, la luz de un minuto es distinta a la del siguiente. El genio de López es pintar ese instante. Al ver la reunión de esos fragmentos, me conjuro contra el presagio de que casi todo es perecedero, incluso el brillo de la cubierta del Guggenheim bajo la perezosa claridad de un noviembre tan despintado como este.
La oscuridad del norte, la imagen del retrato de Unamuno por Sorolla, hacen que esta ciudad bien pudiera ser la mía.
Antes. Después.
20 de noviembre de 2011Antes. Todo era improbable. El mundo se balanceaba en un movimiento impredecible. Cuentan que no había primavera y que los veranos eran tan cortos que nadie los distinguía del invierno. Cualquier recuerdo no será exagerado, como el frío de aquellos tiempos nunca será lo suficientemente frío.
No hay palabras mágicas. Tampoco acciones al alcance de nuestras manos. Observar no es ningún consuelo. Votar una obligación. Este día de elecciones ya está resuelto. No hay ninguna prisa por conocer quien. El gobierno interino lo sabe y el próximo mes será su mes más largo. Lo mejor es que a España no la presidirá el mismo hombre más de ocho años, a quien lo intente le resultará imposible.
Lo grave es que tampoco hay audacia política. Nadie ha expuesto sin enmascararse las cosas que sabe que tendrá que hacer. Los recortes se producirán inexorablemente sin que nadie se haya dignado a decirnos que se trata de una fatalidad. No se atreven. Lo cierto es que nuestras sospechas se confirmarán en los próximos días. Para entonces el votante-pez se habrá separado tanto de su papeleta que todo aquello le parecerá inaudito. Protestará. Este país es muy dado a dar y quitar según el número de manifestantes.
El escepticismo propio de los minoritarios me da tranquilidad. Además, tampoco es el primer cambio y la alternancia constituye la esencia de este sistema. Lo extraño del caso es que este estaba escrito desde hace, al menos, tres años. Todo el mundo lo sabía, nunca un gabinete, casi al completo, trabajó con tanto entusiasmo para lograrlo.
Sin embargo, hay personas que todavía disimulan y se hacen las distraídas. Por militancia, por contumacia o por lo que sea, se empeñan en minusvalorar el viejo y elemental principio según el cual, la buena política solo la pueden hacer buenos políticos.
Después. Las cosas nunca son exactamente iguales, pero algunas tienden a parecerse. De la similitud nadie extraerá sus últimas consecuencias. Los tópicos siempre acaban por apuñalarnos. Por más vidas que tengamos, ninguna será lo suficientemente larga para aprender lo que de veras cuenta.
Vendrán días…
12 de noviembre de 2011El otoño lo ha traído el viento sur. En este apartado lugar parece que los meteoros se empeñan en contestar a los tratados sobre el tiempo. En este ambiente es difícil encontrarse. Aunque nadie lo confiese, en todas las conversaciones adivino un cierto aire de melancolía, es decir, de insatisfacción. Posiblemente no haya justicia en ello, pero lo cierto es que existe.
No parece que el próximo fin de semana el gobierno vaya a cambiar. Será el único cambio que no haya que atribuir a los mercados. En este caso la predicción se cumplirá y los días desvelarán las expectativas (nunca ha habido tantas).
Grecia e Italia han puesto al mando a los técnicos. El mito del técnico o del sabio. Cualquiera que haya estado ayudando en la maniobra política sabe que el criterio técnico solo es un apoyo. En otras palabras, no puede buscarse la clarividencia en el funcionario partiendo de que el político no la tiene. Es extraño y antidemocrático. Al funcionario no le eligen, se le selecciona en un procedimiento de concurrencia competitiva basado en su mérito y capacidad. Con todo, debe prevalecer la decisión que el cuerpo electoral establezca.
La rareza del mito viene por la falta de consideración que tenemos socialmente los funcionarios. El tópico nos sitúa en un cafetería dejando pasar nuestra jornada laboral o leyendo periódicos por internet. Sin embargo, si se aúpa a esos hombres al gobierno sabrán acertar en todas las decisiones que tomen (!).
El desconcierto reina nuestros días. ¿Será así siempre? Nadie lo sabe y tendremos que acostumbrarnos a vivir con esa incertidumbre. Los plazos que los arúspices nos dan son demasiado lejanos como para confiar en cierta tranquilidad.
Por fin
23 de octubre de 2011Debería haber escrito antes, pero no importa, porque esta actividad está subordinada a la vida y a sus múltiples urgencias. La que nos ha tocado vivir es la de la dispersión. Resulta imposible, también en otoño, concentrarse en algo porque al paso del objetivo surgen otros reclamos que debemos o queremos seguir. Me ocurre principalmente con los libros, o con aquello que quiero leer o escuchar. Ensayo listas, me organizo a golpe de minutos y segundos pero siempre fracaso en el intento de cumplir fielmente la programación. Es una traición íntima, hiriente que me ata de pies y manos. Tengo la tranquilidad de culpar a internet que se empeña y consigue burlar todas mis fidelidades. Lo definitivo de cada momento es la productividad del tiempo. En el siglo XXI en media hora hacemos muchas más cosas que hace cien años, a veces, media hora es una eternidad. No siempre ha sido así, sospecho que antes del Vaticano II las misas duraban mucho más.
Lo cierto es que he pensado en mis amables lectores, cuya atención no merezco. En el fondo, considero que no pueden vivir sin saber de mí. Incluso temo por su sueño. Con mis entradas pretendo frenar su tendencia a imaginar cosas raras sobre mí. Trato de detener sus elucubraciones y parar sus inverosímiles relatos, los que me sitúan en países lejanos o simplemente desolado en cualquier esquina. Por eso he acumulado muchas notas y ocurrencias que bien podrían haber dado lugar a entradas regulares. Las cocino en esta. Buen provecho.
***
Siempre supuse que la manzana de Apple representaba la mordedura de la fruta prohibida. La imagen del pecado, del triunfo de la tentación, principio y origen de todo (al menos para el cristianismo). La crónica sobre la muerte de Steve Jobs revela que se trata de la manzana de Newton. Nada que ver con el Génesis. Cualquier inventor no parte de la nada, ni cuenta con más inspiración que un trabajo perseverante y el acicate del inconformismo. Reconocemos los factores del éxito cuando se presentan ante nosotros, pero su concurrencia no garantiza que aquel se produzca. No se obtienen en el laboratorio, no son sintéticos, sino que precisan el elemento natural, casi siempre hostil. Newton descubrió la gravedad como Colón América. Remitirse a Newton es hacerlo al progreso positivo. Aquella declaración de principios acompañará siempre a Apple, incluso ahora, cuando la mercadotecnia presenta sus productos como una tentadora fruta prohibida. Cumplen todo lo que prometen y solo prometen aquello que pueden cumplir. Desde hace meses escribo las entradas en la iPad y raramente consulto el correo en el PC. Apenas uso papel y el bolígrafo en contadas ocasiones. Algo está cambiando, puede que no merezca el adjetivo revolucionario, pero no todos los cambios profundos tienen que serlo. El motor de explosión fue revolucionario, pero ya no lo fueron los motores capaces de propulsar velozmente al hombre, el salto de 20 kms/h a 120 kms/h. Como tampoco un nuevo ingenio tiene que extinguir a todos los de su especie, el avión convive con el autobús y el coche.
***
En octubre los terroristas de la Eta deciden rendirse. Como toda rendición es imposible disimular su falsedad. Abandonan el crimen porque no son capaces de él. En la rendición no hay mérito y en esta mucho menos. Ha llegado el fin policial del terrorismo y con él han fracasado todos los politólogos que lo descartaban. Es un éxito del Ministerio del Interior y del acuerdo Aznar-Zapatero por el cual se ilegalizó a sus secuaces políticos.
Estos siempre han vivido con la reserva mental de condenar el terrorismo. Antes porque justificaban el asesinato político y ahora porque no hay nada que condenar. Durante esta etapa se envolvían en el cinismo de declaraciones jurídicamente impecables. El cinismo jurídico es el enemigo invencible de la democracia. Nos lo han demostrado.
Esta reserva mental, equivalente al dar el “sí quiero” cruzando los dedos, se proyecta sobre las víctimas. Siempre les han estorbado. Procuremos que en su nombre, los que andan sueltos sean juzgados, vayan a la cárcel y cumplan sus penas. En suma, que la generosidad no sea más que un tratamiento penitenciario.
El reto es obligarles a que de una vez por todas dejen de hablar de sí mismos.
