Cartas babianas (XCVII)

Queridos veraneantes:

Comienza esta correspondencia estival sin que haya cerrado del todo la temporada anterior. No es necesario porque la vida es continua y mejor que no parpadee. Se acumulan las cosas que contarte, pero comienzo con las noticias malas. Sabes muy bien que la vejez pesa a razón de los muertos que uno va acumulando. Nos dejó mi madrina. Una mujer inteligente que con su agudeza siempre hacía reír. Para mí la rapidez sintética es inalcanzable y con la suya he pasado momentos memorables. Gracias a ella leí libros increíbles que ahora leo al pequeño, imitando lo mejor que me ha pasado.

Ya camina y lo hace por este patio en el que tantas horas y tantas ilusiones te dejaste. Pisa esta tierra sin saber, todavía, que es un premio que tiene gracias a vuestro esfuerzo. Como ya te escribí muchas veces su mirada me traspasa porque creo que con sus ojos me ven los tuyos. Disfruta como nosotros lo hicimos, ahora en un jardín arreglado, nosotros entre aquellas montañas de piedras que cada verano, procesionábamos de un lugar a otro.

El mundo ha cambiado mucho en este año, no lo reconocerías. En política ha ocurrido lo imprevisible. Se supone que se abre paso una nueva etapa en la que los representantes, tras años de abusos, atenderán, por fin, a sus representados. Simplemente se trata de políticos capitalizando un malestar general. Su éxito pasa por decir exactamente lo que los representados quieren oír. Y el riesgo es que parece que lo van a hacer. Lo están haciendo. En Estados Unidos, el nuevo presidente dice hablar por la clase media-baja y a partir de ese momento, todas sus decisiones son benéficas para ellos. Se blindan a cualquier crítica. Como la política no puede solucionar todos los problemas a los representados, estos nuevos políticos caerán, porque les juzgarán inevitablemente por la gran expectativa que han creado: el elector como el cliente siempre tienen razón; y esta es la gran falacia de esta nueva época.

Julio es para Babia. Un mes en el que verano cae a plomo. Las cigüeñas planean por los alrededores del pueblo y crotoran en sus imponentes nidos. El calor agradable y seco hace estallar las vainas de las escobas. Todo en medio de un silencio sinfónico de redonda, como si se tratara del impasse en que la orquesta deja de tocar un instante para retomar con brío el concierto, a la señal del director. En el cielo azul de julio escriben los aviones de medio mundo su rumbo, ajenos a quienes desde tierra los avistan y siguen con sus quehaceres. Julio no es el mes del veraneante, pero es el mejor mes de Babia. Algunos veraneantes lo sabemos bien.

La brisa aquí es cicatrizante, seca y cura al mismo tiempo. Me he dedicado a devolver al pequeño los paseos en bicicleta que mi padre me dio. Conquistamos, con toda tranquilidad, pueblo a pueblo.

Cuídense.

Semana veinticuatro (24), veinticinco (25), veintiséis (26) y veintisiete (27)

Semanas de ola de calor y de ola de trabajo. De lo primero se hace eco la prensa local, una forma de saber el tiempo que hace. Se supone que la meteorología llega a los papeles del país porque estos calores no son normales. El titular se trenza rápidamente con el cambio climático, de esta forma adquiere una gravedad que bien justifica el espacio empleado. Pero esta conexión, como casi todas las que van de lo singular a lo general, no está lo suficientemente trabajada. El fin del razonamiento no es informar sino el efectismo.

Las olas de trabajo aquí son imprevisibles. El mundo está demasiado desordenado, y el final del curso es el final del curso. Contra las prisas es imposible luchar; una buena organización, un trabajo planificado tampoco lo consiguen, aunque su alternativa es el caos absoluto. La ventaja de este aprieto es que, aquí, el verano suele pasar desapercibido.

En un diario como este, de páginas acumuladas, no puedo dejar de hablar de la humedad de estos días. La importancia del tiempo viene de que acabamos somatizándolo. Los días de sol son alegres e invitan al optimismo, el cielo azul y la luz aportan tranquilidad y serenidad. La lluvia es pura nostalgia, un tiempo de espera en el que inevitablemente se recuerdan los días de sol (y se les espera). La niebla produce confusión y desasosiego, un velo que no puedes rasgar, tras el cual nadie sabe lo que sucederá. La perfecta ambientación para el misterio. El viento produce locura, se percibe por los oídos, por los ojos y por la piel, es la infección del tiempo. La nieve produce tranquilidad porque viene con silencio, nunca he aguantado tanto tiempo tras un cristal sin hacer otra cosa que ver, con mis propios ojos, como iba cubriendo la nieve. El granizo es una llamada de atención efímera, una excitación, precederá al fin del mundo. La humedad es la frustración, es el agente invisible que se pega a tu cuerpo y no te deja. El cuerpo se defiende sudando, es decir, con más humedad y esa cadena no tiene fin. Sales de la ducha y de golpe vuelves a estar empapado. Las sábanas al final del día te recordarán que no hay espacio que la humedad no haya ocupado. Da igual que haga frío o calor. La humedad es insana.

Estas dos circunstancias debidamente combinadas me han impedido aparecer, sé bien que la falta de frecuencia hace que nadie te espere. No obstante, como esto es una lucha contra mí, venzo mientras yo mismo me espere.

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Diario ficticio de Sonia Terán, segundo apellido desconocido. Pendrive recuperado entre trastos abandonados en una mudanza.

Calle del Prado Picón, núm. 2. 2 de marzo. Llevo días sin ponerme a escribir en el diario. Me he dedicado a colocar libros y ordenar papeles, muchos de los cuales no volveré a ver nunca jamás. A pesar de esta certeza me da tranquilidad saber que los tengo a mano. En el momento en que sería útil usarlos me digo a mí misma que es mejor partir del folio en blanco, para evitar la repetición. El caso es que me ha llevado mucho tiempo.

Mi vida social, de momento, se limita al gimnasio. En mi horario, en la bici de al lado está una chica joven que es médico, no habla apenas y lo que sé de ella es por un aspirante a bombero que no para de hablar. Nos interroga con poca sutileza, da la sensación de que las dos le podríamos interesar, tanto como sus marcas o el peso que levanta. El otro día creo que adelantó su salida para acompañarme, tras diez minutos me metí en un supermercado con el único objetivo de darle esquinazo. Será un buen bombero.

Para acabar con el jardín faltan dos o tres semanas y una de buen tiempo, según me ha dicho ayer el jardinero. El cenador lo instalarán la próxima semana, me alegro porque hay tardes en las que podré trabajar desde allí. Talar y retirar la palmera ha costado más trabajo del previsto. El jardinero se ha resistido desde el principio a ejecutar el encargo, le daba pena. Lo cierto es que la palmera estaba enferma y no pintaba nada en un jardín pequeño, supongo que en su momento sirvió como señal de riqueza. Me he quedado tranquila.

Semana veintitrés (23)

Sabemos que los Underwood solo quieren el poder. House of Cards trata de conseguir, a toda costa, el poder, para ostentarlo o detentarlo. No sabemos para qué lo quieren, en alguna temporada se colaba, como telón de fondo, el programa. En esta última, ni rastro, salvo el asunto del terrorismo internacional. En la serie, todo lo demás es absolutamente accesorio. También las relaciones personales entre los personajes, y por supuesto, entre los protagonistas. La ficción persigue a la realidad sin descanso. Mientras que la temporada acababa, el real exdirector del FBI Comey declaraba ante el Senado y afirmaba que no diría nada en público sobre el papel del presidente en la supuesta interferencia electoral rusa. Inevitablemente planeaba sobre la realidad la sombra del ficticio Petrov como antihéroe en una serie de antihéroes.

No dudo de la importancia que tiene el poder, ni tampoco de su indiscutible atractivo. Pero el espectáculo resulta hiperbólico. Hay a quienes les importa más el para qué, aunque tengan que jugar, con desventaja, en la misma liga de quienes solo quieren quedarse con el qué.

Con todo, es forzoso reconocer que el poder, la eficiencia con que este se ejecuta es lo único que ahora cuenta. El liberalismo se esfuerza en impedir que el poder no se desboque.

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Diario ficticio de Sonia Terán, segundo apellido desconocido. Pendrive recuperado entre trastos abandonados en una mudanza.

Calle del Prado Picón, núm. 2. 27 de enero. No estoy acostumbrada a dormir en la segunda planta de mi propia casa. Siempre he vivido en pisos, primero en uno compartido mientras estudiaba la carrera, luego en una buhardilla (sin cédula de habitabilidad); con mi primer trabajo, ocupé un pequeño apartamento. Siempre de alquiler. Tengo una sensación extraña, como si estuviera fuera de lugar. Son mis primeros días en esta ciudad, mis primeros días de huida. No conozco a nadie aquí. Voy de un lado a otro como si tuviera prisa. No tengo miedo. Sin embargo, a veces no duermo bien, en el insomnio se me aparece todo lo que no soy, ni fui, ni seré. No hay nada más perturbador que ponerse a recordar el futuro. La casa es grande, más grande que todas mis anteriores casas juntas. Ahora mismo estoy sentada en mi cama tecleando en el iPad. Llevar un diario me pone nerviosa. Preferiría contárselo a una amiga, pero aunque tuviera una a mano, no podría decirle lo que pienso escribir. A ninguna. No es por cobardía, es porque todas se negarían a escucharlo. Para cada una de ellas soy quien soy, no quieren que cambie, no por mí, sino por su propia seguridad. Las he escuchado tantas horas que podría escribir todo lo que me quisieron contar mientras fingían hacerme confidencias. A ellas les ocurrirá lo mismo respecto de mí, pero ellas no están aquí y tampoco sé a ciencia cierta si tienen tiempo y ganas para escribir un diario. Hace buen tiempo. La casa hace esquina, la calle por la que se entra es muy tranquila, pero la que hay que torcer para entrar no lo es tanto. Por eso oigo continuamente los coches, y a ratos el run run de los peatones. Tengo que salir, y no sé que ponerme.

Semana veintidós (22)

El acontecimiento es el estreno de la quinta temporada de House of Cards. Antes de las impresiones debo hacer una matización. Las series se diferencian de los culebrones porque en ellas los protagonistas cambian. Ocurre como en la vida, la vida nos cambia, aunque nosotros nunca, o casi nunca, podamos con la vida. Sin embargo, en los culebrones las circunstancias se deslizan por los personajes que inmutables solo las protagonizan.

No cabe duda que House of Cards es una serie. Una buena serie. Los primeros capítulos de esta temporada se demoran innecesariamente en establecer un contexto de la crisis constitucional, sobre la que se articula la trama.

