No hay una teoría general sobre las cualidades que ha de tener el candidato óptimo. Entre otras cosas, porque candidatos de distinto pelaje han acertado en el desarrollo de su función. Así, políticos con escasa formación académica y nula experiencia profesional han hecho un notable trabajo, frente a otros mucho más doctos que han resultado un desastre. No obstante, esta experiencia es engañosa, sus conclusiones (muy vagas si se quiere) no deben hacernos descartar la exigencia de cierta impedimenta para ser político. Al menos no en una democracia, en donde el fin que se busca es el autogobierno, por medio de la representación. De ahí que quepa exigir experiencia y formación a quienes se enfrentan a problemas y decisiones que el común de los electores no podemos enfrentar. Por eso la exigencia de cotizaciones previas (por todos, el presidente Joaquín Leguina), no implica más (ni menos) que el esforzado trabajador-contribuyente vea en su representante a alguien que conoce bien el esfuerzo de la supervivencia, a un par.
La irrupción del candidato Sosa Wagner, un jurista de reconocido prestigio, es una valiosa rareza en nuestra actividad pública. El fino y lúcido observador pasa a la acción, pasa de escribir en los papeles a hacerlo en la piel de los hombres. Me dirán, con toda razón, que hay una legión de catedráticos de Universidad en política, incluso uno de sus posibles contendientes lo es; pero convendrán que es forzado reconocer categorías en tan variopinto gremio.
Les dejo con él:
