Una alegre tarde de verano, o de primavera

 La gran noticia de Elena y Eduardo es también nuestra, a pesar de que en este tipo de casos, la alegría de los acompañantes es sólo una débil aproximación a la suya, un simulacro de lo que de verdad ellos traen consigo. Este tipo de nuevas aún consigue que vea la ilusión sin reservas; por lo demás tan oculta, en la apariencia de otras muchas que pretenden hacernos pasar por sorprendentes y gratas. Esto es el éxito, lo demás, son cábalas que uno se hace, o que todos nos hacemos, para sobrevivir en el pantano.

Este verano en el que se ha querido concentrar mucho tiempo, convocado, eso sí, sin escatimar fuerzas; no se parece en nada, a lo que según los planes o los cálculos debiera ser. Los meses se han acelerado y la velocidad hace que siga en la misma mesa, haciéndome cargo de cosas que habían estado hasta ahora almacenadas, y que no creo que pueda postergar. Esta inercia no debe ser muy buena, pero mientras que otras cosas, quizá mucho más necesarias y sugerentes no acontezcan (o no puedan acontecerme), seguiré concienzudamente persiguiendo cabos sueltos sobre este amplio trozo de cristal Ikea.

El encuentro de la tarde, inundado por esa felicidad que despedían Elena y Eduardo, discurrió como una rendición de cuentas de un año singular, en la que acabamos hablando de política. Creo que cada vez, de forma más racional, es decir, como si fuéramos extranjeros que examinan a cierta distancia las cosas. Los argumentos despiden las simplificaciones hediondas, a las que uno ya se ha ido acostumbrando y las responde, insensato, con una mueca de fría ironía que no congela a nadie. Es algo común observar como la realidad no suele ocupar espacio en los foros políticos, suplantando su examen, el incestuoso encamamiento entre políticos y mass media. Eduardo nos advertía, apartando unas setas francamente amargas, de que su generación había sido víctima del espejismo preparado desde el poder por la televisión autonómica. Lo que no hemos visto, no existe; y lo que hayamos visto (en la tele, por supuesto) existe ineluctablemente. Y a los que sospechan (sospechamos), les encantaría pagarles (pagarnos) con el ostracismo, tan de Grecia. Elena, dividiendo el plato de huevos rotos como matriarca que ya oficia, hablaba de la imposibilidad de que unos mismos datos (por ejemplo, un catarro de vías altas), pudiera usarse ya no en todo el territorio nacional, sino ni siquiera dentro de Cataluña. El fraccionamiento es tan evidente, que sensatamente se pregunta por el papel del Estado como indispensable garante del hilván que nos una. Permitiendo, con toda modestia, que un médico asturiano sepa, con sólo pasar la tarjeta sanitaria por el lector, que a pesar del origen foráneo del paciente, sigue teniendo la misma, peligrosa y persistente alergia a la penicilina.

Esto no es así y lo denunciaba, hace tiempo, el maestro Espada en un artículo del que no se sabe que haya levantado mucha polvareda. Lo que tiene su lógica, porque como todos sabemos, en un país como este, nadie enferma.

Ya corre la feliz cuenta atrás. Directos a la primavera ¡Qué alegría!

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