A nuestros ojos parece imposible que una situación de colapso institucional pueda servir para desarrollar un argumento. Nuestra experiencia nos dice que en esas situaciones no pasa nada. Italia es un ejemplo de cómo la impotencia política no impide que el país continúe con normalidad. En Estados Unidos, la crisis electoral Bush-Gore paró el mundo. Teníamos que salir como fuera de aquel atolladero y así lo entendió el Tribunal Supremo.

Una política sin escrúpulos es tan fantástica como una política de ángeles. Sin embargo, los tiempos y la maldita brocha gorda hacen que los Underwood empiecen a ser verosímiles. La verosimilitud no es la verdad, pero por desgracia, muchas veces la desaloja. En ese panorama en el que lo único que importa es el poder, ha ido emergiendo poco a poco la señora Underwood. Es un mero complemento del presidente, hacen las mismas cosas. En sus maniobras no hay diferencias, es decir, el modelo de Thatcher frente al de Merkel, donde claramente la psicología femenina perfila su actuación. De momento, este binomio aporta pocas cosas más que una repetición, sobre tacones, este aspecto es lo más increíble de la serie.

Lo mejor es el tratamiento que da a la ambición. La coloca en el lugar central que verdaderamente tiene. E incluso, después de cinco temporadas, sigue siendo desconcertante. También resulta muy interesante el tratamiento que da a las relaciones personales. Sin filtros ni estereotipos proporciona una radiografía real, prescindiendo de los envoltorios. Es una operación arriesgada porque siempre resulta más comercial el deber ser, que el ser a palo seco. Ambas cuestiones están relacionadas, y por supuesto exageradas, pero es el soporte de la narración, lo que me hace seguir viéndola. Las relaciones con el poder han obrado cambios en el presidente y en su mujer; y también sus relaciones personales. No son los mismos de la primera temporada, podemos ver como los días (en la escala de minutos de la televisión) los ha ido transformando. Lo bueno es que los guionistas no nos han dado pistas de cómo acabarán. Nadie lo sabe, ese quizá sea el principal encanto de la vida y de las recreaciones paralelas con las que tratamos de evadirnos de ella.

Otro atentado en Londres. Supongo que viviremos amenazados durante mucho tiempo. La amenaza será más grave por la proliferación del discurso político irracional que nos invade. El Brexit, por no salirnos de las islas británicas, es un buen ejemplo. La salida de Estados Unidos del Tratado de París sobre el cambio climático es otro; o las restricciones a la inmigración. La Unión Europea podría asumir con brío la lucha por que la política se base en el conocimiento científico. Macron es una esperanza que se suma a la resistencia de Merkel. Si lo conseguimos por fin mereceremos, los europeos, el título de sujeto político.

El Real Madrid ha vuelto a ganar. Solo he visto diez minutos de partido que coincidieron con el tercer gol. Dominaban.

Semana veintiuno (21)

Cierra la librería Ojanguren, abierta a mitad del siglo XIX. Las razones son conocidas, los libros se compran por internet y se leen en soportes electrónicos. La rapidez de Amazon compite y gana al comercio a pie de calle. Sin embargo, la nostalgia de no tener a donde ir para tocar libros es invencible. Aunque lea mucho en el Kindle sigo transportando libros, y las señales de que ese mundo dará paso a otro, más pronto que tarde, se multiplican a cada paso.

Ojanguren es una de las mejores librerías jurídicas en las que yo he estado. Una magnífica sección de novedades me ha permitido leer libros sorprendentes, y a veces alejados de mis intereses. También me han encontrado libros raros publicados en editoriales pequeñas.

Siempre que he entrado en Ojanguren, salvo contadas excepciones, he salido con un libro. La vida discurre a base de recuerdos, personas, lugares que desaparecen y agrandan nuestro pasado. Será difícil pasar al lado de la librería cerrada. Un cadáver más en una ciudad que pierde brillo, sin que nadie haga nada para evitarlo.

Para conocer mínimamente el mundo que viene, uno debe entender ciertos conceptos como blockchain. No sé muy bien lo que significa, intuyo que sus aplicaciones cambiarán nuestras vidas; de momento, sirve para que una moneda sin patria, sin Tesoro ni Banco Central conviva con las monedas convencionales. Según he entendido su fiabilidad se basa en que cualquier cambio precisa de un consenso (lógico) muy difícil de alcanzar mediante mecanismos adulterados, puesto que son muchas las máquinas que deben ponerse de acuerdo. Además, cualquier operación registrada no se podrá alterar. La seguridad jurídica implica la interdicción de la reescritura, siempre interesada. Las cosas son como fueron o no son.

El mundo se complica por momentos.

Semana veinte (20)

Los parques infantiles son un ecosistema muy particular. No son un espacio de niños o, al menos, no solo de niños. El otro día lo pude comprobar cuando una niña de cuatro años se dedicaba sistemáticamente a expulsar a otros niños más pequeños de los aparatos y columpios. Ellos en su indefensión se apartaban o protestaban vanamente frente a la usurpadora. El problema no era la niña. Su abuela a una distancia prudencial iba reconviniéndola sin hacer nada para parar el abuso. Al final solo quedan dos posibilidades: encararse con la señora o huir. Huimos y me hubiera gustado poder explicarle que, en estos casos, la huida es siempre la mejor solución. Supongo que nieta y abuela se habrán quedado solas en el parque. La nieta habrá aprendido la impagable lección de que nuestra huida es consecuencia directa de su fuerza.

Durante la semana se ha debatido mucho sobre política. Se ha hablado del populismo y la irracionalidad del voto o el voto pasional. Tendría que hablarse también de cómo se está minando a la representatividad política, al mismo tiempo que se ensalza el papel de la asamblea. El modelo liberal se basa en los controles y equilibrios, un poder público controlado es más seguro para los ciudadanos. Por eso surgen los parlamentos que controlan al ejecutivo y que escogen (libre y democráticamente) los electores. Lo mismo podría decirse de los comités de los partidos políticos respecto del sumo líder. La asamblea es imposible que pueda exigir cuentas al jefe, mientras que a una comisión, escogida por los electores y representándolos le será más fácil. La continúa apelación al vosotros no es nueva ni mucho menos, y siempre fue la antesala de cualquier autarquía. Asusta comprobar que lo que esté en cuestión son los check and balances, y que se esté abriendo paso una idea antiliberal de democracia. Da igual quien lo acuñe, un oxímoron siempre es reaccionario.

Semana diecinueve (19)

Orwell escribió que no hay nadie patriota en materia de impuestos. En realidad la patria es un concepto que se usa a capricho y que está desdibujado. Pero los impuestos siguen manteniendo su contorno y, a pesar de la publicidad, entre ellos la patria o el Estado sigue habiendo un abismo. El quesito con el que nos explican nuestra contribución no rellena ese agujero. Supongo que la única forma sería visitar un país sin Estado, sin impuestos y ponerse malo de apendicitis. La política se ha convertido en el terreno de las promesas, por eso el debate técnico y árido del nivel óptimo de carga fiscal y quién debe soportarla ha desaparecido, al menos, a ras de calle Para prometer no hace falta recaudar. Es el momento de las soluciones simples. Una de ellas es la destitución masiva de quienes te llevan la contraria.

El catarro no me deja. Ya no sé qué hacer, a parte de seguir a raja tabla los tratamientos que me pautan. Cualquier mejoría pienso que se trata de un margen biológico que me permite continuar levemente indispuesto.

Del viaje me he traído una novela de Luis Sepúlveda. Es entretenida aunque el cruce de personajes exija paciencia. Mientras unos entran en la escena de los otros, cada capítulo mantiene el orden del desconcierto. El logro del narrador es que consigue el crédito suficiente para que el lector aguante. La confianza entre el que escribe y el que lee. No sabría decir si eso es una premisa necesaria o el motor que impulsa al lector. Un autor del que se desconfía inicialmente puede ir obteniendo poco a poco el crédito necesario para que el lector continúe. Aunque es difícil imaginar que alguien abra un libro o se disponga a leer a un autor desacreditado.

Fuera de la literatura, en el trabajo, debo leer por obediencia al margen de los autores. Como les ocurre a ellos con mis textos. En ocasiones, consigo disfrutar con alguna pieza en la que se explica con sencillez una idea compleja. La claridad del contrario me pone en guardia, y eso ocurre porque me convence. Por el contrario, los textos ampulosos o farragosos me hartan y lo único que consiguen es que trate de ser lo más preciso posible. Estoy seguro de que en ese contraste mis argumentos se impondrán. Lo mismo ocurre entre un educado y un maleducado, si bien, en este caso las fronteras se están borrando peligrosamente.

Semana dieciocho (18)

La autopista escinde el campo castellano en dos partes de una manta hecha a retales. Parece que el único sitio posible para una catedral sea Castilla. La excepción, o medio excepción, es la imponente catedral de León que no podría estar en mejor lugar. El silencio de las piedras es tan castellano como la sobriedad de Machado.

He acabado «Los restos del día» de Ishiguro. El tema central es la angustia de haberse equivocado en la vida. Pero la novela ventila otros dos aspectos, primero, la importancia de ejercer el trabajo con dignidad, hoy diríamos con profesionalidad y segundo, la contemporización británica en el periodo de entreguerras. El que más me ha interesado es el último. Es una forma de observar las razones de los apaciguadores, apuntaladas por la desconfianza que les infundió vencer y humillar al mismo tiempo. Esta perspectiva ayuda a comprender el mérito de quienes pronto advirtieron de que todo era un pretexto para la maldad.

Este artículo en The New York Times de Mooallem describe hasta que punto nos cuesta comprender que nuestras vidas están incrustadas en periodos demasiado largos para nuestra experiencia (amnesia ambiental). El cambio climático es un buen ejemplo, su existencia no depende de nuestra percepción. Pero podría aplicarse a cualquier clase de conocimiento, que casi siempre es una lucha contra nuestras intuiciones o sesgos cognitivos. 

El derecho ha establecido como cautela la presunción de inocencia, es decir, que de haber una impresión esta debe ser la de no culpabilidad. Si bien, en la vida, el derecho ha quedado arrinconado. Las sospechas se imponen peligrosamente, y todos podemos ser sospechosos, es decir, culpables.

Semanas quince (15), dieciseís (16) y diciesiete (17)

La puntualidad en un diario me resulta muy difícil. Pienso en frases redondas o en anécdotas para alimentarlo, pero nunca encuentro el momento. Antes me sobraban y desechaba casi todas las ocurrencias. Ahora por disciplina no me puedo permitir ninguna pérdida.