***
“La vida de los otros” es la demostración inquietante de que en las dictaduras no es posible la lealtad. Aclaremos que tampoco es posible en la democracia, pero esta no la exige. Si no la vieron les recomiendo que lo hagan y se angustien. El precio de la libertad también es la continua vigilancia. Me temo.
Fuegos artificiales, circa 2000
23 de septiembre de 2011Creo observar las salpicaduras luminosas en su cara, rojos, amarillos, naranjas… De vez en cuando, sin sentirse observado, muerde su labio inferior. Me pregunto si subraya el escepticismo tan suyo, o simplemente lamenta el dispendio. Quizá haya una pizca de asombro, que avive su particular panteísmo.
Las luces entran relampagueantes en mi salón. Bajo la cabeza para recordar. Los recuerdos son caprichosos y el propio mecanismo impide su selección. He escuchado o leído que uno dura lo que puede durar en la cabeza de otro. Me resulta imposible que su rastro desaparezca con sus últimos testigos. Pero así será. Los antepasados piden rastreadores que no hay. Para organizar una cadena con nombres y lugares, más vale el descanso en paz.
Técnicamente ha sido una aparición. No pueden ser de otro modo. Después, como siempre, me flaquean las fuerzas.
La edad y el impuesto
18 de septiembre de 2011Resulta inevitable pensar que podría tratarse de uno mismo. Los años se adhieren, decir que te acompañan resulta una cursilería imperdonable. Entrar en años supone agitar expectativas y eliminar mansamente otras. Hay edades para todas las cosas. Al final, los años se atrincheran en el año natural, en enero ya habré abandonado este club para formar parte del otro. Me imagino qué pensaran de ello los del último trimestre. Al hablar de la edad siempre se exagera. Incluso la coquetería invita a la mentira y al desánimo. Hace un tiempo, un amigo engrosó generosamente su edad para llevar a buen puerto un lance amoroso. Pero es tanto privilegio ponerse años que quitárselos, ya que, el límite en el primer supuesto es la consistencia y en el segundo la verosimilitud. En definitiva, las apariencias. “¿Cuántos años aparento?” Es una frase manida de iniciación, en estos casos, cuando me ha tocado responder me alejo de la cifra real diez años a la baja. No quiero molestar ni ser molestado. Este juego adivinatorio esconde muchas cosas y permite trivializar la edad. Dar con la edad exacta sería terrible, nunca tiene premio.
***
Acudir a la peluquería en día de fiesta es recomendable para conocer bien el país en que uno vive. A primera vista, diría que la mayoría de los clientes estaban más deseosos de pagar el nuevo impuesto sobre el patrimonio que de arreglarse el cabello. La jerga especializada impide que se use la palabra pelo. Alguna dama mostraba su indignación, “no es posible que nos obliguen a pagar por tener ahorros y cinco casas”. En mis manos una revista de moda masculina no lograba distraerme de la conversación de aquella obligada tributaria. Mientras, la chica asentía y con toda minuciosidad cortaba y peinaba, sin atenderla, porque la consigna es no hablar de política. No por desconocimiento sino por prudencia. La peluquera podría dar una clase magistral sobre economía doméstica, sobre cómo administrar unos pocos de euros para llegar a fin de mes, podría incluso, reivindicar que a ella le bajasen los impuestos o el precio de los libros de texto. En cambio, pensaba en la doble tortura que es trabajar y oír aquellas reclamaciones, porque la susodicha solo pagará aquel impuesto en la peluquería y en el salón del té o en sueños que es lo mismo.
La década
11 de septiembre de 2011¿Diez años son suficientes para saber qué ha ocurrido? Sí. En un largo e interesante artículo en The New Yorker (‘Coming Apart’ de George Packer) se analiza esta década desde la perspectiva del 11-S. El punto de vista condiciona el análisis y solo la Historia podrá descifrar si esa perspectiva es adecuada. No obstante, la hegemonía del sistema métrico decimal impone el análisis de cualquier suceso en el año 10. Packer subraya como característica de esta década la absoluta división del pueblo americano. En su análisis compara el atentado del 11-S con los otros dos ataques que sufrió Estados Unidos: en 1861 originando la guerra civil y en 1941 en Pearl Harbor que dio lugar a la entrada en la II Guerra Mundial. Por contraste con las dos situaciones anteriores, él mismo responde a su propia pregunta: “Should Americans enlist in the armes forces, join the foreign services, pay more taxes, do volunteer work, study foreign languages, travel to Muslim countries? No –just go on using their credit cards”.
La década ha estado protagonizada por dos guerras abiertas: Afganistán e Iraq, vividas desde dentro con cierta distancia, no hubo cambios de envergadura. Ni Estados Unidos ni sus aliados vivieron en estado de guerra. Al contrario, el ciclo económico era expansivo y endeudarse muy barato. Si la verdadera cura económica del veintinueve fue la II Guerra Mundial, aquellas dos guerras fueron presentadas como un pretexto económico, habían sido puestas en bandeja por la industria armamentista para que la actividad económica no decayera. Para aquel fin no sirvió, a la vuelta de la esquina se produjo el colapso económico, y la deuda bélica resultaba asfixiante. Luego vendrían las ayudas directas al sector financiero, las aportaciones a los fondos internacionales para salvar países (Grecia, Irlanda, Portugal), los planes de estímulo keynesiano y una tasa de paro espeluznante.
Sin perjuicio de los intereses mercantiles que hubo, en toda guerra los hay, aquella reacción estadounidense obedecía a la denominada ‘doctrina Bush’ que consistía en extender por el mundo la idea de democracia liberal. Un fin que nunca fue noble, porque la elección de los objetivos fue arbitraria y cínica, Arabia Saudí gozó del favor de aquella Administración. A un gobierno tan dogmático no le podían faltar teóricos, en ese momento triunfaban las teorías del fin de la historia o el choque de civilizaciones. Aquellas tesis se extendían y eran abrazadas por algunos gobiernos conservadores europeos (España, Portugal, Italia y Polonia, por citar algunos). Dentro, Walter Russell Mead señalaba el nacimiento en Estados Unidos de una clase hegemónica a la que llamó los ‘jacksonianos’: clase media blanca, patriotas, religiosos, aislacionistas, independientes, dispuestos a luchar sin piedad contra el enemigo exterior y hostiles a las élites americanas, fervientes seguidores del lema de George W. Bush “muerto o vivo”.
En este contexto, en el año 8 de la década, un candidato negro logra la presidencia de los Estados Unidos. Al tiempo, la corriente más extrema de los republicanos, vindicando los heroicos tiempos de la independencia se organizan como el Tea Party.
La década ha polarizado a la sociedad política americana. Sin embargo, no se produjo la fatalidad anunciada de una guerra (fría o no) entre occidente y los países musulmanes. Por el contrario algunos de estos se han visto envueltos en revueltas intestinas. El terror generalizado (Nueva York, Madrid, Londres) se ha detenido y nunca puso en solfa los equilibrios ni la estabilidad internacional. China, ya despierta, ha organizado unos Juegos Olímpicos, ha comprado el grueso de nuestra deuda y ahora está en disposición de pedir más por ella.
No conocemos la magnitud histórica del 11-S. Doce años antes había caído el Muro de Berlín. Doce años antes, según algunos, la historia había finalizado. Son demasiados hitos, que dificultan la interpretación de nuestros gobernantes, una generación que no ha tenido contacto real con la guerra. Obama no es, no puede ser, Truman.
Cartas babianas (y XXXVI)
27 de agosto de 2011Queridos veraneantes:
Esta es la última carta de la temporada. El fracaso del último verano. Nací en septiembre y por eso sé muy bien de lo que hablo. No merece la pena alterarse, tanto por lo que tiene de irrepetible como porque el tiempo siempre nos da nuevos motivos y algún aire. No lo olviden, las autoridades, si las dejáramos, nos dirían sin el menor rubor que el verano solo es una estación y que hay otras tres. Soy partidario de la obediencia y de emprender los viajes con el cinturón de seguridad. Como siempre con medida. Pero en este caso, el fin del verano, vivo como queda Chanquete, no tiene mayor trascendencia. El azar, me ha privado de días de verano y si repaso, me veo enredado en aquel gris mate sin poder sacar las manos de aquella camisa de fuerza. El optimismo es la trampa más sofisticada que nos hacemos a nosotros mismos. Relativizar (maldito relativismo) supone mirar torcido a lo que tenemos delante, pensando que lo que viene será mejor. Y lo bueno de relativizar es que te lleva al estado gozoso del optimismo. Algunos lo llevan puesto, optimismo antropológico, y otros para tenerlo, o toman drogas o leen libros de autoayuda. No obstante, si quieren excitarse porque el verano ha concluido, pueden hacerlo sin problema, si bien, no se lo recomiendo.
