Evito con un cerrado silencio, refugiarme en las conversaciones climatológicas cuando no se tiene nada que decir; casi siempre. A veces no lo consigo, y me lanzo a comentar con propios y extraños el último meteoro. El ascensor es el lugar propicio para amasar este tipo de diálogos insustanciales, sea el tiempo o el inevitable fútbol. Materias sobre las que todos sabemos y sobre las que tendemos a pontificar. No obstante, observo cómo cada vez sabemos más de muchas más cosas, lo que nos permitirá muy pronto asistir a inopinadas conversaciones sobre la ley electoral (un verdadero intríngulis) o sobre la filosofía de Hegel o sobre quién lleva razón: Santamaría o los sicarios del posmodernismo culinario. Esto ocurre, sin que nos representemos cabalmente su última consecuencia: aquellas conversaciones de escalera dejarán de ser aburridas. Aunque tal vez, toda esta sapiencia llegue tarde, hemos perdido la emoción por comunicar con nuestros congéneres.
En prueba de que mi recelo a no hablar sobre el tiempo, nada tiene que ver con esa indolencia social generalizada; hoy escribiré que no recuerdo un mes como este, en el que no ha habido ni un día de sol. La esperanza de acabar con la sequía, desisto imaginarme el final de sus agoreros, alivia la incomodidad de los charcos y sobre todo de la humedad reinante. Incluso estas lluvias (pluviosidades que dirán, circunspectas las filólogas) permiten derogar Reales Decretos-Ley, un señero ejemplo de la cláusula rebus sic stantibus. También del cinismo con el que suelen tejerse muchos de los argumentos jurídicos, según tengo entendido, no era un trasvase porque se producía en la misma cuenca, con lo cual, si no era trasvase y además el agua tomada era un excedente, nada se oponía a la proclamación general de que nadie trasvasase ríos por ningún sitio. Era un argumento atendible, que negaba la mayor y salvaba la situación, que no era otra que negar agua al sediento (incluso, algunos sedientos se oponían, primo filosofare…) Ahora que llega el agua, aquel argumento queda sepultado por otro igualmente jurídico, la urgente y extraordinaria necesidad. ¿Hay en la sala algún abogado?
Rescoldo.- Ernest Shackleton publicó en los periódicos británicos un anuncio, con el objeto de reclutar voluntarios para una expedición a la Antártida (1914): «Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de absoluta oscuridad. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito.» Muy similar al que yo respondí en septiembre de 2002, del que así, he descubierto su inspiración: «Se buscan hombres y mujeres para un viaje peligroso. Sin sueldo. Monotonía extrema. Largos años de soledad absoluta. Trabajo constante. No es seguro acabarlo. Honor y reconocimiento en caso de éxito. Y siempre coraje y fuerza.» Tiéntense antes de responderlo y nunca lo hagan con solicitud.

Yo me reengancho. Para la Antártida no quedaban plazas. Un abrazo.
Fdo.:Jesús, anónimo por imperativo técnico -por mantener la costumbre-