La agrupación tiene sentido si en el centro colocamos al catarro. Las enfermedades leves que no llegan a dolor pero son molestas dan lugar a una melancolía efímera. El recuerdo inmediato de cuándo tragar saliva era un acto imperceptible, o los escalofríos era la descripción literaria de un destemple. Hay muchas clases de melancolía, el presente siempre acabará convirtiéndose en melancolía futura. Todos, salvo excepciones, acabamos girando la cabeza. Incluso para recordar lo bien que se pasea sin que los ojos picaran. Las melancolías más graves y profundas exigen tiempo para pensar, recordar y que nuestra cabeza describa meandros y dibuje islas en las que detenerse siempre. Por eso soy lector de memorias, diarios y biografías, porque tengo una profunda curiosidad por el carácter melancólico del hombre. La novela que tengo sobre mi mesilla de noche ‘Los restos del día’ también sirve para estudiar esta cuestión.

En estas semanas han ocurrido muchas más cosas, pero vale más dejarlas reposar antes de pasarlas al diario. Por seguir con las lecturas, he comenzado un libro de un amigo sobre el Tribunal de Garantías Constitucionales previsto en la Constitución Española de 1931. En derecho conviene repasar bien de dónde se viene para saber dónde estamos. Compararse con otros y compararse con uno mismo son las dos mejores formas para detectar las necesidades y afanarse en los cambios. Lo comentaré.

Para acabar dejo este párrafo sobre un manifiesto en favor de la jerarquía impulsado entre otros por Julian Baggini, que representa el exacto concepto que tengo del poder:

La jerarquía se hace opresiva cuando se reduce a un simple poder sobre los demás. Pero también hay formas de jerarquía que entrañan compartir el poder con los demás. El taoísmo se caracteriza por este tipo de poder, en efecto, y lo vemos a través de la imagen de montar un caballo, cuando a veces uno tiene que tirar y a veces dejar la brida suelta. Esto no es dominar, sino negociar. En el taoísmo, el poder es cuestión de energía y de competencia más que de dominio y de autoridad. En este sentido, una jerarquía puede empoderar y no tiene por qué incapacitar.

Y como colofón, no puedo dejar de citar una vez más el folleto que en el Reino Unido se entrega a los funcionarios una vez ingresan en el Civil Service (tomado del maestro Alejandro Nieto en un estupendo artículo de 1992, ‘La jerarquía administrativa’):

«Legalmente sirve usted a la Reina. Lo que significa, en la práctica, que está al servicio del Ministro responsable de su Departamento, quien ejerce sus poderes en tanto miembro del Gobierno de S.M.; y puesto que el Ministro es responsable ante el Parlamento, usted sirve al Parlamento y, por ende, a la Comunidad… En un país democrático corresponde a los representantes elegidos el definir la política gubernamental… y a usted hacer lo que el Gobierno desea que haga».

Semana catorce (14)

He acabado En Movimiento, las memorias de Oliver Sacks, una expedición por su vida, llena de interés. Todas las vidas lo tienen. Incluso cuando los diarios no reflejan todo. O cuando lo que reflejan no sea exacto. La primera persona, como la tercera, es compatible con la verdad; es decir, unas memorias no son ontológicamente tramposas. Sacks nos cuenta quien fue a través de sus intereses científicos. Tendía a escribirlo todo o casi todo: lo que no estaba en sus cuadernos dejaría de estar en el mundo. El lector también acaba por tener una imagen de quién es él por su relato sentimental: su relación con sus padres y hermanos –fundamental como en todas las vidas– y por sus amores. Estos van sucediéndose a lo largo de la vida, desafiando a la creencia de que el amor solo nace en la juventud y a partir de ese momento únicamente cabe su administración. Al final de las páginas, el amor aparece sobrio, a tiro de piedra del final.

En mi mesilla de noche me gusta explorar otras vidas. A veces las leo con admiración aun cuando son libros hiperbólicos, en otras ocasiones con interés antropológico y literario como me ocurre con Trapiello. Siempre acabo encontrando un poso común a mi propia vida y también a la tuya lector. Sucesos y pensamientos que al leerlos podemos reconocerlos sin dificultad. Conductas, comportamientos, miedos, celos, envidias, inseguridades, conflictos que nos convierten en seres corrientes, mucho más simples de lo que a veces podamos pensar.

El incendio que arrasa un archivo es como morir sin dejar rastro escrito.

Spotify me ha arrojado una canción que nunca hubiera buscado. Ha hecho que la encontrara como quien se tropieza en la tele con una película que ya no puede dejar de ver. La canción es Locura transitoria de Extremo Duro. Una inverosímil coda para este semana.

He comprado el mismo par de pantalones que gasto desde los quince años. Renuncio así a encontrar la caja perdida de la última mudanza, donde creo que podían estar. No hay mudanza en la que no se pierda algo.

La próxima será la quince.

Semana trece (13)

Ha llegado la primavera con las turbulencias de siempre. Tan pronto llueve, hace calor, o el cielo se vuelve gris.

Por Oliver Sacks me entero, aproximadamente, de lo que es el darwinismo neuronal. Nuestras propias neuronas luchan y vencen las mejores, o las que mejor se adaptan a las circunstancias. No deja de ser sorprendente que en nuestros cuerpos se libre la terrible batalla de la supervivencia. En esas luchas intestinas está el origen del individuo, o dicho de otro modo, la causa por la que no hay dos niños en el mundo que hayan aprendido a andar del mismo modo.

Por Chesterton: la pobreza implica la pérdida de los derechos civiles. La cara oculta de los derechos negativos, como por ejemplo, el derecho a no ser pobre.

La próxima semana será la catorce.

Semana doce (12)

La rutina siempre te salva. La novedad perenne no existe y si existiera sería una prisión. Las buenas rutinas dejan espacio para la sorpresa cotidiana, una especie de fatiga vital, cómoda, para quienes no tenemos que luchar para sobrevivir.

La semana ha pasado veloz. Las vistas en St Paul’s son a la calle, a la vida real donde las cosas suceden tal cual. Se pierde y se gana. Pase lo que pase, nada se detiene. Los hombres a esa distancia parecemos hormiguitas acarreando granos de azúcar y migajas. Aprendo muchas cosas, aunque me costaría decir el qué. La primera es la confirmación del valor de la apariencia. Las cosas y los hombres tienden a ser lo que parecen.

La presidencia Trump no ha podido reformar el Obamacare. Las exigencias de la minoría radical lo han impedido. Mientras, algunos medios insinúan la idea de que ciertos poderes del Estado (Deep State) trabajan para arruinar al propio presidente. Una vez más, la teoría de la conspiración como prolongación de la impotencia propia. Tampoco parece que vaya a ser rápida la ratificación del juez propuesto para el Tribunal Supremo, Neil Gorsuch. En su hearing, dijo que un juez no era un algoritmo y que por tanto no podía adelantar ni generalizar su criterio jurisdiccional sobre los casos concretos que se le plantearan. Yo no me hubiera atrevido a hacer esa afirmación, porque veremos cómo la inteligencia artificial intervendrá decisivamente en el ámbito jurídico. La ironía del juez es la expresión confiada de toda la profesión que considera que solo los hombres de carne y hueso podrán administrar justicia. Veremos.

Viene al pelo esta cita de Pinker: «As people age, they confuse changes in themselves with changes in the world, and changes in the world with moral decline –the illusion of the good old days».

Este es el enésimo intento de salvar este blog y de asomarme semanalmente. No sé si lograré esquivar todas las interferencias, pero debería. A todos nos conviene poner en orden nuestras ideas, y mi modo de hacerlo es a través de este diario.

La semana 13 será la próxima.

Realistas y populistas.

Seguro que hay quien cree que no es para tanto. Sin embargo, el cambio es de tal magnitud que no hay que esperar a las consecuencias. Las primeras órdenes presidenciales de Obama se dirigían a cerrar Guantánamo. Es decir, a suprimir un espacio sin garantías judiciales, un lugar alejado de la razón, un lugar oscuro. No lo consiguió, porque la lucha por la razón implica un trabajo ímprobo, que acaba siendo una carrera de relevos sin meta (Prometeo). En los próximos cuatro años no parece que vaya a cerrarse. Las primeras órdenes de Trump se dirigen a acabar con el Obamacare, sin que haya una propuesta alternativa que asegure a quienes el mercado expulsará de la atención sanitaria universal. No hay que esperar, los crónicos más pobres no dispondrán de un seguro de salud razonable. Son pocos y cuestan mucho. Es difícil creer en una Unión indestructible en la que no haya mecanismos compensatorios que garanticen el derecho a la salud de todos. Me dirán que este párrafo está sesgado por ese paternalismo europeo de Beveridge y Bismark, o por puro partidismo. Puede ser. Aunque creo que es una cuestión de justicia material.

Pero al margen del contenido, en ambos casos, el nuevo presidente quiere borrar la peor huella del anterior. No a Guantánamo y no al Obamacare. En esta acción está la distancia entre los dos nuevos bloques políticos, el que lidia con la realidad y el populista. La relación con la realidad es lo que permite discernir hoy a nuestros políticos. Unos trabajan a partir de ella y asumen que no hay soluciones mágicas. El mundo es complejo, su transformación exige que la política se base en el conocimiento, en la verdad disponible. Sabemos que el progreso y la prosperidad es algo endeble, frágil y costoso. Los otros no admiten la realidad, dicen y hacen lo que al pueblo le conviene oír. La palabra pueblo frente a la palabra ciudadano. Encerrados en una categoría como aquella somos los perfectos destinatarios de toda clase de ensalmos y dogmas, nunca puede haber un pueblo sin un mesías.
Paine y Burke discutieron con argumentos. Ninguno ignoró la realidad. Sus puntos de vista eran distintos, y esa discusión nos legó un mundo político y moral mejor. En cambio, de esta nueva división del mundo político no cabe esperar muchas cosas. Los populismos asumen que deben seguir la corriente del pueblo o de los militantes, a quienes claro está, no les gusta oír que necesariamente sus pensiones serán menores o que el gasto en defensa tendrá que aumentar, ni tampoco que la sanidad tal y como la conocemos tendrá que hacerse sostenible o desaparecer. Y lo cierto es que el populismo está hoy por todas partes. Y los racionales o realistas no consiguen persuadir, quizás porque no tienen a quién y eso es lo más dramático del asunto. ¿La Ilustración ha muerto?

No se pregunten si son de izquierdas o de derechas, pregúntense si son realistas o populistas, acabarán antes.

Decadencia (y II)

Las calles en las que ha discurrido mi infancia están descuidadas y ajadas. Una decadencia física y aplastante. Baldosas rotas, calles sucias, paredes manchadas. Un paisaje irreconocible y hasta ahora insólito. La crisis histórica de las comarcas mineras, que ha acabado en las calles. Esta decadencia es nostálgica y amarga. También es reversible aunque tenga que esperarse a las urnas.

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Patria de Fernando Aramburu es un libro pleno. Una novela que nos pone en medio de las víctimas del terrorismo. La cobardía de los vecinos, el proceso en el que uno empieza a ser víctima, desde las primeras pintadas, a la retirada del saludo, hasta el asesinato. Y todo lo que sucede después para las víctimas, una muerte en vida.

La novela describe la vida cotidiana de dos familias, donde todas sus peripecias quedan relegadas por el crimen. Para las víctimas es imposible vivir de espaldas al asesinato. Los asesinos, incluso antes de que lo sean viven al otro lado del muro ético. En el relato hay hueco para el arrepentimiento. Sin embargo, esta sigue siendo la cuestión más escabrosa. Primero si su naturaleza es franca, ¿es posible un arrepentimiento sincero? ¿cómo se puede conocer un arrepentimiento de esta clase? Segundo sus efectos, ¿sirve para algo arrepentirse sobre algo irreversible? ¿Hay arrepentimiento sin posibilidad de rectificación? No tengo respuestas, aunque la novela apunta a esa posibilidad como forma de pasar página.

El arrepentimiento exige para que sea perfecto el perdón. Sobre este tengo menos dudas. La naturaleza del perdón es noble, en el perdón no hay cálculo. Para la viuda, para el huérfano el perdón no atenúa en nada su pérdida. El arrepentido siempre encuentra beneficios o los busca.

La asimetría está presente en toda la novela. Para un lector distanciado no hay perdón posible, las penas del delincuente son las que le corresponden. En la novela se cuentan abusos, que solo caben dentro de un relato de ficción; en la vida, tanto las víctimas como los verdugos están sujetos al reino de la realidad, a lo que los hechos pueden demostrar.

Decadencia (I)

La decadencia de la ciudad es un hecho. Las primeras horas de la madrugada del domingo son la prueba irrefutable. No obstante lo importante sigue siendo juntarse y hablar ininterrumpidamente cuatro horas. No hay mejor cosa que tener que resumir para los amigos. Así uno aprende a ajustar sus propias cuentas, a ser el narrador de sus últimas peripecias. A sorber las de los otros como si fueran cucharadas de una sopa que comerás bordeando el límite entre el calor y la quemadura. Las vidas solo discurren juntas si se cuentan, si las risas y los inconvenientes se arrojan sobre la mesa como si fueran género que hay que vender rápido. A casi todos nos ocurren las mismas cosas, incluso aquellas que jamás contaremos y que llevamos con nosotros, quién sabe si como un escudo o como un pesado fardo.

En la calle apenas hay gente y la que sale a nuestro paso parece aburrida y apática. Es sábado noche y no se adivina ninguna emoción. No veo por ningún lado la gloria de conquistar esa noche que ha costado seis largos días. Parece como si la ciudad hubiera tomado como rehenes a toda esa gente, borrando de ellos cualquier atisbo de alegría. No caminan con desorden, parecen que están ocupados en un trámite molesto que no tiene pinta de acabar. Hay corrillos en las puertas de los bares, da la sensación de que dentro no hay nadie. No me imagino lo que ocurrirá cuando haga frío de verdad. En la ciudad no corren, como en otro tiempo, historias de sábado noche. No digo que no las haya, pero sospecho que ya no ocurren en la calle, que para conocerlas habría que mirar por las ventanas de las casas. Hay muchas iluminadas, y esa es la prueba definitiva de la decadencia de la ciudad.

Mientras que eso ocurre puede que en algunas casas se viva un nuevo y desconocido esplendor. Opaco. En ninguno de esos pisos iluminados las cortinas están retiradas. Si en alguna ocurre, y se puede entrever una o dos siluetas será por descuido. El exhibicionismo está socialmente penado. Pero como el verdadero interés nace de la prohibición, me gustaría observar el esplendor de las vidas domésticas, para compararlo con la decadencia de la calle.

Después del campeonato del mundo de ajedrez, donde Magnus Carlsen ganó al ruso Karjakin, he visto la película sobre Fisher. Sobre el campeonato del mundo que ganó en Islandia. Destacan sus excentricidades, quizá porque sea muy difícil contar cómo ganó. El secreto del ajedrez consiste precisamente en entender la grandeza de una victoria que casi siempre nace de una gran resistencia. La película tiene el valor de sugerir que el ajedrez es emocionante y no un juego para frikis. Incluso, hay hueco para los aficionados y para los jugadores de negras.

De los nuestros

Llevar un diario es una actividad de riesgo. Basta que alguien vuelva las hojas para que detecte contradicciones o incongruencias. El tiempo hace que las cosas caduquen, sin embargo, las opiniones o cualquier anotación sin mayor importancia son resistentes. Aunque nadie tenga ni la paciencia ni el interés en retroceder a través de este diario, a mí, sus páginas, sí me acechan sin necesidad de releerlas. En mi mesilla de noche, el género de diarios se ha impuesto como forma de recorrer otros caminos, casi en tiempo real, sin margen para el asombro.

El abandono de este diario tiene muchas explicaciones. Pero el amable lector sabe que nunca es un abandono definitivo. Siempre acabo por volver, aunque solo sea por escapar de los pretextos que me rodean.

St. Paul’s es un lugar de corrientes. Frías corrientes que pueden llevarte a la tumba. Las corrientes hay que evitarlas, el abrigo no las combate. Puede que evitar algo suene a huida y que la huida suene a cobardía. No es así. En ocasiones la única victoria es haber evitado la lucha y la propia derrota de tu adversario. Esas cosas se entienden con el tiempo.

En Estados Unidos el presiente electo está diseñando su equipo a su imagen y semejanza. Sus colaboradores serán el brazo ejecutivo de sus ideas y declaraciones. Sin sorpresas ni conflictos internos que dan muy mala impresión. Un jefe absoluto quiere subordinados absolutos. Un jurista, que niega la influencia de la actividad humana en el clima, dirigirá la Agencia de Medio Ambiente. El presidente electo tiene serias sospechas de que los hombres no tienen nada que ver con el cambio climático. Se las confirmará, con pruebas de obediencia, un exfiscal. Nadie señalará al presidente la contundencia de las conclusiones de la comunidad científica. Ni siquiera se tomarán el tiempo para discutir y hablar abiertamente del asunto. En materia de creencias todo se da por hecho.

La política estadounidense será un mar de contrastes. El primero es que los hombres del nuevo presidente serán inequívocamente de los suyos. Esos primeros e improbables apoyos, cuando nadie le tomaba realmente en serio, estarán en el gobierno. Su antecesor, el cuadragésimo cuarto presidente, Barak Obama, mantuvo y nombró a un secretario de defensa republicano. Además de haber designado a Hilary Clinton como secretaria de estado. Adversarios y rivales en el mismo bando, tras la lucha.

Son dos formas de entender el poder. La nueva se basa en su ocupación, todo el poder será mío (nuestro). La antigua considera el poder como una transacción entre opciones que no son absolutamente ni buenas ni malas. La búsqueda de un equilibrio imposible, débil y precario. La lucha de las ideas y los hechos frente a la acción, al rodillo. La mejor señal de inteligencia de quien manda es tener en su equipo a alguien ajeno cuyos consejos no sigan la «línea del partido». La presidencia de Obama ha sido una continua negociación, basta examinar su política exterior. En las buenas negociaciones nunca hay ganadores absolutos.

La política de los nuestros negará los hechos y tratará de imponer los principios sin que nadie pueda discutirlos. Ya sabemos que si el cambio climático no tiene nada que ver con la actividad humana, el hombre podrá volver a emitir lo que quiera. Cualquier retroceso en esto es un peligro para todos, pero el nuevo presidente no tendrá a nadie cerca que pueda decírselo.

Un diario como este es un diálogo mudo, pero no sordo.

Cartas babianas (XCVI)

Queridos veraneantes:

Por fin las conclusiones sobre Oakeshott. Este verano no es un verano para leer.

El principal eje en política es izquierda/derecha. Ahí está la Revolución Francesa y las disputas doctrinales entre Burke y Pain. En ese momento germinal, la derecha quedaba alineada con el Antiguo Régimen, escrito a brocha gorda, porque Burke aunque no era partidario de la Revolución tampoco lo fue del Antiguo Régimen. Esta distinción se quiera o no, no llega a tener un alcance objetivo, simplemente sirve como marca. En cada momento ha tenido una significación propia, al principio para la derecha era fundamental el derecho natural (preferentemente de origen divino-religioso) y la izquierda militaba en un racionalismo dogmático. Después de Marx la izquierda se caracterizó por ser materialista frente al idealismo romántico de la derecha (el espíritu del pueblo…). La izquierda, en aquel tiempo, fue internacionalista y solo reconocía al hombre –cualquiera que fuera su nacionalidad– como sujeto político, obreros del mundo uníos. Ahora se acepta la existencia de nacionalistas de izquierdas que como todo nacionalismo incurren en idealismo y metafísica dejando de lado el materialismo. La derecha hubo un tiempo en que era partidaria de la descentralización, de las regiones, aún lo es en Estados Unidos en la lucha entre la Nación y los Estados, decantándose claramente hacia estos. Después abandonó cualquier idea de intervencionismo económico y se identificó con los postulados liberales. En todo, menos en las costumbres donde sigue asimilándose a la norma cristiana, al menos en la Europa demócrata-cristiana.

Por tanto, los confines de izquierda y derecha no están claros. Posiciones históricamente propias de la izquierda hoy son asumidas por la derecha. Rasgos tradicionales de la derecha aparecen en los discursos políticos de la izquierda. Hoy, y quizá siempre haya sido así, ser de izquierdas o de derechas responde a la autodenominación del partido al que uno se adhiera.

En el meollo de esta cuestión está sin duda la pregunta de por qué las personas de derechas e izquierdas piensan lo que piensan. Si nos atenemos al batiburrillo antes enunciado, la respuesta nunca podrá ser racional. Tomemos a la vida como ejemplo, las posiciones de la izquierda y de la derecha son diametralmente opuestas en relación con el aborto y la pena de muerte. Las circunstancias no son las mismas, pero sí lo es el bien a proteger en los dos casos, la vida humana como valor.

A pesar de todo, la etiqueta izquierda/derecha sirve para reconocer superficialmente las ideas de los individuos. Y en cualquier caso, así funciona nuestra política, que prescinde de cualquier complejidad perturbadora.

Este eje también se ha conocido como progresista/conservador, y Hayek lo rompe para formar su famoso triángulo: socialistas/conservadores/liberales. Pero cualquier nombre es demasiado brumoso para que de él nazca una categoría, lo que por otra parte sería de esperar.

