Intentando justificar el desorden de mis lecturas, decía que estaba haciendo el Bachillerato; exageraba, porque habrá conocimientos de aquel currículum que nunca tendré. Cuando nuestra generación, los últimos de Villar Palasí, desarrolle el complejo correspondiente, será la que vuelva a poner un Bachillerato selectivo. Esa esperanza mía se alojaba en el sentido pendular o cíclico de la historia, lo que no deja de ser una suerte de determinismo, que no puede explicar racionalmente nada. Y es muy posible que nunca se reproduzca ese sentimiento de carencia, es decir, que nos sometamos, sin más a la explotación.
Pero el Bachillerato se me acabará pronto, me dedicaré a sobrevivir, a disimular, a estar constantemente calafateando la nave. Espero, en el tiempo que se avecina, dejar de pensar tanto -es pernicioso–. Además hay gente bien comida que lo hace por mí, y soy un fervoroso defensor de la división del trabajo, pero mucho más de las buenas viandas.
Las cosas están tan feas que mi hermano amenaza con sólo leer cosas de antes de Cristo, y sólo es descabellado porque la tarea le agotaría. El consumo generalizado de nuestros coevos, hace que despreciemos a los antiguos y la manida sospecha de una eterna repetición nos intranquilice para siempre. De nuevo el círculo, y de nuevo Babilonia, siglo VIII a.C., inventando el ritmo: días y noches, meses lunares y años solares. Algún día todo volverá a empezar. La esperanza del burro.