Uno de los objetivos de las vacaciones es retirarse y cumplo. Sobre la duración de las vacaciones deberíamos dejar hablar a la OIT (Organización Internacional del Trabajo), pero sobre el retiro es preferible que lo hagan los psiquiatras y adelanto que advertirán que no se prolongue, dos semanas como mucho.
Entre ayer y hoy he limpiado el coche. La típica tarea de fin fiesta. Es una actividad de lo más agradecida, y entretiene. Mientras que frotaba el morro, me preguntaba por los miles de insectos aplastados. No se trata de curiosidad de entomólogo ni de escrúpulo de ecologista radical, sino de la actividad propia de alguien que no tiene con que ocupar la cabeza. Mientras que pensaba en ellos, me reía, estaba absolutamente desconectado a pesar de los móviles, los correos, las notificaciones de facebook y las actualizaciones de Jot Down (atenderlas ya es una obligación, Jabois mediante). Eliminar los mosquitos y demás familia lleva su trabajo y requiere de ayuda química. El bote dice con toda claridad que el producto surte efectos después de dos minutos en contacto con los restos mortales. Fiel a las recomendaciones dejo actuar la sustancia, pero así todo, froto y algunos trazos sanguinolentos no se van de buenas a primeras del capó del coche. Al tercer intento no queda rastro de los insectos.
Aunque estas cartas no puedan llegar a su destino, no podría haber dejado de escribírtelas.
Cuídense.
Cartas babianas (XXXV)
26 de agosto de 2011Queridos veraneantes:
Una de las ventajas de dormirse aquí es poder hacerlo sin bajar la persiana. Seguro de que la total oscuridad velará el sueño. El mundo se enciende muy lentamente, tanto, que la claridad nunca llega a despertarme del todo. En la ciudad todo es distinto, nunca se apaga completamente y el día se hace de pronto, como cumpliendo una ordenanza municipal vigente desde los años cincuenta. Además hay ruidos que sin ser perturbadores, con ellos, los oídos se empapizan. En este sitio es imposible escuchar ningún ruido de esa clase. Dicen, que mientras dormimos, a escasos metros trabajan sin desmayo osos y jabalíes. Puedo asegurarles que lo hacen en monacal silencio.
He acabado una novela que recomiendo a todos los veraneantes y demás amables lectores (Memoria de la lluvia, Miguel Rodríguez Muñoz, KRK, Oviedo, 2002). Les pongo aquí mismo un fragmento sobre el clima, perfectamente aplicable a nosotros: “El sol reina pero no gobierna: son las nubes quienes se ocupan de las enojosas tareas diarias. Nadie enferma de paludismo ni se congela ni asfixia o desvela por el bochorno. No hay calamitosas sequías, tampoco inundaciones, huracanes o tornados; la nieve, cuando llega, adorna el paisaje y produce contento. El clima en Tresmontes es dulce y perverso. No afecta al cuerpo, machaca el alma. No mata, pero toca los cojones.”
También he rematado un clásico ‘La lucha por el Derecho’. Las conclusiones no caben en esta carta, y no estoy seguro de haber aprovechado la lectura como debiera. La primera parte la leí en un avión y la segunda aquí, sin tomar notas. La recuperación de un bien por su legítimo propietario, consecuencia del ejercicio de la acción reivindicatoria, no satisface el ideal de justicia si no va acompañada de una indemnización que repare el atentado a la propiedad, visto no solo como una lesión a los intereses particulares del dueño burlado sino como un atentado contra el sistema jurídico. En consecuencia, toda la lucha por los derechos subjetivos preserva el derecho objetivo (el sistema). Esta podría ser una buena justificación de la indemnización del daño moral. Y más aun del mismo derecho que mediante su ejercicio se afianza.
Cuídense.
Cartas babianas (XXXIV)
23 de agosto de 2011Queridos veraneantes:
El verano ha desaparecido incluso aquí. Lo mismo pensará el presidente del Gobierno, que lleva tiempo sin encontrar sitio en el que guarecerse. La sana alternancia democrática, o más bien, su sospecha cierta produce un sentimiento anticipado de satisfacción. Lo bueno está por venir. Un pensamiento tan infundado como infantil que flota por este ambiente poco veraniego. No culpo a sus portadores, los comprendo. Pero comprender nunca ha sido suficiente, con todo, no tengo fuerzas para la solidaridad, las restan la maleza que enreda las críticas y las apocalípticas sentencias. La severidad sería el punto exacto, en cambio, han pasado a los insultos. La vida política española nunca ha estado exenta. Ahora menos. Veremos como esta pasión arrollará y a su paso, como siempre ocurre en estos casos, las promesas serán ventajas y sin llegar a salir de los púlpitos.
Lleva tiempo sin haber verano para la clase política, supongo que después del cambio, tampoco habrá invierno. La alternancia implica que las responsabilidades se reparten, aunque la memoria de los votantes-pez, solo refieran, y a duras penas, los últimos años. La gran política detesta mucho las altas expectativas porque se defraudan fácilmente y aunque hay interpretaciones para todos los gustos, nunca constituyen una oportunidad, es lo que se conoce como morir de éxito.
Los veranos no sirven para calmar los ánimos porque las conspiraciones nunca se detienen, al contrario, se aprovechan de la relajación general. Estar lejos de la capital es como estar fuera del imperio, en realidad, un país es Roma y la Urbs es el mundo. Fuera del mundo, en Babia, las cosas empequeñecen, pierden valor, peso y desaparecen, perdón, sucumben a los encantos de este frío desapacible, impropio.
Veo la película sobre la entrevista de Frost con Nixon. Una lección para todos los próximos presidentes que pueblen este mundo: si se muere ante las cámaras, como le ocurrió a Nixon y a partir de él a todos los demás (en España, recordemos la declaración televisada de Suárez), las cámaras nunca logran la resurrección. Al contrario, hacen todo lo posible para que nunca puedan descansar en paz. La paz no está sobrevalorada.
Cuídense.
Cartas babianas (XXXIII)
22 de agosto de 2011Queridos veraneantes:
El mal tiempo da para mucho. Al otro lado de la montaña la previsión se cumplió fatalmente. Incluso peor, quedamos atrapados en la incertidumbre de las nubes alternándose con el sol. Ninguna campaña publicitaria puede cambiar esta circunstancia. Ni siquiera la rabia del verde y las demás virtudes consabidas. Y comer bien, se come en muchos sitios. Buen provecho.
Para los días grises en los que el tiempo te deja exhausto, la modernidad ha inventado las buenas series de televisión. Nuestra generación no las ha descubierto, pero sí las ha explotado intensivamente. Un largometraje se nos antoja insuficiente, cosas pendientes que no se consiguen atar nunca del todo. He seguido la recomendación y he visto ‘Damages’ que trata sobre un despacho de abogados civilistas de Nueva York y ‘Mad Men’ un retrato de la sociedad americana de los años sesenta.
Las series de abogados dicen que hacen abogados, como las de médicos, médicos. Aunque estos últimos reniegan con mayor intensidad de sus series que los abogados de las nuestras. Mi teoría es que nosotros lo hacemos por imitación, “la vida en los juzgados es más dura…” Tiene sentido que, en el fondo, nos identifiquemos con el valor épico y persuasivo de los discursos de defensa o acusación. Ya que, a diferencia de curar, la persuasión admite que se dramatice sin mayor violencia. En definitiva, todo abogado tiene derecho a la sana aspiración de una réplica brillante y exacta, aunque para ello no haga falta deambular por los estrados. La diferencia es mucho más profunda, el litigio es una metáfora que trata de representar a la justicia, mientras que en una operación no hay nada que se interponga entre la realidad y sus actores. De ahí que cualquier tratamiento artístico esté siempre reñido con la realidad, sino con la verosimilitud.
Ya no sé cuántas veces me he preguntado: ¿qué es el Derecho? Paro en seco, para no continuar con qué es la justicia y las demás preguntas que constituyen un rosario filosófico imposible de atender. Mi respuesta es cada vez más pragmática. Ya no es prejuiciosa ni tampoco candorosa, sin llegar, ni querer hacerlo, a la malicia. En la ficción el derecho es un simple método que permite conseguir la solución querida por el más hábil, el derecho es lo que diga el mejor abogado. La realidad, por fortuna, desmiente esta concepción. La objetividad, con todas las condicionantes que se quieran poner, acaba resplandeciendo, aunque, por decir verdad, no mucho. Al mismo tiempo que me absorbía la ficción, recordaba esta frase del gran Oliver. W. Holmes: “The prophecies of what the courts will do in fact, and nothing more pretentious, are what I mean by the law”.
