Las numerosas muestras de júbilo con ocasión de los triunfos de la selección española, han acrecentado los recelos de los vigilantes ‘ciudadanos del mundo’, quienes ven en tanta concentración humanas síntomas claros de neoespañolismo, es decir, de nacionalismo español. El razonamiento llega hasta la conclusión de que en España, en realidad, se baten nacionalistas españoles contra nacionalistas periféricos. Todos son la misma cosa para el aséptico ‘ciudadano del mundo’.
Hay que explicarse porque si algo se comprueba en las discusiones políticas del país, es que no hay que dar por supuesta ninguna premisa, por muy elemental que sea. Así pues, el nacionalismo no es la fanfarria festiva de banderas al viento, de gritos de ¡España, España!, o por mejor decir, no es sólo eso. Si no la implacable ejecución de una teoría según la cual, un grupo de personas arbitrariamente elegidas, conforme a resbaladizos criterios como la etnia, la raza, la religión &c. disponen de más derechos que otras. El nacionalismo implica siempre sojuzgar al otro, sometimiento al que habilita, siempre según sus razonamientos, esa ansiada superioridad de los elegidos.
Nadie de los que celebramos los triunfos e incluso el estéticamente brillante juego del equipo nacional, está pensando en la inferioridad de sus adversarios, acaso en su inferioridad deportiva, coyuntural y revocable, como nuestro propio éxito, tan consoladoramente nos recuerda.
No hay nada de malo en sentirse español, ni mucho menos que uno de esos equidistantes ‘ciudadanos del mundo’ nos atribuya esa condición. La condición de español, un atributo jurídico -que hunde sus raíces en una historia común-consiste en predicar la igualdad de todos quienes lo ostentan. Por consiguiente, no hay correlación entre la condición de español y su expresión simbólica (banderas, cánticos y satisfacción por los logros de la selección) y ninguna clase de nacionalismo español.
Lo que no quiere decir que éste no exista, ni que no se aproveche de aquellas manifestaciones; si bien, circunscrito a grupúsculos residuales que siguen viendo a España como una reserva espiritual.
Mucho más problemática resulta la posición del denunciante -‘el ciudadano del mundo’-su desdén hacia los símbolos constitucionales de una Nación democrática como la española, le disuelve como ciudadano, porque el mundo, tomado genéricamente como el agregado de personas que pueblan la tierra, no acredita ciudadanos; ni tampoco la Organización de Naciones Unidas.
Con todo, este tipo de concentraciones multitudinarias y exaltadas admiten un juicio estético, y que este sea severo, por considerar que la utilización de banderas, cánticos e himnos es algo trasnochado. Pero eso es harina de otro costal.
Mientras que la reducción de todos los nacionalismos a la fiesta y el griterío, suena más bien como una defensa in extremis de los mismos del tipo: «quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.» En fin, sólo los nacionalistas pueden ser ‘ciudadanos del mundo’. Acabáramos.
