Las categorías políticas al uso permiten caracterizar a los diferentes agentes políticos. Al tiempo que nos proporcionan la certeza de situarnos frente a los demás e integrar un grupo del que ser solidario. Esta es la función que dispensa el par contrapuesto: derecha/izquierda; tal y como es empleado por los medios de comunicación (perspectiva etic) o por los propios actores (perspectiva emic). De suerte que puede convenirse que la derecha estaría integrada por el PP y partidos nacionalistas conservadores (éstos últimos no sin forzar la etiqueta) y a la izquierda por el PSOE e IU y ciertos partidos nacionalistas tales como ERC. No suele repararse en las bases de la convención, acaso porque esta sea inexistente, mítica. Mito que desenmascara el profesor Gustavo Bueno en sus obras ‘El mito de la izquierda’ y la que acabo de cerrar ‘El mito de la derecha’, Temas de Hoy, Madrid, 2008.
Antes de proseguir leamos, en la solapa de la contracubierta, los libros que el editor (el Grupo Planeta) ha decidido que escolten al de referencia: ‘Contra los políticos’ de Gabriel Albiac; ‘100 personajes que hunden España. De Zapatero a los hombres que visten de negro’ de Curri Valenzuela y ‘La gran revancha. La deformada memoria histórica de Zapatero’ de Isabel Durán y Carlos Dávila. Salvo el primero, los otros parecen querer dar la razón a las peregrinas críticas que redujeron ‘El mito de la izquierda’ a un libelo. Es extraño que la propia casa editorial aliente una expectativa (falsa) que ningún lector medio podrá satisfacer con la eficacia que cabe presumir en aquellos.
Para analizar el mito el profesor Bueno establece que la idea de Derecha es un género (plotidiano) que procede de la estirpe del Antiguo Régimen, que se decanta, más exactamente en la resistencia a los ataques que a éste hicieron las izquierdas. Es en este contexto genético en el que puede decirse que la idea de Derecha es anterior a la de Izquierda, aunque paradójicamente sólo pueda entenderse como posterior a ella porque sólo en función de su enfrentamiento se configuró como tal.
En función de este parámetro, concluye que:
«[...] la distinción entre izquierda y derecha ya no tienen la aplicación constitutiva en las sociedades democráticas homologadas de nuestros días (de la posguerra y de la guerra fría). En estas sociedades, los rótulos de derecha o de izquierda [...] son utilizados como marcadores electorales mediante los cuales los partidos pretenden atraer electores agitando banderas con colores nostálgicos, de los que está empapada la memoria histórica, que todavía enardece a muchos elementos del cuerpo electoral. Pero los programas de estos partidos ya no difieren objetivamente por criterios políticos, sino que se refieren a objetivos extrapolíticos, como puedan serlo el aborto, la eutanasia, el feminismo, la alianza de civilizaciones o el proyecto Gran Simio.» (pp. 289 y 290)
El mito estriba en que ser de izquierdas o de derechas dependerá de un señalamiento arbitrario, sin sustancia filosófica ni política. Huelga decir que el dedo que señala lo hace cargado de prejuicios que discurren en una u otra dirección, entre los cuales cabe destacar el maniqueo.
Este dualismo trascendente que adolece de metafísica, se manifiesta con todo vigor en el etiquetado de UPyD como partido de derechas, fundándose tal gratuita calificación en la discrepancia que tiene con otros partidos convencionales de izquierdas. Su reivindicación o la de su contrario (de derechas) es estéril, sobre manera cuando la degradación política de tales conceptos les ha llevado a no significar nada.
La reclasificación que tomara como parámetro un nuevo par progresista/conservador, tiene escasa virtualidad política (que requiere tomar como marco al Estado), reduciéndose a una característica etológica:
«Acaso el dualismo que más popularidad alcanzó tras la Segunda Guerra Mundial fue el dualismo progresista (innovador)/conservador (inmovilista), que había sido observado por investigadores de la universidad de Kioto y del Centro de Primates de Japón en la en la isla Koshima, en la costa sur nipona, en la que vivían distintas bandas de macacos. Se acostumbró a los animales a acudir a un sitio determinado mediante el recurso de dejar allí alimentos, en este caso boniatos o batatas, en una playa abierta. Los monos se aficionaron al tubérculo y acudieron al lugar cada vez con mayor frecuencia y regularidad. Los boniatos utilizados como cebo no se lavaban. Los macacos quitaban como podían la tierra o la arena pegada a ellos (los boniatos son nódulos de la raíz de una enredadera), hasta que un día de otoño de 1953 una hembra de macaco, de año y medio de edad (que fue bautizada como Imo), «hizo un sensacional descubrimiento: había lavado con las manos uno de los embarrados boniatos en el agua de un arroyuelo cercano». El boniato quedó extraordinariamente limpio. Una semana más tarde se incorporó al procedimiento descubierto uno los compañeros de juego de Imo. En 1957, cuatro años después, lo hizo la madre de Imo y en total quince de los sesenta individuos de la banda lavaban ya sistemáticamente los boniatos. Conclusión: apareció una clasificación entre los macacos inmovilistas o conservadores (de derecha) representados sobre todo por los macacos machos o de más lato rango, y los macacos innovadores o progresistas (de izquierda). Además, como ocurre con los chimpancés, aprende un animal inferior de otro superior, y no al revés. En el caso de los macacos de Koshima (teniendo en cuenta que adquieren la madurez sexual hacia los tres o cuatros años y mueren hacia los treinta) fue necesario, puesto que Imo hizo su descubrimiento al año y medio de edad, que murieran poco a poco los macacos de mayor categoría para que se extendiera al grupo el arte de lavar los boniatos. En 1962, cuarenta y dos de los sesenta animales habían aprendido la nueva técnica; los otros dieciocho eran ya muy viejos y (podríamos decir) se mantenían en el búnker de sus tradiciones.» (pp. 104 y 105)
La crítica nos afecta a todos los ciudadanos (en cuanto totalidad atributiva del Estado español), y resulta insoportable que se ventile con tópicos e injurias aun cuando sean la confirmación (defensiva) del mito.