Me tendrás que disculpar por lo lejos que he ido, y con una cierta sensación de simpleza que no me puedo sacar.

Oakeshott define lo qué es la tendencia conservadora:

Así pues, el gobierno, tal como lo entiende el conservador, no empieza con una visión de otro mundo, diferente y mejor, sino con la observación del autogobierno practicado incluso por hombres apasionados en la conducción de sus empresas; comienza en los ajustes informados de intereses entre sí que están destinados a liberar de la frustración mutua de un enfrentamiento a quienes tienden a enfrentarse. Estos ajustes son a veces no más que acuerdos entre dos partes para mantenerse cada una fuera del camino de la otra; a veces son de aplicación más amplia y de carácter más duradero, como ocurre con las reglas internaciones para la prevención de colisiones en el mar. En suma, la sugerencias del gobierno deben encontrarse en el ritual, no en la religión o la filosofía; en el disfrute del comportamiento ordenado y pacífico, no en la búsqueda de la verdad o la perfección.

(…) El custodio de este ritual es el “gobierno”, y las reglas que impone constituyen la “ley”.

Así pues, gobernar –tal como lo entiende le conservador– es proveer un vinculum juris para los modos de conducta que, en ciertas circunstancias, tienen menos probabilidades de conducir a un enfrentamiento frustrante de intereses; proveer reparación y medios de compensación para quienes sufren porque otros se comporten de un modo contrario; a veces aplicar castigo a quienes persiguen sus propios intereses independientemente de las reglas; y, por supuesto, proveer una fuerza suficiente para mantener la autoridad de un árbitro de esta clase. Así pues, se reconoce la gobernación como una actividad específica y limitada; no la administración de una empresa, sino la reglamentación de quienes se ocupan de una gran diversidad de empresas de su propia elección.

Esta es una idea luminosa, el gobierno de las reglas mínimas que permitan a los ciudadanos elegir y seguir su propio camino. La política entendida no como la plasmación de un ideal propio sino como la posibilidad de que cada cual pueda realizar el suyo, sin merma del de los demás.

No me resisto a una cita larga que podría servir de justificación para disolver todas las organizaciones políticas juveniles, que a lo único que sirven con toda eficacia es a descapitalizar a medio y largo plazo a sus mayores:

Entre las muchas implicaciones de esta visión de las cosas que podrían señalarse, advertiré solo una, a saber: que la política es una actividad poco apropiada para los jóvenes no a causa de sus vicios sino de lo que por lo menos yo considero sus virtudes.

Nadie pretende que sea fácil adquirir o sostener el talante de indiferencia que requiere esta manera de la política. Controlar nuestras propias creencias y deseos, reconocer la forma actual de las cosas, sentir el equilibrio de las cosas en nuestra mano, tolerar lo que es abominable, distinguir entre el crimen y el pecado, respetar la formalidad aun cuando parezca estar conduciendo al error: estos son logros difíciles que no deben esperarse de los jóvenes.

Los días de juventud de todos son un sueño, una locura deliciosa, un dulce solipsismo. Nada en ellos tiene una forma fija, nada un precio fijo; todo es una posibilidad, y vivimos felizmente del crédito. No hay obligaciones que deban observarse; no hay cuentas que llevar, nada está especificado por adelantado; todo es lo que puede hacerse de él. El mundo es un espejo en el que buscamos el reflejo de nuestros propios deseos. La atracción de las emociones violentas es irresistible. Cuando somos jóvenes no estamos dispuestos a hacer concesiones al mundo; nunca sentimos el equilibrio de una cosa en nuestras manos, a menos que sea un bate de críquet. No nos inclinamos a distinguir entre lo que nos gusta y lo que estimamos; la urgencia es nuestro criterio de la importancia, y no entendemos fácilmente que lo que es tedioso no es necesariamente despreciable. Nos impacienta la restricción, y creemos fácilmente, como Shelley, que haber contraído un hábito es haber fracasado (…) Puesto que la vida es un sueño, sostenemos (con una lógica plausible pero errónea) que la política debe ser un encuentro de sueños, en el que esperamos imponer el nuestro (…) Para la mayoría existe lo que Conrad llamaba la “línea de sombra” que, cuando la rebasamos, revela un mundo sólido de cosas, cada una de ellas con su forma fija, cada una con su propio punto de equilibrio, cada una con su precio, un mundo de hecho, no de imagen poética,en el que lo que hemos gastado en una cosa no podemos gastarlo en otra; un mundo habitado por otros aparte de nosotros mismos que no pueden reducirse a meros reflejos de nuestras propias emociones. Y el hecho de llegar a sentirnos cómodos en este mundo común nos califica como jamás podría hacerlo ningún conocimiento de la “ciencia política”), si así estamos inclinados y no tenemos nada mejor que pensar, para participar en lo que el hombre de disposición conservadora entiende que es la actividad política.

Puestos a ser largos, esta es su definición de la libertad bajo el prisma conservador:

Nos consideramos libres porque, tomando una perspectiva ni corta ni larga, nos mostramos reacios a sacrificar el presente a un futuro remoto e incalculable, o el futuro inmediato y previsible en aras de un presente transitorio. Y encontramos la libertad una vez más en una preferencia por los cambios lentos, pequeños, que tienen tras de sí un consenso voluntario de la opinión, en nuestra capacidad para resistir la desintegración sin suprimir la oposición, y en nuestra percepción de que es más importante para una sociedad moverse junta que moverse rápido o lejos.

A estas alturas ya te sentirás un conservador.

Cuídense.

Cartas babianas (XCV)

Queridos veraneantes:

Todos sabemos quienes somos o quienes podíamos haber sido. Conocemos nuestras circunstancias y podríamos señalar las veces que nos equivocamos. Es posible que si se dieran idénticas circunstancias nuestro curso de acción sería otro. Aunque estos análisis no pueden hacerse a la vista de las consecuencias, sino a la vista de las causas, para evitar caer en la red de la falacia retrospectiva. Pero puestos a teorizar, si viviéramos dos veces con la información que ahora disponemos, buscaríamos los mismos resultados con otros medios o directamente, trataríamos de alcanzar otros objetivos. Fin del cuento. No es posible.

Lo que sí es posible es pensar qué le ocurrirá a él, cuando todo empiece en serio. La responsabilidad del consejero es mucho mayor de lo que comúnmente se piensa. Creo que lo mejor es dar pocos consejos y pensarlos muy bien para que sean buenos. El primer esfuerzo será descartar que la experiencia propia es universal, lo que obliga a retirar, en la medida de lo posible, nuestro propio cedazo. La experiencia sirve, pero no soluciona todo. No hay divisa peor que aceptar sin más, el siempre se hizo así. Sobre esto habla nuestro Oakeshott, al que todavía debo dar el tiento definitivo. Quizá lo primero sea advertir que un consejo solo es eso, un consejo.

Sentarse en una playa frente al mar siempre es alucinante. El ruido de las olas y el murmullo de la gente –hormiguillas frente al océano– intercalan perfectamente a la civilización y a la naturaleza. El hombre casi desnudo al lado del agua, regresando, por unas horas de nada, a un mundo escondido en las bibliotecas. Su cara viendo el mar por primera vez es difícil de describir. Sus ojos se abrían de par en par, y miraba al mar y a la arena, a un lado y a otro. No sabía dónde estaba, ni qué pintaba allí. Tocaba la arena y se echaba a la boca una piedra. Pero no podía dejar de mirar a uno y otro lado, cómo para comprobar si la sorpresa era generalizada o no. Supongo que creyó que sí, a juzgar por nuestra reacción de antropólogos en medio de un experimento. Durante un tiempo pensará que sentarse frente al mar en una playa es algo normal, pero pronto descubrirá que siempre es algo alucinante.

El tiempo se ha separado de la predicción, hace sol y calor. No es frecuente, teniendo en cuenta que en nuestros bolsillos llevamos a un meteorólogo, y consultamos una docena de veces lo que nos deparará el tiempo en las próximas horas. Así son los veranos en el norte, pura improvisación; pero no tanta como se cree.

Hoy es fiesta en todas partes. Disfruten y cuídense.

Cartas babianas (XCIV)

Queridos veraneantes:

Hoy aquí es día de mercado. Hace sol pero corre el nordés, un viento que corrector que se desata al mediodía y muere al anochecer. El paseo matinal ha sido más largo. Al fondo el mar y por en medio praderías que se intercalan con pinares y eucaliptos. No se oye más ruido que el de la silla abriéndose camino y sus primeros sonidos articulados. Un ensayo para arrancar a hablar.

Todavía no he acabado con Oakeshott, espero poder hacerlo, pero no es fácil leer. La crianza impone sus horarios, con sus correspondientes alegrías. Los veranos pertenecen a los más pequeños, siempre ha sido así.

Los ratos muertos en los que también estamos muertos y muchas veces desganados para dormir; nos sentamos ante la televisión, y por costumbre quedamos embelesados con el último capítulo de Peppa pig. Cuando uno de los dos se da cuenta, cambia y desembocamos en una pista de tenis, de gimnasia o en una cancha de baloncesto. Nos quedamos con la intriga de qué habrá pasado con el capítulo, aunque ninguno de los dos lo reconoce abiertamente, al fin y al cabo somos mayores.

Una de estas noches entre sudor y sudor televisivo, ponían un reportaje sobre Nadia Comaneci. Sus ejercicios perfectos de diez, sus victorias sobre la Unión Soviética y sus condecoraciones. Rumanía un país pobre y comunista que veía en aquella niña el mejor escaparate para gritar al mundo que Rumanía existía. Eran los años 70, la Guerra Fría y el preludio del hundimiento del bloque comunista. Aun recuerdo como la radio anunciaba la ejecución del dictador Ceaucescu. Y como por la televisión vi su cadáver a los pies de una pared, junto al de su mujer. Creo que fue la primera vez que supe de la muerte violenta de un jefe de Estado. Pero antes de todo esto, la gimnasta había pedido el asilo político a Estados Unidos después de cruzar la frontera húngara y austriaca. Voló allí para siempre.

Cuídense.

Cartas babianas (XCIII)

Queridos veraneantes:

En el campamento no es fácil encontrar un minuto de tranquilidad para escribir. El ritmo del campamento es incompatible con cualquier otra circunstancia que no sea la rutina y los continuos imprevistos del campamento. Esta clase de vacaciones resultan inolvidables, como aquellos veranos de bocadillo y playa en San José o en Malgrat, donde éramos más tropa que familia. Así se escriben las historias heroicas que nunca podrán ocurrir en los inviernos solitarios. Como aquella ocasión en la que después de presentarnos a las hermanas de la terraza del apartamento de enfrente, antes de que pudieran reaccionar, literalmente nos tiramos cuerpo a tierra. Es fácil imaginar que ellas no lo habrán olvidado. Nosotros tampoco, entre otras cosas, porque aquel suelo ardía. Ahora la perspectiva cambia, y basta la alegría de ver cómo se va tupiendo, paso a paso, una de esas invencibles historias que pertenecen a la infancia, de la que no me cansaré de repetir que es la verdadera patria.

