Septiembre es el mes más largo del año. Para siempre éste será en el que murió el gran Paul Newman, aquel mecánico de tiovivo, atirantado y retirado del hampa en ‘El golpe’. El mes que nos empuja a los tristes años treinta de un siglo tan ajado y ajeno como el veinte.
Rodeado de leyes, decretos, resoluciones, como siempre; me he entregado a una tarea que con el fin de mes concluía. A las tantas, como exigen los plazos amenazantes y las torpes ideas que escapan en un chubasco de tinta.
El martes cuando en el salón de Plenos del Excmo. Ayto. de Laviana prometía el cargo Adrián Barbón, inesperadamente volví a nuestros años de bancada universitaria, para comprobar que no ha habido cambios notables. El estar allí era prolongar aquellas encendidas conversaciones en las que un pequeño gabinete de ocho o diez personas cambiábamos las cosas. Un emocionante reencuentro con nosotros mismos.
La crisis financiera está dando lugar a una explicación sorprendente. El clásico ejemplo de la falacia de la causa falsa (post hoc propter hoc). Nos dicen, sobre todo con mucho afán los dos candidatos a la presidencia americana, que la avaricia rompió el saco. No es posible. El capitalismo, según las doctrinas más ortodoxas, se basa en esa mano invisible y egoísta según la cual, si todos los individuos maximizan sus ingresos, se consigue un beneficio común mayor. Es decir, la suma de egoísmos es buena, si no necesaria. Por tanto el frenesí de dividendos no pudo provocar esta falta de liquidez, de la misma forma que el canto del gallo no hace que amanezca. Habrán de darnos otras explicaciones, por ejemplo, si un tiempo tan prolongado de bajos intereses ha podido propiciar esta desaforada huída hacia adelante.
Quizá sea muy pronto para darla. No para las soluciones, y éstas son conocidamente antiliberales. A la administración empresarial temeraria la salvan los contribuyentes. La derrota del neoliberalismo es patente, porque con un plan de rescate tan costoso, será imposible que ningún candidato en campaña pueda hablar de recorte de impuestos.
Los europeos (¡ay! de un Henry James vivo) impertérritos a todo esto, desde el púlpito ya hemos empezado la antifonía: «somos distintos/somos inmunes», al tiempo que se crean fondos o se compran directamente bancos. Como si durante este tiempo nadie hubiera dicho por aquí, que nos iría mucho mejor sin regulación. O con una regulación ficticia, por ejemplo, en la que los órganos encargados de velar por la competencia (llámense como se llamen), no acaben por establecerla del todo. O como si aquí nunca hubiera habido el más mínimo incidente bursátil, al que con inusitado asombro y pasmo, asistió la mismísima CNMV, que no la SEC.
Ahora que repasaremos los órganos de supervisión de los mercados, no para evitar el egoísmo de los operadores, sino las trampas y desmanes; conviene que pensemos, por ejemplo, que nuestros inspectores de entidades financieras no son funcionarios. Y a pesar de que el Banco de España es un notable ejemplo de buen funcionamiento, no estaría de más reforzar su estatuto jurídico e implementar la autoridad moral que tienen con la que el Derecho público puede darles.
No son buenos tiempos, no.
Veo que siempre nos tienes en mente. Pero díficil lo veo.
Algún día escribo algo sobre el tsunami financiero, ya verás, y te lo pongo por aquí.
un abrazo
PD: no sabía de esta web, enhorabuena.