Los años 60 de Estados Unidos, para los forasteros como yo, son los comienzos de la Guerra Fría, la aplicación de la doctrina Truman &c. En ‘Mad Men’ se da cuenta de los cambios sociales, que narra la perspectiva oblicua de una secretaria de un ejecutivo de publicidad. Mujeres de clase media-alta aburridas y a medio liberar viviendo el sueño americano. El sueño americano ha dado para mucho, en realidad, fue el primer ensayo del fin de la historia. Alcanzada esa vida, ya nada se podía ambicionar. Ni se debía. Quizá ese es el problema de los sueños y las utopías, que no tienen resuelto ni su futuro ni tampoco su autodestrucción.
Retomo esta última semana de vacaciones con el firme propósito de liquidar aquellas lecturas programadas, y de contar como un verano más se escapa, cuando los minutos y las horas comienzan a encarecerse. Con independencia de las bolsas, todos estamos en un mercado continuo (sé lo irritante que es esta metáfora, pero deberán posicionarse).
Cuídense.
Cartas babianas (XXXII)
13 de agosto de 2011Queridos veraneantes:
Ha vuelto a ser verano, ya se cumple una semana. Menos mal. En verano, siempre conviene hacer una reunión distendida con amigos. La camaradería es la decantación de estos alegres momentos que se intercalan con los otros, que la realidad, por desgracia, acaba desvelando.
‘El sueño del celta’ de Vargas Llosa me ha dado de bruces con la complejidad de un hombre, léase cualquier hombre. El espejo que toda buena novela es me devuelve a la inseguridad con la que uno se asoma a la vida de los otros. Un hombre es un amasijo de factores (o facetas) que suelen pugnar en contradicción. Una de ellas, cualquiera, acabará por imponerse. Las demás resucitarán y volverán como fantasmas del pasado o augurios del futuro. El protagonista de la novela representa el conflicto vital que atenaza a cualquier hombre, en este caso, un nacionalista irlandés radical que al mismo tiempo fue un laureado diplomático de la Corona británica. No supo una lección que todo escritor de diarios debería tener muy presente: no conviene consignar en el diario nada que no se haya vivido, por muy irrefrenable que sea el deseo de haberlo experimentado. Toda letra de un diario se acaba volviendo en contra de su autor, porque un diario por muy personal que sea, acabará siendo público, su vocación es sobrevivir al autor al modo que lo hacen los testamentos, disponiendo el futuro de los restos del malogrado.
El narrador muestra su severidad con el nacionalismo, subrayando su esencia irracional y metafísica. Al tiempo, hace una descripción limpia de la escalada de sucesos que acaban con un baño de sangre. Alimento de cualquier patria que se precie. Con todo, el nacionalismo, con sus variantes más o menos amables, sigue funcionando.
La semana que comienza abandonaré momentáneamente Babia, pero las anotaciones seguirán bajo el mismo rótulo y en forma de carta, porque en realidad, a este sitio deben imputarse. Volveré a la semana siguiente, para que el descanso finalice con descanso, sin la adulteración de un ajetreo impropio.
El otro día una amiga me confesaba que en su pueblo encontraba su lugar de pertenencia. Desde entonces, no he dejado de pensar en ello y concluir que yo no pertenezco a ningún lugar. No tengo sensación de orfandad, pero reconozco haber perdido muchas de las sensaciones que corren por ahí. Esto daría para una entrada mucho más larga que nunca escribiré del todo.
Cuídense.
Cartas babianas (XXXI)
12 de agosto de 2011Queridos veraneantes:
En este tipo de casas se suele encontrar acomodo a los viejos muebles. Y en el menor espacio disponible se acumulan trastos, que periódicamente acaban en la basura. Siempre hay un día en el que hay que poner en orden alguna estancia, eso es el verano.
El día se ha agotado con un breve viaje al otro lado de la montaña, un poco de lectura y el montaje de una estantería.
La mayor población a la redonda es Villablino. Un pueblo minero que como todos siempre está en decadencia. Nadie sabe cuál es el papel del carbón en nuestras vidas (que antes de la crisis debían ser limpias). Faltaban algunas cosas para el almuerzo y allí es donde está el supermercado. El calor es distinto al de la montaña, me reemblandece y acabo olvidándolo todo. La compra ha durado el tiempo imprescindible, la cumbre es la cumbre, en el valle procuro permanecer el tiempo indispensable. Supongo que para poder tomar el camino de vuelta.
Eso es lo importante.
Cuídense.
Cartas babianas (XXX)
10 de agosto de 2011Queridos veraneantes:
Hoy, ha hecho un día de verano en toda regla, es San Lorenzo y el santo cumple. La energía de dos niños ha inundado la casa. Por la mañana, antes de que llegaran, me entretuve leyendo una sentencia sobre la acción pauliana. Podría haberme demorado con cualquier otra cosa, pero internet en la montaña es un capricho que te conduce por designios inescrutables. Las crisis obligan a aguzar el ingenio a los acreedores, porque casi todos, acaban siendo burlados. La seguridad del acreedor es un bien para el derecho. Nuestros códigos civiles se inspiran en el libre comercio y asegurar que el dinero vuelva a su dueño es lo mismo que garantizar su circulación. Por tanto, no extraña que el deudor siempre sea obviado, o protegido con menor intensidad que el acreedor. A cada uno lo suyo. Comparto este postulado, pero sin exagerar. La posición del acreedor profesional (las entidades de crédito) ha alcanzado tintes abusivos, que el derecho ha cubierto sin dificultad. El equilibrio es difícil, pero su falta un desastre. Desde hace un tiempo, a los deudores se les contempla como fallidos y se les exigen garantías inusitadas. Antes un deudor era un Rey, el dinero rulaba pero ya no regresaba con la misma seguridad. De ahí, al otro extremo. La historia jurídica de la crisis será la historia de la acción pauliana (revocatoria), con la que se intenta rescindir los negocios hechos en fraude de acreedores. ¿Y el fraude de los acreedores? Ni rastro. Habrá que esperar a una época de bonanza para que el deudor acorralado pueda señalar lo leonino de su acreedor.
En la conversación se trató del estado de las cuentas del país. Da miedo. Y da mucho más el hecho de que todo el mundo lo sepa. Los entendidos sostienen que se avecina otra recesión porque ‘los mercados’ desconfían de los deudores soberanos. Estremece pensar en la poca confianza que inspira un país. Al año suelo escribir una docena de veces eso de la solvencia garantizada del Estado, principio que se desvanece y que adquiere perfiles meramente retóricos. La carencia con que la Administración paga a los suministradores da lugar a que el sector público compre más caro o lo que es peor, que no encuentre a quien comprar.
La conclusión, queridos veraneantes, es que nadie confía en nadie, ni siquiera en quien manda la ley. Roto ese consenso, la alternativa suele ser el progromo (vid. London) y lo que sorprende es que eso no conviene a nadie, y mucho menos a nuestros acreedores. El que no sea deudor, que tire la primera piedra.
Cuídense.
Cartas babianas (XXIX)
9 de agosto de 2011Queridos veraneantes:
A media tarde he ido a Somiedo. No es que me empeñe en desmentir el título de estas cartas, ya que, como saben llevo a Babia en la mochila. En cada una de las vueltas que da la estrecha carretera, se abre un valle, que es un universo. Sigue siendo una reserva, no porque lo digan un par de normas administrativas, sino porque permanece escondido, a pesar del turismo rural y quizá de la sobreexplotación. Somiedo es el escondite al que debe acudir todo asturiano que no vaya a embarcarse. Peregrinación cumplida.
A lo largo del año, suelo apartar rarezas para leer en estos días. Rarezas son aquellas lecturas que durante el curso son imposibles, por muy queridas que me resulten. No siempre, casi nunca diría, se puede aquello que se desea. Hoy cumplí con la primera, un artículo de Alejandro Nieto publicado en 1992 en Documentación Administrativa, titulado: ‘La jerarquía administrativa’. De este artículo entresaco la siguiente advertencia que se hace a los funcionarios recién ingresados en el Civil Service: “legalmente sirve usted a la Reina. Lo que significa, en la práctica, que está al servicio del Ministro responsable de su Departamento, quien ejerce sus poderes en tanto miembro del Gobierno de S.M.; y puesto que el Ministro es responsable ante el Parlamento, usted sirve al Parlamento y, por ende, a la Comunidad… En un país democrático corresponde a los representantes elegidos el definir la política gubernamental… y a usted hacer lo que el Gobierno desea que haga.”
