Al parecer este otoño se impone el tweed, un tejido acorde a la crisis. Desde el punto de vista estético es una buena noticia. Volvemos a finales de los años sesenta, principios de los setenta, que aquí, por el cerrojazo franquista, no se vivieron a pleno pulmón. Se destrona sin mayor miramiento la estética Madona, la exageración y extravagancia de los ochenta, la horterada de aquellos chalecos que encapsulaban a Mecano o el abigarramiento de los personajes de la desternillante Mujeres al borde de un ataque de nervios. La reacción de los noventa nos condujo a la indiferencia de las tribus uniformadas, sin altisonancias reseñables, salvo aquel pretexto (si no prestigio) para no asearse que fue el movimiento grunge. En esta primera década del siglo XXI convive un cierto aire retro, con movimientos etnicistas e incluso la romántica e inverosímil promoción del traje regional.
La sobriedad del tweed evoca, no sé si el referente es fundado o ficticio, a Jacquelin Kennedy en un acto oficial. Un icono a salvo del tiempo, de los buenos y malos momentos. El uniforme de la aristocracia rural*, posible herencia de los padres fundadores, aquellos granjeros que en sus ratos libres organizaron un gran país.
No es una recomendación frívola, o por lo menos no tanto como seguir infravalorando el hábito del monje. Habrá que fijarse si las chicas, mucho más sensibles al valor de las ropas, inician ese prometedor viaje a finales de los sesenta. Si finalmente se atreven, arrastrándonos a los demás, explorarán el terreno por primera vez, no es la repetición de un ciclo (es decir, nada que ver con la pernera de elefante que nunca cesa), sino que tendrán que interpretar e importar un estilo que este país no conoció. Posiblemente para el feminismo superficial (oficial e imperante), será intolerable por retrógrado volver a la falda aunque sea tweed, pero es un escrúpulo débil; nunca se ha abandonado.
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Este lobby está preocupado porque el inglés no es oficial en Estados Unidos, quieren protegerlo jurídicamente. Una forma como cualquier otra de hacer el ridículo, primero por pensar que el inglés está en peligro (no lo está en ninguna parte del mundo) y de otra por pensar que al declararlo oficial nadie hablará español (éste es el verdadero asunto, cuando se sabe que en unos años será el lugar donde más se hable).
La Constitución americana de 1787 no declara oficial ninguna lengua. Que los norteamericanos hablen lo que más les convenga, se reconoce así con toda naturalidad la impotencia del Derecho, una sabia decisión.
El romántico interés por las lenguas (también las vernáculas ancestrales) tiene en todas las partes el mismo fondo, unos quieren blindarse y otros quieren que la norma les sirva de adarga para imponer un idioma. Ese grupo destila un insoportable resentimiento al ciudadano no angloparlante, e identifica burdamente, la inmigración con el peligro al asedio lingüístico, a la pérdida de la identidad… Zarandajas que nos son bien conocidas, pero al menos en el extranjero se sabe bien de donde vienen: la ultraderecha. Aquí, sin embargo, estos mismos argumentos son asperjados por el hisopo del nacionalismo de izquierdas (sic). Deberían enlazar sus páginas, exhibiendo al mundo cuanto une una buena causa.
* Tweedy: A tweedy person is wearing tweeds and perhaps looks as if they are upper-class and live in the country (Collins Cobuild. English Language Dictionary)