El tiempo ha acompañado. Un cielo azul inigualable, al fondo las calizas grises que forman la divisoria entre allí y aquí.Una frontera que hace mucho tiempo que se ha borrado.

Ha muerto Gustavo Bueno. Ninguna de las necrológicas da cuenta de quién fue realmente. Es una pena que en vida no haya tenido todo el reconocimiento que merece. Yo lo leí y seguí a través de mi hermano, y gracias a él he aprendido muchas cosas. A él, y a algunos de sus discípulos. Su lectura no es fácil pero merece la pena, porque apunta directamente a los asuntos que, aquí y ahora, nos importan a todos. La Filosofía está asediada y ha desaparecido prácticamente de la enseñanza secundaria. Incluso ahora, se planea suprimir directamente alguna Facultad de Filosofía. Es un signo, nada halagüeño, de una época en la que la sociedad parece haber desistido del ideal ilustrado de aumentar el conocimiento y extender la razón. La perseverancia de Gustavo Bueno hace que no debamos perder la esperanza y que podamos confiar en que la filosofía se restaurará como saber de primer grado. Quienes en su despedida ponen el acento en su lado polémico –como si un filósofo pudiera permitirse no serlo–, vuelven a destapar ese sectarismo rancio y dogmático que distingue a parte de nuestra academia. Su obra permanecerá y su sistema, el materialismo filosófico, se desarrollará. Un buen ejemplo es el magnífico libro ‘La idea de ciencia en el Derecho’ en el que su autor, Jesús Vega, interpreta desde el materialismo filosófico el debate de la cientificidad del Derecho.

Al otro lado de las calizas hace calor pero el día está oscuro, según las predicciones es posible que hoy y mañana llueva. Aprovechando la tranquilidad retomaré la correspondencia, e iré dando novedades.

Mientras tanto, España empieza a convertirse en un país sin gobierno, al borde de las terceras elecciones. Parece que todos esperan que el cuerpo electoral les dé la razón, cueste lo que cueste. Así, mientras nuestro sistema constitucional es un monarquía parlamentaria, en la práctica se comporta como un sistema mayoritario, en el que solo una amplía mayoría puede gobernar. Si es así, conviene corregir cuanto antes las normas y adaptarlas a lo posible. Déjame que termine con una paráfrasis libre: este país de todos los demonios donde media España gobierna sobre la otra media.

Cuídense.

Cartas babianas (XCII)

Queridos veraneantes:

Aquí siempre hay algo que hacer. Hemos saneado unas paredes ajadas por la humedad. El rastro de un invierno largo y duro. Este tipo de casas siempre están inacabadas, retan a la paciencia porque se van haciendo a retales, casi siempre con descartes de otras casas, en un reciclaje que recuerda que en verano todo puede servir.

Se ha cruzado Oakeshott, un politólogo británico que en sus obras de posguerra arremete contra el racionalismo en política. Considera que los racionalistas confían en que todo se puede aprender de un libro o a través de un curso por correspondencia. Les imputa su desdén por las tradiciones y por el conocimiento práctico. No quieren enterarse que un buen profesional cuesta al menos, dos generaciones. La verdad es que nunca me he cruzado con un racionalista de este tipo. Seguro que se han ido extinguiendo, pero no es difícil estar de acuerdo con Oakeshott sobre su aborrecible dogmatismo.

Cualquiera que se haya acercado al ejercicio de la política realmente existente, sabrá que es cierto que no todo se puede aprender de los libros, es decir, que no todo es técnica, aunque esta ayude. Es primordial saber medir los tiempos, descifrar con exactitud el momento idóneo para actuar o para estar parado. Analizar bien las circunstancias, los datos y la información es necesario pero no suficiente. Hay algo más, que seguro que nace de los datos, la información y el análisis, pero que es otra cosa y es determinante del éxito político. Solo puede aprenderse cuando se está cerca de quien fuera de todo pronóstico, deja de hacer algo y cuando lo hace le sale bien.

Obama, el mes pasado, en un discurso certero dijo que en la vida y en la política la ignorancia nunca es una virtud. Los populismos, incluso los barnizados de intelectualismo, suelen anteponer la voluntad o el espíritu del pueblo a la realidad. Por no decir nada de los populismos que directamente desprecian la academia.

Dentro del conocimiento está la tradición. No hay nada peor que considerar que una generación tenga que purgar todo lo de la anterior. Aquí, el nuevo recelo con que se analiza la Transición política es una manifestación de ese desprecio por la tradición. Como bien sabes, todos los no revolucionarios somos conservadores.

Cuídense.

Cartas babianas (XCI)

Queridos veraneantes:

Primera carta de la temporada en Babia. El punto de vista del veraneante solo tiene ventajas, aunque pudiera parecer otra cosa. Todas las opiniones están bajo sospecha y los propietarios desconfían porque han asumido que el veraneante, en verdad, pertenece a otra propiedad. No pueden sospechar que no haya otro estado que el de la propiedad, por eso si se sinceraran nos verían como una especie de invasores. En esta pequeña escala surgen a borbotones los recelos que mucha gente aún tiene respecto a la libertad de movimientos. Cada propietario en su propiedad. Uno de los elementos fundamentales de nuestro progreso, incluido el de los propietarios, ha sido la libertad de movimientos, de todos modos no admitirán esa ventaja.

Las extrapolaciones son difíciles, pero si admitimos que esto es un microcosmos, es forzoso comparar esta reticencia con el cuestionamiento global sobre esta clase de libertades. Me gustaría creer, por eso lo escribo, que fracasará el autoctonismo frente a la libertad aun con sus riesgos.

Se agradece el calor seco y sobrio de la montaña. Ese frío matinal que es preludio de un día ligeramente caluroso. El cielo azul sólido, porque aquí los colores son sólidos y las nubes no se derriten bajo ningún concepto. Es como si fuera una celda de uno de los monasterio de El nombre de la rosa. Un lugar recoleto, silencioso que te envuelve para protegerte de una realidad aledaña, que aunque lo intenta no consigue traspasar estas paredes. Un sitio sin adornos, sin artificios, sin nada adjetivo. Los árboles dispuestos por el azar, los ríos que ni siquiera imaginan que en algún momento desembocarán en el mar. Laderas limpias y ásperas de caliza. Sin frondosidades, peladas por lo extremo del tiempo. Una faz afeitada de cabello recortado. Una túnica griega blanca y sin arrugas. Una melodía recta, un poema seco y hablado de Ángel González. Alegría contenida, confinada muy por debajo de la piel sin que nadie pueda sacarla. Una tierra prodigiosa que no se explota, casas rocosas que aguantan y que como todas esconden historias que ya apenas se cuentan y no desfilarán a la luz de los fuegos que ya nadie prende. Aunque pase el tiempo, este monasterio a la intemperie no perderá su condición. Solo los veraneantes podemos hacer esta suerte de evocaciones, porque sus propietarios, los de antes, de manos gruesas y agrietadas, ven en este suelo la fatalidad del destino que todos vemos en el que en cada momento pisamos. El destino no es efímero ni tan accidental como parece. Sus muertos están enterrados aquí, donde ellos también descansarán y solo ellos podrían hablar. Pero no lo hacen, por eso los veraneantes usurpamos su derecho y vemos este lugar de mil formas. Ninguna de ellas es la verdadera. Nuestros ojos no pueden verla.

Cuídense.

Cartas babianas (XC)

Queridos veraneantes:

Los países con democracias poco consolidadas pueden ser pasto de intentos de golpe de Estado. Nosotros lo sabemos bien y aunque no fue el único, si fue el más llamativo, aquel 23 de febrero en el que los golpistas tomaron el Palacio del Congreso en medio de la investidura de un nuevo presidente. Todos los golpes de Estado presentan sus motivos, y todos, sin ninguna excepción, pretenden establecer un orden que creen conculcado. La mayoría de los golpes instauran un régimen autocrático, una dictadura militar o religiosa, o las dos cosas juntas. Muy pocos hacen lo que hizo Cincinatus, restablecer el orden y volver a arar la tierra. Roma es el ejemplo universal, los demócratas en la piel de Ciceron y su vigilancia de los valores republicanos, y los golpistas en el dictator romano.

Casi nunca se repara en los golpes que se frustran, y si se hacen en medio de un régimen democrático el post-golpe es definitivo. Si tomamos el ejemplo de nuestro 23-F, nos encontramos con un juicio y una sentencia: el Estado de derecho. Sabemos que nunca es definitivo, pero también que es lo más definitivo del mundo. Un juicio es una buena forma de zanjar un asunto complejo y delicado, piénsese en Nuremberg. Y póngase en relación con Guantánamo. Todo está inventado.

Las noticias que llegan de Turquía parece que apuntan a otra cosa distinta. Después del golpe se abre paso una retorsión no reglada, y que alcanza a estamentos del país que en principio no parece que hayan intervenido en el golpe, como los jueces. Sabemos por la Historia que el fin del Estado (de derecho) suele empezar por las purgas de los jueces. Observemos, porque hubo quien dijo que el partido en el gobierno de Turquía era una especia de democraciacristiana (islámica).

Por acabar con Hamilton, sabes de sobra que murió en un confuso duelo con el vicepresidente Aaron Burr. No se sabe bien, si fue por motivos personales o causas políticas. Pero, conociendo el final poco importa. Déjame que te apunte una interpretación psicologista que tiene que ver con un antecedente. Uno de los hijos de Alexander Hamilton murió en un duelo años antes, se dice que fue por defender el honor de su padre. Y que su padre le pidió que no disparara al cuerpo del contendiente, esperando que él hiciera lo mismo y las balas se perdieran, dando por despachado un duelo incruento. Él hizo lo mismo, pero el vicepresidente Burr tiró a matar.

Pero está bien, que el gran Alexander Hamilton escriba las últimas letras de la carta de hoy. Primero los motivos que él mismo se dio para no acudir al duelo y segundo la razón para acudir.

1)porque era acto inmoral; 2) porque podía destruir a su familia; 3) porque podía dejar deudas sin pagar; 4) porque no había ninguna razón personal contra Burr, sino únicamente razones políticas.