La semana pinta bien, habrá sol y frío, y desfilarán ideas almacenadas durante un año. Resultan muy interesantes los resúmenes que espontáneamente hacen los visitantes. Es una forma de confesarse en un mundo en que esta práctica ha caído en desuso. Pero aquí, nadie da la absolución y obviamente, no hay penitencia. Es un buen lugar.
Cuídense.
Cartas babianas (XXVIII)
8 de agosto de 2011Queridos veraneantes:
Debo confesar que momentáneamente me he alejado de este territorio con el propósito de mojar los pies. El mar Cantábrico está a menos de dos horas, no obstante, se trata de una distancia imposible para las gaviotas, que nunca sabrán de este lugar.
Este año el mal tiempo está en boca de todos. En realidad, el tiempo, en verano, es siempre noticia. El pronóstico de la semana augura buen tiempo (pronóstico/augurio). Los hombres del tiempo no apaciguarán la curiosidad con la que cada mañana asomo la nariz para saber qué perneras poner. Es verano y pongo pantalón corto, como un escolar condenado a llevar la misma ropa durante todo el año, eso sí, sin los calcetines subidos hasta las rodillas.
La crisis de la deuda española ha desplazado a todas las ‘serpientes del verano’. No creo que Kondratiev (wave) estuviera muy de acuerdo. Se sabe que la prima de riesgo que pagamos ahora es la misma que se pagaba en 2008. Todos los datos que conocemos apuntalan la teoría de que en realidad, lo excepcional eran estos años y que las circunstancias nos devuelven a aquel lugar. Lo que nos tendríamos que preguntar es quién y por qué nos ha dado la entretenida. El mundo que conocemos, sin reformas no se mantiene, y nuestro país, después de la Constitución, no ha asumido ningún cambio estructural de calado. Las Diputaciones Provinciales son un claro ejemplo, nadie ha discutido seriamente su supresión, justo cuando procedía, después de que La Rioja se constituyera en comunidad autónoma.
La economía nos ha colonizado, esta mañana, en el desayuno mi preocupación eran las bolsas asiáticas, lo que no tienen ningún sentido. Porque para hablar de los índices de cotización como para hacerlo del vino, hay que saber, aunque no sea preciso tener una fortuna o beberse un viñedo.
Si les dejan, cuídense.
Cartas babianas (XXVII)
6 de agosto de 2011Queridos veraneantes:
En este lugar, antes, había muchas moscas. Pongamos que unas cien por cada cabeza de vaca. Si había cien vacas, en aquellos tiempos sobrevolaban nuestras cabezas unas diez mil moscas. Los desayunos debían hacerse en la más estricta penumbra, cuidando que ningún grano de azúcar cayera sobre la mesa, para evitar la atracción fatal. La eficacia del rudimentario matamoscas era discutible, porque los insectos no veían en los cadáveres de sus congéneres ninguna amenaza. Supongo que en la perspectiva de una vida tan efímera no hay tiempo para el temor.
Ahora hay muchas menos moscas. Las moscas eran el alegre símbolo del esplendor. Si tuviera que hacer un escudo de armas pondría una mosca. Ironías de la vida, yo que fui un precoz cazador de moscas a puñetazos.
El mundo se tambalea tan seriamente que resulta inverosímil. Las cosas serias no suelen tener mucha consistencia, y desde luego, no será Standard and Poor’s quien se la venga a dar ahora. Desde aquí, veo tan lejos al especulador que tiendo a olvidar que son los de su casta quienes me fijan el precio del gasóleo. Me permitirán que con todos los arrestos que te proporciona este lugar, y en concreto esta fecha, diga que nos han tomado como fichas de dominó que han comenzado a caer. A ustedes como a mí, les interesa muchísimo responder a la cuestión de quiénes son los mercados, sin embargo, temo decepcionarles, necesitaría al menos dos veranos para darles una respuesta mínimamente convincente. Intuitivamente, deben de ser algo a quien culpar sin mayor miramiento o alguien a quien se teme encarar y castigar, acaso, algo que no merece nada sino sacrificio.
A esta altura la luz impresiona. Incluso cuando el día se apaga, la luz resiste y logra mantenernos con vida. Justo lo contrario a lo que pasa al otro lado de la montaña, donde a medida que el gris se instala, nuestras vidas, imperceptiblemente, se van apagando.
La comida en un día de fiesta resulta inabarcable. Embutidos que recuerdan que el único requisito para comer carne cruda es que esté seca. Los nervios de tocino que recorren el corte del jamón lubrican la garganta, para que pase bien, el sabor duro y áspero de un buen condimentado salchichón, por no hablar del lomo que acumulas en el plato, con disimulo, por si alguno de los comensales lo ha descubierto. En la copa un Ribera de Duero que sirve para amasar y facilitar la digestión. Ensaladilla rusa, porque las tradiciones están para cumplirlas y un segundo plato alternativo: carne guisada de ternera del país o bonito con pisto del otro país. Lo bueno de las fiestas, es que la disyunción puede dejar de serlo, pidiendo de los dos platos. Los postres son interminables y un café hecho lentamente acaba por recordar el feliz cumpleaños que ya no cantaré.
A esta hora en la que meto en el sobre tu carta, llega la esperada cena que antes, era el principio de una noche fría, extraña y larga.
Cuídense.
Cartas babianas (XXVI)
5 de agosto de 2011Queridos veraneantes:
Estoy en Babia, si es que alguna vez la he abandonado. Sin haber acumulado aún un trienio, estas vacaciones resultan imprescindibles. El cansancio es un estado de ánimo que llega siempre en el momento oportuno, en el instante mismo en que empiezan las vacaciones. En otras palabras, las vacaciones llegan cuando la fatiga impide cualquier trabajo digno.
Las circunstancias hacen que por fin, un funcionario pueda estar cansado socialmente. Ya no porque se reconozca nuestro trabajo, sino porque esta crisis no nos ha perdonado. Si bien, las reticencias siguen afiladas, quizá, haber pasado unos años a la sombra, resulte ser nuestro pecado original, del que ni siquiera nos redimen los ministros del ramo.
Como no soy protestante recelo de la sanidad del cansancio, aunque no de su principal causa: el trabajo, pero ya habrá tiempo de hablar de ello.
Hoy es víspera de la fiesta y como a todas, el tiempo las desgasta, y las ausencias las nublan, hasta hacerlas irreconocibles.
Cuídense.
El vuelo nocturno de un coleóptero
29 de julio de 2011El inesperado sonido de un reactor me despierta. Tras unos segundos en calma, abro los ojos y no veo nada. El reactor, por momentos, parece alejarse, pero en cuanto cierro los ojos, el ensordecedor sonido vuelve sobre sus pasos. No quiero dormirme. No consigo saber si la confusión la produce el sueño, o si por el contrario no hay confusión y estoy sobre la pista de aterrizaje de un aeródromo. Esta última idea me parece disparatada, pero también lo es concebir el vuelo de un imponente reactor en mi cuarto.
Los minutos pasan y la consciencia retorna poco a poco. No obstante, el reloj denuncia escandalosamente que fuera es noche cerrada. Enciendo la luz, compruebo que son las cuatro y cuarenta y tres de la mañana, estoy en pijama y no en la boca de un hangar. Sin embargo, no estoy tranquilo. Me quedan unas horas de sueño y estoy completamente seguro de que en cuanto vuelva a quedar a oscuras, volverá el ruido atronador.
Apago la luz, pero permanezco en vigilia, espero al sonido, como quien espera cazar una mosca.
Del asesinato, el suicido, y los mitos
24 de julio de 2011La semblanza del ‘hombre solitario’ puebla todos los periódicos. Sobre la mesa, los demonios del criminal: sus motivos, sus lecturas, sus escritos, como si tal indagación sirviera para algo más que para esparcir su culpa. La nacionalidad secuestra el relato e impone sus irresistibles consecuencias, ¡un noruego!, ¡un noruego! El límite del integrismo no es geográfico sino gnoseológico. Los españoles lo sabemos bien, y sin embargo, al atender a los antecedentes de este caso, descuidamos los cadáveres; incurrimos en lo que nosotros reprochamos al mundo: ningún muerto puede vivir en un País Vasco independiente.
