2ª edición corregida
He aplicado ‘el teorema Pelayo’ en sus más estrictos términos. Según esta ley, se deben descartar todos los libros que no gustan; sin que al lector deba importarle el título desestimado. Si no existe interés (estético, intelectual &c.) no tiene sentido prolongar la lectura. Hasta la víspera, hacia de tripas corazón y acababa lo que había iniciado. Como si soltar lastre no fuera, en ocasiones conveniente. Lo que podría llamarse ‘la cultura del trabajo bien hecho’ presta una serie de principios que se desbordan y acaban atenazándonos a las tares más inimaginablemente estériles. En toda la trayectoria de honesto cumplidor, cuento con una excepción: ‘La historia interminable’, un libro que bien avanzada la lectura cayó literalmente de mis manos. Con el refinamiento que nos caracteriza, un desliz es una excepción que refuerza la regla. Y jamás volví a flaquear.
La continua acumulación de lecturas exigía un cierto expurgo o una exasperante lista de espera. Nunca se tiene tiempo para leer lo que uno realmente quiere. Es más, se cruzan en el camino asuntos que no interesan y que sólo con esfuerzo y muy a regañadientes se pueden encarar. A veces el interés desaparece y con frecuencia lo hace para siempre. Con todo, hay libros que uno espera que nunca acaben, enemigo como soy de las relecturas, el final hace que persiga al autor. Por eso un verano fui Unamuno, otra Sosa Wagner, otro Machado. Es el mismo motivo que me convierte en partidario de las obras completas, del agotamiento del autor y al respecto hay planes con Muñoz Molina o Julian Barnes.
Estos días me han regalado libros de lectura cierta. El primero el clásico ensayo del gran Alejandro Nieto ‘La organización del desgobierno’, que pasa de las manos de Iván a las mías como credencial del terreno común que transitamos. El segundo un regalo de Clara & Pelayo: ‘God & Gun’ del maestro Sánchez Ferlosio, quien fecundamente hizo desaparecer una de aquellas horripilantes tardes en el torreón.
Acontecimientos que han alterado gratamente el régimen de lecturas, con el que combato la demora de aquel motorista de la primera entrada. No hay nada extraño en ello: habent sua fata libelli. Amén de la inminencia de ‘El mito de la derecha’ imprescindible para que algunos digieran del todo ‘El mito de la izquierda’. Leeremos y contaremos.
Addenda.- Mi diligente madrina me ha advertido de un vergonzoso error ortográfico, ya rectificado, por el que pido disculpas.