A aquellos que, aborreciendo como yo la práctica del duelo, pueden pensar que no debería aumentar el número de los malos ejemplos, les contesto que mi relativa situación, tanto en público como en privado, al reforzar todas las consideraciones que constituyen lo que los hombre de mundo denominan honor, me impone, o así lo pienso yo, la necesidad de no declinar la citación.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXIX)

Queridos veraneantes:

Las noticias llegan aquí desprovistas de la fuerza que tienen cuando se instalan en la rutina. Como si la excepcionalidad finisemanal y veraniega nos alejara del mundo que nos concierne. Un espejismo que ha hecho que fuera a dormir sin esperar al desenlace del golpe en Turquía. Restituida la situación, es posible que las cosas nunca sean igual que antes. En este caso es un enigma si mejorarán o no. Es en ese flanco en el que el mundo parece librar todas las batallas. Aunque sus consecuencias puedan matarnos en cualquier parte.

Sigo mi investigación sobre Hamilton y los resultados son deslumbrantes. Es una figura política tan interesante como heterodoxa. No pudo optar a ser presidente por no haber nacido en territorio de la Unión, ese ius soli que marca a todos los países de inmigración. Además, para defenderse de una acusación de prevaricación y cohecho, reconoció una relación extramatrimonial con todo detalle, el caso Reynolds. Y aún queda el final de su vida, el conocido duelo con el vicepresidente. Tendremos tiempo de hablar sobre su legado.

Estoy a punto de dejar Cicely por segunda vez. Un lugar acogedor en el que he aprendido muchas cosas, y al que inevitablemente siempre me remitiré. Allí he encontrado amigos imperecederos, he explorado el territorio que como adulto nunca dejaré de pisar. Todas las cosas que nos pasarán a lo largo de la vida, han sucedido en el patio del colegio. Puede que algunas no, pues en mi caso, esas han pasado en las calles frías y en las casas caldeadas de Cicely. Ha completado mi infancia como solo lo pueden hacer las primeras y amargas experiencias. Sobre ese poso, todos estamos condenados a construir. Aquí el azar juega un papel decisivo, las elecciones personales solo son libres a medias, y la circunstancia de no haberte metido en un callejón sin salida, es eso, una circunstancia insólita. Si hubiera un google life, como tenemos un google maps, veríamos que nos acechan calles sin salida y caminos que no llevan a ninguna parte. Algunos somos capaces de verlos, otros los recorremos, y los más no los hemos emprendido porque alguien o algo nos ha llevado a otro sitio. No vivimos a ciegas, pero hay más oscuridad e incertidumbre de la que muchas veces creemos.

La canción es certera «el valor para marcharse, el miedo al llegar». El único remedio que he descubierto por mí mismo es tratar de que las omisiones nunca puedan convertirse en fantasmas. Se trata de que lo inexplorado siempre lo tengas delante y nunca lo dejes atrás. Me instalaré en St Paul’s, un lugar donde el mundo es más real, desde el que espero continuar con las cartas.

Lo más fiable en los hombres es su vocación. Conoces de sobra la mía, porque te hubiera gustado tener un ingeniero o un matemático. De momento, el cielo no te los ha dado. Aunque siempre recelaste de los abogados, como se hace hasta que se necesitan, tenías que concederme el beneficio de la duda. Me queda la fría sensación de  si pudiste llegar a comprender que el beneficio ganó a la duda. Y eso es lo que hace que siga explicándome con detalle.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXVIII)

Queridos veraneantes:

Aquí, a la orilla del océano ha amanecido con un sol radiante. En cambio, otros días las nubes tardan en disiparse, como si se tratara de un pesado telón que nadie pudiera descorrer con rapidez. La luz invita a encarar el día de otra forma, al fin y al cabo, la luz es una rigurosa excepción. Aunque la queja no lo sea.

El presidente de Estados Unidos visita España, e inevitablemente aparece el antiamericanismo empeñado en convertir aquel país en la fuente de todos los males. Al mismo tiempo, se pueden leer y escuchar calificativos muy gruesos sobre la cuadragésimo cuarta presidencia. La visita se mueve entre la anacronía y la urgencia de gran parte de los opinadores patrios. Nada nuevo. Afortunadamente para la concepción racional de un mundo libre y democrático, la alianza entre ambos países es fuerte.

Este fin de semana he comenzado a leer la única monografía en español, que he encontrado, sobre Alexander Hamilton (‘Vida, pasión y muerte de Alexander Hamilton’ de Antonio Rodríguez Baixeras). Uno de los políticos más lucidos. Sobre la mesa de mi estudio, tengo, a modo de inspiración, un pequeño busto de Hamilton, regalo de mi hermano. Es uno de los padres fundadores de Estados Unidos, autor de buena parte de ‘El federalista’ y primer secretario del tesoro. Además de haber tenido gran protagonismo en la Guerra de Independencia y haber formado parte del estado mayor del general y primer presidente George Washington.

Su principal tesis podría resumirse en la necesidad de un gobierno central fuerte (energetic). Esta concepción solo triunfó parcialmente porque se oponía a la defendida por Jefferson y Madison, que se harían llamar republicanos, por oposición al centralismo hamiltoniano que entonces se tildaba como monárquico, no hace falta decir que con carácter peyorativo.

Por eso choca bastante que la alternativa que se ofrece a los nacionalismos españoles del siglo XXI, frente a la descentralización autonómica de la Constitución de 1978 sea la solución federal. Presentando esta opción como un paso intermedio entre el supuesto centralismo autonómico y el anhelado separatismo de algunos territorios. El federalismo implicará necesariamente refortalecer la estructura central. Y el primer paso debe ser delimitar con mayor claridad las competencias que tienen las distintas Administraciones. El segundo, establecer mecanismos eficaces que garanticen la coordinación y una necesaria uniformidad de todas las partes. Eso sí, podremos llamar a los Estatutos de Autonomía constituciones y trenzar jurídicamente esas relaciones como una cesión de un poder preexistente. Lo que en el caso español solo podría hacerse a través de una ficción, puesto que ningún territorio dispuso nunca de un poder originario, como sí tuvieron las trece colonias británicas desde la Declaración de Independencia en 1776. Esta comparación basta para comprender hasta que punto el debate es irracional, y como todos los de esta especie no tiene fácil salida, salvo la de dar vueltas. Lo que sí resulta necesario es argumentar frente a la fábrica de agravios centralistas en la que se han convertido nuestros nacionalismos.

Vuelvo a Hamilton. Construyó su idea de un Estado federal fuerte sobre un tesoro que también fuera fuerte y que se hiciera cargo de la deuda de todos los Estados. Te subrayo, aunque no es necesario porque ya te habrás dado cuenta, que esta polémica está de actualidad en Europa. Los argumentos que se oponían a esta decisión son los mismos que ahora sirven para rechazar los bonos europeos. Madison, representante de Virginia, argumentaba que no era posible que un Estado como el suyo saneado tuviera que compartir las deudas de otros Estados. En este punto decisivo, triunfó Hamilton, conocido por entonces como Alexander Assumption. De paso, triunfó la Unión política.

No quiero entretenerte más. Necesitamos un Hamilton nacional y europeo.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXVII)

Queridos veraneantes:

Esta es una ocasión especial. Este verano puedo ver destellos de esa mirada de escepticismo irónico con la que me hice mayor y tanto echo en falta. Una prolongación que da más sentido, si cabe, a esta correspondencia. Las familias deberíamos tener nuestros propios manuales de historias, aun a riesgo de que fueran una sucesión interesada de acontecimientos, donde no hay infortunios sino culpas ajenas. Al menos, seguiríamos –hasta donde se pudiera– a esta mirada de pilluelo cogido en falta, que salta caprichosamente de generación en generación, Mendel mediante. En defecto de antecedentes, establezco que la fundaste con todo el material que pudiste reunir para ver el mundo, para sobrevivir en un ambiente extraño, del que lograste escapar y del que nos liberaste para siempre. Sabemos que no lo pudiste hacer solo, que hubo genes que te impulsaron, los mismos que hacen hoy sonreír a un ser que nunca conocerás, que nunca te conocerá, pero que siempre te llevará dentro. Somos una suma de personas desconocidas de las que no tenemos noticia. Seguro que alguien antes que yo ha tenido inclinación por el derecho, sin embargo, para el rastreo no tengo ninguna pista sólida, a parte de un tío de mi abuela materna que fue notario. Quizá ese sea el guisante definitivo. Como no hay una crónica familiar, la especulación queda abierta. En parte, estas cartas explicarán de dónde viene esa sonrisa.

También hay otras cosas que irán saliendo y de las que te hablaré, pero despacio, porque este verano tiene pinta de ser más largo que los anteriores.

Estoy reuniendo las fuerzas para leer este verano «Derecho y razón» de Ferrajoli. Es posible que este libro acabara en mis manos antes o después. Pero el momento es ahora. Necesito explicarme por qué las garantías que sostienen nuestro sistema legal no sirven a la sociedad. ¿Por qué los juicios jurídicos no logran sobreponerse a las opiniones, a las tertulias y a los comentarios chismosos? ¿Por qué un hecho contrastado judicialmente no sirve para zanjar el asunto? ¿Acaso disponemos de otros instrumentos mejores para llegar a la verdad? A veces parece que la verdad es cuestión de volumen, audiencias y fuerza. ¿Cuál es el valor real de una sentencia absolutoria tras graves acusaciones?

En el fondo el derecho se apoya en la confianza que todos tenemos en que sus pronunciamientos se cumplirán. En la certeza de que es la mejor forma para resolver civilizadamente nuestras diferencias y el mejor modo de hallar la verdad. La confianza de que no hay una solución alternativa mejor.

La crisis de valores de la que todo el mundo habla, en el ámbito jurídico puede que se trate de una crisis de las garantías (y no solo de las penales). La justicia tiene que ser rápida, pero antes tiene que ser justicia. En este difícil equilibrio, las voces que equiparan morosidad a garantías suelen abrirse paso por razones prácticas ineludibles. La misión de esta lectura es ver con detalle y despacio el papel que las garantías han tenido y han empezado a dejar de tener, desde hace tiempo. Asusta comprobar que el ciudadano medio, y aun el ilustrado, conceda más importancia a un recorte de periódico que a una sentencia que pone fin a un proceso contradictorio y que han visto sucesivas instancias judiciales.

En un documental que cualquier jurista debería ver hasta el final (‘Making a murderer’), uno de los abogados sentencia que cualquier individuo puede estar seguro de que nunca hará las cosas mal, que nunca delinquirá, pero de lo que nunca podrá estar seguro es de que alguien le puede acusar de algo. En ese caso, cualquiera de nosotros solo tiene a mano (y que nunca le falte) las garantías que analiza Ferrajoli.

Cuídense.