Internet permite fabricarse con suma facilidad una biografía de urgencia, incluso permite publicar lo que sea, con la garantía de que será leído y comentado con posterioridad. El sujeto pasará de unos cuantos Kb., a la tinta impresa de los periódicos, que siguen siendo el gran altar de la celebridad.
El ‘loco solitario’ ha representado un intento de golpe de estado. Primero tratando de liquidar al primer ministro y luego, a su recambio generacional. Todos los crímenes llevan ínsita la execrable ambición de la perpetuidad, también aquí, donde el ataque se ha concentrado en unos indefensos y futuros votantes. Una premeditada forma de matar la democracia participativa.
***
Amy Winehouse muere víctima de sí. Y los papeles, perdónenme la insistencia, hablan de la edad fatídica de los 27 años, al constatar varias coincidencias. Bastaría indicar que la cantante se suicidó, que apareció muerta en su casa. No parece necesario enumerar una lista de artistas que se suicidaron a su misma edad, para enunciar un sórdido principio.
En estos casos, la muerte precoz es previsible y alumbra el mito, descarta la dulce decadencia y el inclemente olvido de los tiempos.
***
José Tomás reaparece, resucita, dicen los entendidos. Con él vuelve la crónica épica, artículos exagerados que merece la pena leer. La insistente identificación entre la valentía y el miedo a morir voluntariamente. Rozar la muerte, sin alivio, son trescientos mil euros la tarde, y una plaza de bote en bote. Muchos aseguran que acabará muriendo, a pesar de que, la mayoría de los toreros se retiran y pueden contarlo. El arrojo de Tomás, pero también su nombre exento de alias, le han hecho especial. Es el primer torero que a simple vista, podría no serlo.
***
La derrota fortalece. El hecho de que Contador este año haya perdido supone que el ciclismo aún puede salvarse, si es así, lo será in extremis.
Libros, brisa y descontrol
16 de julio de 2011Tengo apilados en mi mesa los libros que preveo leer este verano. Lecturas empezadas, aplazadas, cuyo hilo puedo seguir por las notas que tomo. Volver a un libro ya leído, sin leerlo, sigue siendo muy difícil, casi imposible. Lo que pone en entredicho cualquier aprovechamiento. Mis lecturas son arrastradas a un sumidero por el que desaparecen y pasan a poblar el cementerio baldío e inhóspito de mi bagaje. Debo conformarme con el efímero recuerdo que deja tras de sí cualquier acto del entendimiento. Ningún tesoro es breve.
***
La brisa que sopla no es buena. El clima no se puede cambiar, al menos, no fácilmente. La única solución es protegerse o acudir a un balneario a tomar aguas. No será fácil librarse. Siempre he sido partidario de vivir sin esperanza, lo que no tiene nada que ver con estar permanentemente insatisfecho, aunque reconozco que la confusión es fácil. La acumulación de horas refuerza esa idea, me quedo tranquilo.
***
Las escuchas telefónicas hechas por el cuarto poder indica que como los otros tres tiende a descontrolarse. El eterno problema de la confianza: quis custodiet ipsos custodes?
Preguntas, respuestas y más metralla
9 de julio de 2011Está nublado. Menuda novedad. Mejor no salir de casa. Hay que acostumbrarse. La costumbre es embrutecedora, mejor resistirse. ¿Para qué? Todo lo resuelves a base de macizo utilitarismo. ¿No has aprendido de la crisis? De eso no se aprende. Escéptico. Si tú lo dices…
El tiempo (atmosférico) es un estado de ánimo. Menos mal que pasajero. Un estado de ánimo es una conversación que decae a medida que avanza. Ni la euforia puede mantenerse más de unas horas, quien dice horas dice meses, pero no más allá.
***
¿Por qué no soy americano? Me lo pregunto todos los cuatro de julio, cuando quedo arrobado por las barbacoas, los fuegos artificiales y la densidad política de los discursos. No hay duda de que lo que verdaderamente quiero es un país sin Historia (con mayúsculas de Academia). Muy lejos del nuestro. ‘Los cuatro días de julio’ debería ser un ensayo que narrara aquellos dos grandes acontecimientos: la Revolución Francesa y la Independencia americana, en apenas cien páginas, para que no dejar rastro. Quizá sea mi fatal propensión por el Derecho (también con mayúscula académica), la que me hace mirar extasiado a estos dos momentos. Ahora bien, la Revolución Francesa debería ser objeto de celebración europea, más que el nueve de mayo, día de la fiesta oficial en la que se conmemora un discurso histórico, a la par que burocrático, que pronunciara Schuman en 1950. Nada de barbacoas, ni gorros frigios, ni mujeres con los pechos al aire, ni nada de nada, solo corbatas y frías declaraciones de grises funcionarios. Para las fiestas no hay mejor mes que el de julio. A principios de mayo, en el norte, sigue aún haciendo frío.
Pasa el cuatro de julio y me hago la misma pregunta. No obtengo respuesta y temo que sea el insano inconformismo que me hace estar incómodo en cualquier sitio en el que estoy. No hay remedio. Si fuera americano, si hubiera estudiado en Columbia o en Harvard o en cualquier otra Universidad más modesta, pero americana, si hubiera vivido en Cincinnati o tal vez en Boston, si hubiera leído a García Lorca en inglés y si fuera usuario de una sanidad cara y nada universal; si hubiera sido todas esas cosas, quizá querría haber nacido en Londres o en París, o lo más probable, estaría intentado ligar con alguna europea por el FB, para salir del país y redimirme de mi propia nacionalidad.
No hay una que sea adecuada. Pero las hay mucho peores. Nunca hubo mayores certezas que ahora, que sabemos el día que va a hacer mañana, la posibilidad que tenemos de desarrollar determinadas enfermedades o que el próximo año habrá mucho paro y no saldremos de la crisis. Como lo que no tenemos es perspectiva, las pequeñas incertidumbres que nos acechan desbaratan la visión cómica e infantil que los hombres siguen teniendo del mundo. Solo cambiaría esa situación si de pronto, nuestro mundo fuera una aldea del África profunda, en la que hasta una hora antes de almorzar no se sabe si se tiene la comida, en la que tomar agua constituye un riesgo mortal, o en la que se ignora si más allá de sí, hay vida humana. Entonces, si sobreviviéramos al contraste, nos conformaríamos, pero para bien o para mal, este es nuestro mundo cuya principal característica es que la vida se da por supuesta:
Declaración de independencia, 4 de julio de 1776:
(…) Abrazamos como verdades evidentes en sí mismas el que todos los hombres son creados iguales, que el Creador los dota con derechos inalienables, entre los cuales se hallan el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad (…)
Declaración de derechos del hombre y del ciudadano, 26 de agosto de 1789, artículo 1:
Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales solo pueden fundarse en la utilidad común.
Formas veraniegas
3 de julio de 2011Un café a deshora es una noche intermitente, lo menos parecido a una mañana de domingo. Me ha dado tiempo a leer la prensa, a poner una secadora y a iniciar los preparativos de la comida. Mientras, ella duerme.
Quiero volver al blog para continuar con la disciplina del ensayo. Con la ensoñación de que a base de practicar lograré afinar. Mi principal interés, al margen del jurídico, es desentrañar el paso o los pasos que hay entre el discurso y la acción, entre las palabras y la realidad a la que llaman. Supongo que si vuelco esta curiosidad en Google acabaré con una abundante selección bibliográfica. No es lo que busco. La cuestión podría formularse de la siguiente forma: ¿qué tipo de prosa es la que se convierte en un acto? La mayoría de las palabras dirigidas a la persuasión mueren precisamente en los manuales de oratoria. Como tampoco, el contexto o las teorías sobre el auditorio son concluyentes al respecto. Intuitivamente parece que no queda más remedio que predicar la ineficacia intrínseca de los textos, que es lo mismo que decir que no se atiende a los argumentos.
En mi trabajo existe una confusión (tan generalizada que forma parte del oficio) entre la extensión de los escritos y las razones que albergan. Resultan frecuentes las demandas de más de veinte folios, que a partir del segundo son una insufrible redundancia. Sin embargo, esta técnica por muy basta que sea rinde beneficios persuasivos no desdeñables. Posiblemente el primero sea el del cliente que compra al peso, pero la sucesión de folios distorsiona el pleito hasta el punto de llegar a hacerlo incomprensible para alguien, como el juzgador, que tiene que tratar con él la mitad del tiempo que han dedicado las partes.
