La polémica portada sirve de reclamo a un extenso artículo de Ryan Lizza, intitulado ‘Making it‘ subtitulado ‘Cómo Chicago forma a Obama’ donde se relata prolijamente la carrera política del candidato. Sin que la narración sea desdeñosa, y sin que por cierto, haga referencia alguna al dibujo de la portada. Sobre el aspecto religioso, tan sólo informa que Barack Obama fue en un principio agnóstico para convertirse en un devoto cristiano practicante. Una conversión que nada tiene que ver con la fe con la que los dibujantes The New Yorker lo han caracterizado. Sin embargo, el caricaturista no pretendía hacer mofa del candidato demócrata sino más bien de los que dicen que es un musulmán encubierto, con todo lo que ello implica. No conviene pasar por alto, que la propia Clinton respondía a la pregunta de si su contrincante en las primarias era musulmán, con un ladino «no creo». Su pasado (su segundo nombre Hussein) permite alimentar esa letal, en términos electorales, y directamente ignominiosa sombra de duda, cuando se le asocia al terrorismo.
Periodistas tan bien informados como Ben Smith han restado importancia a la portada, partiendo de que la línea editorial de la revista apoya a Obama.
Si volvemos al artículo de Lizza, nos encontramos con la biografía política de una persona a la que todo el mundo ha visto, muy anticipadamente, como el primer presidente negro. Para que esto no sea así, sus detractores le niegan esa condición al tiempo que por razones obvias tampoco pueden otorgarle la de blanco. En el relato se cuenta su derrota en el cercano 2000 para acceder al Congreso de Illinois, tiempo que no auguraba precisamente, muchos éxitos. Según las fuentes y la interpretación del periodista consiguió sobreponerse y aprender de la derrota.
Todas las carreras de los políticos, en los países democráticos tienden a parecerse, están trufadas de maniobras calculadas, de declaraciones audaces que con el tiempo se moderan hasta desdibujarse; que muestran como la principal función de un político al más alto nivel es la supervivencia. Obama aprendió rápido a buscar el “pinstripe patronage” es decir, el apoyo, el crédito de la “raya diplomática”. Según se lee en la revista aún mantiene su independencia, posiblemente porque nadie lo enviaba en una ciudad (Chicago) donde para entrar en política tenía que haberte enviado alguien (The ward boss came in and pulled the cigar out of his mouth and said, ‘Who sent you?’ And I said, ‘Nobody sent me.’ He put the cigar back in his mouth and said, ‘We don’t want nobody nobody sent.)
En este punto los parecidos con nuestros políticos incipientes se esfuman, aquí sigue de moda “el recadero”, aunque venturosamente hay quien consigue zafarse de su dueño sin promocionar al sublime estadio del “correveidile”.
La fallida portada ensombrece un artículo interesante que narra, sirviéndose de distintos testimonios, las vicisitudes de alguien que quiso firmemente llegar a Presidente de su país, lo que es común a todos los que finalmente lo son. En esto, no hay casualidades.
