Instrucciones para un suicidio, comencemos por las palabras

 Las palabras acabarán con nosotros. Una vez que nosotros las hayamos triturado. Estos últimos años han sido la era del significante, lo importante es el sonido o la grafía que se usa, y en su elección podemos fácilmente consumir nuestros mejores días. El debate es mucho más físico, mecánico, que léxico; importa la textura, el movimiento y sobre todo la suavidad de los términos, no su contenido. El desprestigio de ‘las letras’, su postergación en el sistema educativo, caracteriza el momento; las palabras son lo que cada sujeto quiere que sea, y para entendernos cabalmente, habremos de solicitar a nuestro interlocutor su propio diccionario (es decir, su TAC). Un solo diccionario para el mundo es utópico, pero uno por alma es disolvente.

La generalizada aceptación a emplear toda clase de eufemismos, que dulcifiquen para otros la realidad (siempre es para quien la niega), no es más que el pacífico acatamiento a una serie, cada vez mayor, de prohibiciones. Un tabú es una prohibición, así ‘crisis’ está proscrita de nuestra lengua, aquí y ahora, en cambio el salvoconducto lo tiene ‘desaceleración’ (= trasvase/transferencia). Ocurre con frecuencia y les ocurre a todos, acuérdense del par ‘toma de contacto o temperatura’/ ‘negociación’.

A pie de calle, donde se habla para que a uno le entiendan, no suelen acatarse esta clase de restricciones, quedando sólo para quienes pueden permitirse el lujo de cumplir los mandados, porque están lo suficientemente alejados de la realidad, tan sucia y tan innombrable.

Por todo ello, como el mundo lo hizo un hombre, y la lengua sus hijos varones para dominar a sus hermanas, la utilización de cualquier masculino común en cuanto al género, es la perversa consecuencia que hay que borrar de la faz de la Tierra (¡-a!), a base de cambios tranquilos, tipo miembras. El servicio a tan edificante causa, bien vale el ridículo. No nos engañemos, el riesgo es Babel, pero ahora no es Jehová quien pretende que «ninguno entienda el habla de su compañero» (Gen 11, 7).

Sint ut sunt, aut non sint

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