Es un ejemplo de cómo la forma (incluso la mala) se ha ido apoderando del fondo. Lo que podría explicar el fracaso de la oratoria como teoría dirigida a convencer por medio de una argumentación correcta, expresada de una forma adecuada.
***
El verano tranquiliza a las ciudades. En realidad el cambio se produce cuando dejan de circular los autobuses escolares. El curso escolar, que coincide con el año judicial o las temporadas deportivas, marca las vidas de quienes no son escolares. Las vacaciones académicas apagan el mundo. Las radios ya han empezado su programación veraniega, acentuando su lado lúdico y leve. Pronto vendrán los periódicos y las serpientes de verano, la técnica de repetir y hablar de las mismas cosas cada doce meses con los calzones cortos. Como la liturgia de la Navidad, acaba cansando. Nunca nos hicieron cubrir aquellos cuadernos de verano, a pesar de que siempre nos los llevamos en la maleta. Nos libraban de la repetición, el verano era un espacio temporal del que disponíamos a nuestras anchas. Los minutos más serios de nuestras vidas.
Uno de los temas será hablar de la gente que no puede ir de vacaciones. Glosar esa desgracia, aunque no tengo nada claro que lo sea. Lo relevante es que hay personas que lo viven así, que se angustian por no poder salir o que hacen acopio de la suficiente inconsciencia como para ir al banco y pedir prestado dinero, que saben que devolverán con dificultad. El derecho a la vacación se ha vinculado con el hecho de irse a otro lugar. Incluso, la Unión Soviética consagró esa idea promoviendo la construcción de balnearios para los trabajadores. La cruda realidad, que amortiguan los medios estos días, romperá esa asociación y con ella las ciudades interiores como esta tendrán que despertar.
***
La diferencia entre Estados Unidos y España, por Antonio Muñoz Molina: “No es que en Estados Unidos no haya cinismo, envidia o desgana: es que no tienen prestigio”.
Huevos y derecha
26 de junio de 2011Juan Aguirre, guitarrista de Amaral, se dirige al vicepresidente primero del Gobierno como “tío” y le pide que no le toque los “huevos”. Horas más tarde se disculpa. Este tipo de perdón, urgido por la necesidad de que el exabrupto se olvide, y el personaje vuelva a pasar tan desapercibido como antes, no lo borra, conviene detenerse en él.
El elemento de grosería de la frase revela una preocupante impotencia léxica (“huevos”), proyectada por la prepotencia del artista a quien nadie puede pedir cuentas ni tiene por qué rendirlas (“tío”). El componente serio, que permanece tras las excusas por la salida de tono, consiste en que hoy atizar a un político, aunque sea para golpear a todos, es algo que se lleva, por tanto, propio de ‘modernos’. El incidente vuelve a poner contra las cuerdas a un artista (bueno, añadiría yo) cuando se pone a emitir juicios políticos sin ningún fundamento. Igual ocurre cuando el metido a comentarista político es un obispo. Si se tiene claro que sus opiniones políticas no son elaboradas, ni tienen que serlo, si no se le conoce ninguna clase de activismo político que vaya más allá de alguna canción protesta (más bien pocas), ¿qué interés tiene preguntarle por algo así? Ninguno.
Otra artista, Lourdes Hernández, Russian Red, declara a ‘Marie Claire’: “¿Izquierdas o derechas?: Si me tengo que decantar, derechas.” Un escalofrío sacude a Twitter: ‘¡una canta autora de derechas!’ Los brutos, de la misma forma que se haría en determinadas tertulias televisivas, claman que en España declararse de derechas en un acto heroico. Afortunadamente no lo es, salvo en el País Vasco donde decirse y actuar como demócrata ya sea de derechas o de izquierdas lo es, más últimamente. Apartándonos de este estribillo, sigue sorprendiendo que una chica que canta con una voz dulce pueda ser de derechas. ¿Qué es ser de derechas que es incompatible con la farándula establecida? Es un misterio. No es descabellado pensar que muchos silencios de artistas, en esta materia, sean adhesiones inquebrantables a opciones no toleradas por el gremio. Puede que en el contexto que llega, haya más silencios o las muchas russian red que hay salgan aprovechando la placidez que siempre da la hegemonía social.
La obra se desprende tan rápido del autor, que este a pesar de sus intentos o de los de la comunidad nunca logra dominarla, ni para bien, ni para mal. Marchan por caminos distintos, y la obra, convendría que lo recordasen sus autores, conforme a la legalidad vigente, acabará integrándose en el dominio público: será de todos. Mientras, no es un objeto de su propiedad que no pueda ser usado sin su previa autorización, para eso existe el derecho de cita, que bien puede usarlo un vicepresidente bien pagado, eso sí, no tan bien como el de la guitarra.
From Asepsia
19 de junio de 2011La indignación ha venido acompañada de la crítica fácil a los políticos. No conviene olvidar que actúan por representación del cuerpo electoral. Por tanto, el menosprecio acaba por ser reflexivo. Entonces, mi pregunta es: ¿de dónde vienen? Como hipótesis yo diría que proceden de Asepsia, ese lugar con nombre de farmacéutica en el que seres inmaculados protestan contra las iniquidades de este mundo. No hay otro posible. Pero en el que hay, se convocan elecciones a las que se presentan distintas opciones, y si la carta no fuera lo suficientemente amplia, cualquiera puede constituir un partido o una agrupación de electores y jugársela. Sin embargo, una hipotética elección les haría cómplices del desaguisado y perderían su nacionalidad de ‘asépticos’.
Asepsia debe de ser un gran movimiento asambleario. A mano alzada se decide qué tipos impositivos hay que subir o si se debe devaluar la moneda o expropiar un banco, sospecho que también la hora a la que se cena. Este sistema no es nada novedoso, y de simple, no soluciona la complejidad de nuestros problemas. Dejemos las abstracciones, la complejidad no es otra cosa que el derecho de manifestación, la libertad de expresión, la educación y sanidad universales… En fin, esto que vulgarmente se llama “sistema” y que han ido gestionando nuestros representantes, a los que desde Asepsia sólo se quiere abuchear, acosar y a veces acometer, aunque no remover.
La indignación que en estos tiempos es perfectamente comprensible, nos trae amarga desesperanza y autoindulgencia.
Desesperanza porque se trata de enterrar la democracia representativa al son de insultos que encierran generalizaciones insoportables. La historia nos dice que cuando se ha querido matar a los políticos se ha conseguido. En ese momento a la amargura se suma el miedo.
Autoindulgencia. Nos seguimos perdonando, nos disculpamos por no prestar atención a las noticias, por no informarnos qué hacen verdaderamente nuestros políticos. Nos excusamos por no ir a votar, ni por pedir responsabilidades a quienes abusan de los servicios públicos. Tenemos la seguridad de la indulgencia plenaria porque por mucho que hagamos, por mucho que votemos, por mucho que nos informemos de lo que ocurre a nuestra alrededor, siempre habrá un poderoso que hará de su capa un sayo. El mismo que ve con gracia como la indignación es una nueva forma de rendición.
Todo el mundo sabe
4 de junio de 2011
Leonard Cohen es un viaje en un Peugeot 505 GRD beige. Con el tiempo se convirtió en un viaje en metro, sin otro equipaje que un cronómetro de mano y unas cuantas lecciones de derecho en papel. Un telón de fondo. La música arraiga los recuerdos.
Los Premios Príncipe de Asturias cultivan la exquisitez, y darle uno de literatura a Leonard Cohen es la demostración. Para el aplauso no se necesita haber leído ni una palabra de su obra literaria. Basta con escucharle.
El acierto del premio es indudable, magistral. Si los ‘chicos DRY y los del 15-M’ aspiraran a algo sustancioso, elegirían esta canción como himno, “everybody knows… the deal is rotten”. Sin embargo prefieren retratarse con ‘Imagine’. En esta letra de Cohen habita sin aspaviento la desolación de quienes aún albergan la posibilidad de cambio, “el barco se hunde y el capitán ha mentido”. Trabajad para sustituirlo parece decir esa voz profunda y cavernosa.
Más que nunca merece el premio de literatura y no el de las artes (que obtuvo el gran Dylan). Cualquier escrito entrega el poder al lector. Quién no se ha sentido poderoso al leer alguna novela o poesía. Cohen nos da esa posibilidad a cada paso y no tiene nada que ver con la música, aunque no sea necesario prescindir de la armónica o de la guitarra.