En medio del bucle

Esta página siempre ha sido un desahogo. A veces un desahogo sin agravio, un desahogo invisible, inexplicable y sin ningún interés. En esta ocasión es distinto. El Reino Unido ha votado –quizá ese sea el primer error– por el Brexit. La belleza de la economía de la lengua inglesa, en dos sílabas han concentrado un mundo. Estoy abatido por cómo el mundo está cambiando y nos distanciamos de los mejores paradigmas: libertad y democracias abiertas. En realidad, la averiguación de la verdad y su explicación está cediendo ante las mentiras, los prejuicios y los mensajes simples. Ya no es que en los bares se solucione el hambre del mundo en cuatro patadas, sino que las cuatro patadas han pasado al discurso político. Y, en determinados sectores, empiezan a ser mayoritarias sino hegemónicas. Primero llega la simplificación, luego la mixtificación y después las desgracias.

Uno no puede ser europeo sin George Orwell, sin la agudeza de Chesterton, sin Locke, Hobbes ni Burke, sin John Stuart Mill, Bentham, sin Conan Doyle, Jules Barnes, sin Darwin, sin Churchill o Gordon Brown o sin las lecturas de Tony Judt, Adam Smith o Keynes. Y sin el gran John Donne. Cito en desorden algunos de mis héroes británicos.

Y también sería difícil explicar el derecho europeo sin: «vuestros súbditos han heredado esta libertad de no poder ser compelidos a contribuir con impuesto, exacción, ayuda o carga alguna sin el consentimiento general de la comunidad expresado en el Parlamento […] Por ello, suplican humildemente a Vuestra Excelentísima Majestad que nadie esté obligado en lo sucesivo a realizar donación gratuita, préstamo, ni pagar ninguna contribución, impuesto o carga similar sin el común consentimiento a través de una Ley del Parlamento; que nadie sea citado a juicio ni obligado a prestar juramento, ni a prestar servicios, ni pueda ser detenido, inquietado o molestado de ninguna otra manera, con motivo de dichas exacciones o por rehusar a pagarlas; y que ningún hombre libre sea encarcelado o detenido de la manera antes indicada […]» (Petition of Rights, 7 de junio de 1628).

Aquí está el principio de legalidad tal cual; y el Parlamento como órgano para resolver los grandes asuntos del Estado. Esto es la comunidad de derecho a la que se refiere el Tratado de la Unión Europea en su artículo 2: «[l]a Unión se fundamenta en los valores de respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos…».

Desde el suelo me regala una sonrisa honda y despreocupada. No puedo dejar de pensar que en su mundo, no habrá Erasmus en Inglaterra, ni una cola propia para ciudadanos de la Unión en las aduanas del Reino Unido.

Los hijos de quienes combatieron y ganaron la II Guerra Mundial convertidos ahora en abuelos parece que no quieren que el futuro de sus nietos se parezca al suyo: paz, sanidad, educación y pensiones. La prosperidad enterrada por el nacionalismo, nada nuevo. A nuestros bisabuelos no les asustó ¿y a nosotros?

Cartas babianas (LXXXVI)

Queridos veraneantes:

En la mesa de enfrente una señora de mediana edad mantiene la mirada fija, mientras de forma ducha sigue jugando al cinquillo. Tenía el pelo rubio y parecía desorientada. Estaba y no estaba, movía sus manos mecánicamente pero sus ojos apenas prestaban atención a las cartas. El curso del juego no le importaba lo más mínimo. Se empeñaba en escrutar un horizonte inexistente, que empezaba a solo dos metros, justo donde yo estaba. Cada vez que instintivamente levantaba la mirada me tropezaba con sus ojos abiertos como platos, y su espíritu peligrosamente ausente. No tuve miedo, pero podría haberlo tenido. Mientras que las demás señoras hablaban animadamente y celebraban alguna mano, nuestra dama permanecía impasible. Estiraba el brazo para alcanzar su vaso de agua o tónica (no llegué a saber lo que bebía) sin apartar su vista de ese lugar que coincidía, por casualidad, con mi frente. En ese momento, debo confesar que sentí un escalofrío. La señora seguía sin reaccionar y la tarde no daba para tanto. Mi inquietud tenía que ver con la cantidad de frisuelos que quedaba aún en nuestra mesa y lo animado de la conversación de mis queridos comensales, que claro, no habían descubierto la fuente de mi zozobra.

Finalmente, la señora pareció salir de su encantamiento y al acabar la partida se comportó como cabía esperar. Sus ojos regresaron a su órbitas. Pronunció las típicas palabras de despedida. El mundo regresó a la normalidad. Quizá sea solo que entra en trance cuando juega a las cartas. El asunto no reviste el mayor interés.

El día de hoy, antes de la partida lo he ocupado arreglando una persiana. Una tarea que parece sencilla a primera vista pero que está llena de complicaciones no menores. Finalmente el mecanismo funciona y los tres de la cuadrilla pudimos comer satisfechos, con la sensación del deber cumplido. La especialización del trabajo que tanto progreso ha traído, como efecto colateral también ha alumbrado a ciertos inútiles como yo, incapaces de afrontar con garantías, este tipo de reparaciones menores. Quienes saben resolver estos entuertos suelen mirarme con un inesperado aire de superioridad, pensando pobrecito, qué inútil. La satisfacción de saber hacer algo que otro no es universal. En estos casos, pienso en la reunión de todas mis habilidades y llego desconsolado a la conclusión de que no son las mejores para la supervivencia. Por eso está bien que alguien te guíe en la delicada operación de aparejar una persiana.

Dejo Babia, con el compromiso, mientras pueda, de prolongar esta correspondencia. Estar aquí es reunirme conmigo mismo. Siempre es poco, como tú bien sabes.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXV)

Queridos veraneantes:

Al cabo en Babia. En la montaña el verano va cediendo, las nubes y la temperatura lo recuerdan. Las tardes apagadas invitan a la espera y al reposo. En esta circunstancia te escribo pensando ya en el regreso a la rutina. Los últimos días de vacación siempre se apelmazan como las tardes de domingo.

He acabado de leer Génesis de Félix de Azúa, hacía tiempo que no disfrutaba de una novela tan recta. Una prosa exacta en la que los diálogos forman parte de la narración y nos presentan a los personajes tal como quieren ser. Necesitaríamos una nueva novela para saber qué es de Verónica. Su vida se interrumpe porque sirve para explicar el génesis del autor, pero no es suficiente. Una mujer a la que sería interesante rastrear en los años que exceden del relato. Comprobar si ha seguido la estela de su madre Mariló, o si por las noches ha tocado el piano como su padre, o si completó el camino que su tío dejó abruptamente. Los mejores cuentos son los que continúan en nuestra cabeza.

Por seguir con la costumbre de ponerte alguna cita:

Creemos ser libres, pero somos todos hijos de Caín y llevamos su condena en nuestra sangre y la herida en la frente. En lugar de matar al dominador, asesinamos a nuestro hermano.
Mientras tanto, seguimos tratando de vernos a nosotros mismos en los verdes campos del Edén originario, allí donde unas notas de piano en la atmósfera azulada nos permiten poner la mano en el brazo de nuestro padre, aún inmortal, aún refugio perfecto, aún imperecedero, y danzar ambos como meteoros al son de la música en el firmamento estrellado.

Los avances me permiten enviarte esta carta a través de una red pública de wifi. Babia no podía estar desconectada del mundo. Somos nosotros los que aquí venimos a abandonarnos, sin la tradicional gracia regia. Ahora los reyes abandonan la corte de otra forma. Nosotros somos los habitantes de un rastro histórico, de una leyenda intacta.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXIV)

Queridos veraneantes:

Tendrán que perdonarme la falta de regularidad, pero al acercarse el final de las vacaciones se multiplican las tareas, además, los días tormentosos no son propicios para la escritura, por muchas cosas que haya que contar. Trataré de alargar lo más posible mi correspondencia, porque como ya se sabe, Babia es un lugar desde el que uno puede escribir sin ni siquiera estar allí.

En tiempos, un día como hoy, en el que en cada iglesia o ermita hay una procesión, por la noche solíamos ir a una fiesta amenizada por un dúo formado por un padre (vocalista y teclado) y un hijo (batería). Todo el equipo, incluyendo los focos de iluminación cabía en un coche. Cuando descansaban ponían música enlatada. Pero pronto volvían con los grandes éxitos de las fiestas de pueblo de España, cuando conocí a otros niños de diferentes lugares, me di cuenta de lo que podían llegar a unir este tipo de repertorios. En realidad, en este país imperan las mismas costumbres, salvo las inventadas. Volvamos a la pareja de músicos. Vestían un traje oscuro lleno de lentejuelas y abalorios brillantes solo con la intención de que se les identificara, sobre todo para que en el bar les atendieran con preferencia. Eran dos tipos sin ninguna pretensión. Como digo, su extravagancia era una carga que soportaban con naturalidad. Podría pensarse que el hijo estuviera incómodo, nada más lejos de la realidad, se le notaba satisfecho. Al tocar cerraba los ojos, puede que lo hiciera para imaginarse en otro escenario, e interpretando un tema que no fuera ‘Paquito el chocolatero’. Siempre se agradece la profesionalidad.

El público de esa fiesta también era peculiar. Unas cien personas que hablaban de sus asuntos de cara al escenario. Algunos se movían, dos o tres parejas bailaban, y a veces el murmullo, las risotadas o algún grito se imponían a la música de nuestros dos hombres. Los más pequeños jugábamos entre la concurrencia ajenos a unas canciones que solo podrían tararear nuestros abuelos.

La barra del bar eran dos tablones de madera, asentados sobre pilas de cajas de refresco vacías. No se necesitaba mayor estabilidad, al fin y al cabo, allí las consumiciones no se posan, se beben. El frío lo ponía el agua de una acequia de riego.

Los veranos revelan que un buen rato puede pasarse sin mucha sofisticación pero no sin buena compañía. Las infancias felices como la mía son siempre un verano. Las recordamos como si no hubiera días de colegio, madrugones imposibles, exámenes, angustia y otras preocupaciones propias. En pantalón corto, comiendo ensaladilla rusa, merendando bocadillos de jamón y queso, cola cao y cenando atún con pisto.

Ahora que gracias a Carolina Marín somos una potencia en bádminton debo recordar también, los enconados torneos que jugábamos en el patio, individuales y por parejas. No se dejaba ningún punto sin discutir y respecto de los controvertidos se apelaba a quien ejercía las funciones de juez.

Acabo de descubrir que Napoleón nació un 15 de agosto de 1769, cuando tengo noticia de que se publica una biografía en la que se subrayan sus carencias como estadista.

Cuídense.

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