No todo el mundo sabe que estamos vencidos. Sin embargo, la cuestión es si lo estamos definitivamente. Supongo que es la clásica pregunta que todas las generaciones se hacen, cuando estudien bajo el microscopio la nuestra, observarán el descaro con que hemos tratado de zafarnos.
Leonard Cohen es un narrador áspero como pueden serlo Philip Roth o Salinger. Nos informa, con lujo, de los pliegues que traen consigo las cosas bellas. Ahuyenta a la ingenua felicidad e involuntariamente nos hace más fuertes. Una mañana de sábado es un buen momento para tomar conciencia. Quienes quieran el confort de la duda, que nunca más vuelvan por aquí, no vaya a ser que a partir de alguna inesperada frase de este blog sientan el poder, que ella me da.
¡Tranquilizaos!
21 de mayo de 2011No cabe escribir de otra cosa. No hay otro mundo al que, con urgencia, poder huir. Es imposible que el opúsculo ‘Indignaos’ haya podido producir esta reacción: movimiento del 15-M. Y si fuera así, sería el incontestable y tardío éxito de la mercadotecnia, es decir, de los mercados. Una contradicción más. Tampoco parece creíble que las acampadas no tengan nada que ver con las elecciones (22-M). Sobre todo cuando se desgañitan por pedir una reforma electoral e insisten en que quedarán después del domingo, ¿hasta cuándo? Tampoco puede aceptarse que no son anti-sistema. Todo buen revolucionario debe serlo y ellos actúan bajo la etiqueta de la ‘Spanish Revolution’ (embellecidos por el inglés). La abstención es un boicot a la democracia, ya sea asamblearia o representativa. Poner un cartel sobre una papelera con la leyenda ‘deposita tu voto aquí’ y una enorme flecha apuntando a la boca del cubo no resulta precisamente la mejor defensa de la democracia. Revela más bien el concepto que de ella se tiene.
Este es un país nada propenso a los esfuerzos. La esperanza se confía a un movimiento que como deus ex machina nos salve o nos libere de un plumazo. La acción, la transformación de la realidad siempre es fatigosa y frustrante. Antes del 15 de mayo, incluso antes de que la crisis nos nublara ya había grupos que pedían una reforma de la ley electoral y una regeneración de la política. Sin embargo, las concentraciones de las últimas horas han querido adueñarse de ese discurso, al grito de que todos son iguales. Cui prodest?
Una escena corta y una idea larga
14 de mayo de 2011La escena es la siguiente: un cuarto de estar diminuto en el que apenas cabe un sofá. La persiana bajada, una lámpara minúscula ilumina con dificultad la estancia. Los créditos de la película en una tipografía gótica en color negro se deslizan por la parte inferior derecha, en un tamaño más pequeño del habitual. Suena un teléfono anacrónico, un pequeño latiguillo debe de estar golpeando a una pieza de metal cóncava que hace de campana. Se trata de uno de esos teléfonos con disco, que la entonces CNTE (Compañía Nacional de Teléfonos de España) popularizó en los setenta e inicios de los ochenta. No obstante la escena ocurre a principios del siglo XXI, el sofá y las estanterías de IKEA fechan con la misma exactitud que el carbono 14 esta primera toma. La llamada hace llegar con demora a una chica. Pelo mojado, sin arreglar, el espectador deduce que acaba de salir de una ducha y que a pesar de la iluminación lánguida acaba de amanecer. Lleva unas bragas negras mínimas y una camiseta amplia que casi las oculta. Un disfraz de emergencia para salir del baño y atender un teléfono con cables que no puede acompañarla. A pesar de ese esfuerzo por cubrirse, todo induce a pensar que está sola. Con la mano izquierda toma la base del teléfono y con la derecha descuelga ese auricular desproporcionado, talla única, cuyo micrófono se aleja rígidamente de su boca, pensando seguramente en cabezas más grandes, pecando por exceso, como era práctica habitual de la técnica de entonces. El cable le da de sobra para deambular por el saloncito y volver sobre sus pasos. No se oye nada de lo que dice ni de lo que le dicen. Por el momento el único sonido que hemos percibido es el ring telefónico. Habla con la cabeza agachada, la barbilla casi apoyada en el pecho y mira fijamente como sus pies desnudos se hunden en una alfombra mullida de color vistoso. Se puede aventurar que es una conversación triste aunque no dramática. Cuelga y en ese instante se deja caer en el sofá. Deja perdida la vista y parece desorientada. Cuando uno piensa que se trata del punto inicial de una narración desbordante, quizá el corolario de un flash back, la pantalla se funde en negro y suena “Maldita dulzura” de Vetusta Morla. Sobreimpresionada la palabra “FIN”, al tiempo que se repite tres veces “maldita dulzura la tuya”.
***
Vivimos en un mundo en el que se huye sin descanso del matiz. En el el que nos entregamos, sin angustia ni prudencia, a una suerte de esperanzas mesiánicas extrañas e imposibles. Cuando todo está mal, o al menos eso pensamos, los discursos gruesos y las promesas huecas se apoderan de nosotros y nos reconfortan. En eso consiste la desesperación, los sueños que se persiguen son el crecepelos que anunciaba un charlatán lunático del far west. Los héroes son ahora seres sin escrúpulos, cuya valentía consiste en presentarse de una forma (mínimamente) creíble.
Esta circunstancia compromete nuestro sistema. Ningún teórico pensaba que podría suceder esto, pero es lo que hay. ¿Esperanza? No bromeemos, las que hay no son ciertas. Aunque tampoco imposibles, el último esfuerzo consiste en pensar que cualquier mínimo gesto, a la larga, puede salvarnos. Hagámoslo también a la desesperada, démonos la última oportunidad, una especie de rescate del sistema político. A pesar de que seamos pocos e inútiles. Disfrutemos íntimamente de nuestra condición de minoría, sin enterrar nuestra vocación en nombre de una rendición moral, tan estúpida como desagradable.
Londres 2011
7 de mayo de 2011Las ciudades sólo tienen alma para los viajeros o para los poetas (que es otra forma de turismo). Lo que realmente interesa a sus habitantes es que los trenes salgan a la hora, los grifos echen agua, se recoja su basura, los impuestos municipales no sean excesivos y haya una razonable seguridad. El espíritu de una cuidad es una pamplina, como tantas otras con las que nos adornamos, sin saber muy bien para qué. El viajero está tan sobrevalorado, que su versión de la ciudad acaba imponiéndose al ciudadano. De este modo, uno se sorprende viviendo en una ciudad “dulce” o “cosmopolita” o “abierta” o “liberal” o “recogida”… Etiquetas que espantan. En realidad y para no llamarse a engaño, ese es el riesgo que trae consigo el adjetivo, siempre tan en boca del viajero. Podría decirse que al viajero le pierden los adjetivos. Y el problema es que todos los viajeros del mundo van incansablemente tras ellos.
Los “hombres de mundo” han dejado de ser lo que eran, fundamentalmente porque el mundo ha empequeñecido y sus distancias, hoy más que nunca, son virtuales y baratas, internet y el “low cost”. El viaje épico es un artículo de lujo estéril e inalcanzable. El mundo conocido ya no admite descubridores, y viajar era descubrir, conocer. Si apartamos para este caso el término “viaje”, a todo lo demás deberíamos llamarlo paseo. Viajamos por las galaxias y pasemos por el mundo.
En Londres hacía un tiempo impropio. Allí siempre llueve y sabemos por las novelas que la bruma se posa en las calles, y no queda otra que vivir entre tinieblas que nunca acaban de disiparse del todo. Sin embargo, el cielo estaba despejado y hacía calor. Al paseante, el trazado y estrechez de las calles le sorprenden. La ciudad conserva el rastro imborrable de haber sido la capital de un imperio. Las plazas dedicadas a héroes militares, la importación toponímica de los principales éxitos: Trafalgar, Waterloo y edificios majestuosos que albergan los principales botines.
Como cualquier excepción, Londres merece ser estudiada con el mismo cuidado que debe ponerse al cruzar sus calles. A falta de explicaciones convincentes la insularidad puede servir como pretexto. La mejor metáfora de lejanía es un mar en calma. Una moneda distinta, una peculiar religión oficial y la conducción por la izquierda son la vieja esencia de una soberanía que ya no es lo que era. Trastos viejos que sin embargo nimban a la ciudad y al país, cuando en el mundo esos signos ya han dejado de ser señal de victoria.
Europa ha encogido definitivamente. Londres, la eterna capital alternativa, es la demostración. Precisamente hoy, cuando se sabe que las elecciones municipales han exterminado el matiz político. A nosotros nos sucederá en breve.
