En el imperio seguirá sin ponerse el sol

 Me pregunto cuándo el Presidente de Estados Unidos de América alcanzó la proyección mundial que hoy tiene. Los historiadores comenzarían con la ‘doctrina Monroe’ (1823): el quinto Presidente anunciaba que intervendría en el exterior cuando potencias extranjeras perjudicaran a sus intereses (p. ej. la invasión española en Santo Domingo). Política que continuó con el denominado ‘corolario Theodore Roosevelt’ (1904).

A pesar de la voluntad estrictamente republicana (domestic) de los padres fundadores, las colonias rebeldes estaban llamadas a la relevancia internacional. En un contexto en que el imperio español agonizaba y en el que el británico era vencido, parece inimaginable que el país emergente se ausentara del mundo realmente existente. En 1798, el presidente Adams botaba la primera fragata de 12 cañones ‘The United’ y constituía un ejército permanente, piedra angular de cualquier política exterior.

No obstante, la América Imperial a la que nos referimos, nace de la ‘doctrina Truman’ (1947) en la que con ocasión de la guerra en Grecia, Estados Unidos prestará su apoyo a las personas libres que están resistiendo los intentos de dominio por minorías armadas o por presiones exteriores. El gendarme internacional que lucha (no tan fríamente) contra el comunismo. Con todo, esta directriz no es pacífica, Henry Wallace, quien había sido Secretario de Comercio del propio Truman, protestó así: «Ayer, 12 de marzo de 1947, constituyó un punto de inflexión en la historia norteamericana, no es una crisis en Grecia lo que tenemos ante nosotros, sino una crisis norteamericana. Ayer, el presidente Truman (…) propuso, en efecto, que Norteamérica vigilara todas las fronteras de Rusia. Para nosotros no hay régimen demasiado reaccionario siempre y cuando se cruce en el sendero expansionista de Rusia. No hay país demasiado remoto para servir de escenario de cara a un enfrentamiento  que podría expandirse hasta adquirir las proporciones de una guerra mundial».

Derribado el Muro de Berlín (1989) Estados Unidos mecido por la dogmática idea de que la libertad se asentaría en todo el mundo por ensalmo, no abandonó la injerencia internacional para luchar contra su natural enemigo: el terrorismo religioso de corte islamista. En el año 2000, nos preparábamos para que el provincialismo de Bush provocara que EEUU se encerrara en sí. Llegó el 11-S y con él la teoría según la cual había que extender la democracia a cualquier precio: Afganistán y luego Irak.  Con ser la elección de los países arbitraria y sus resultados desiguales, no debe desestimarse la idea de extender los derechos de ciudadanía a los sojuzgados, pero sí la forma propugnada por los teóricos de la Administración saliente.

Esperaremos a la doctrina Obama, para saber cómo en sus dominios sigue sin ponerse el sol. Su voz en el mundo puede ser el Gobernador Richardson, un hispano o el aristocrático Senador Kerry (a quien hace cuatro años, la oposición republicana le afeaba su sedicente gusto por veranear en Francia). Aunque algunos sostengan lo contrario, no parece que la idea republicana según la cual el gobierno no debe actuar en el exterior sea la originaria.

Desde Dayton, condado de Montgomery donde venció el candidato demócrata como en el propio Estado de Ohio, la preocupación es la económica. Seis de cada diez votantes confesaban que ésta era su verdadera preocupación. Y en este terreno todas las cautelas son pocas: «El camino que tenemos delante será largo. Nuestro ascenso será complicado». Aunque la crisis sea internacional, los anhelos se vinculan a promesas muy concretas (y sumamente costosas): rebaja de los impuestos a rentas inferiores a 250.000 dólares y extensión del seguro de salud, especialmente de la cobertura infantil.

F.D. Roosevelt definió a la Presidencia como a place of moral leadership, que el ínclito García Pelayo traduce por caudillaje moral (hoy más comedidos y correctos políticamente hablaríamos de liderazgo, a pesar de que caudillo, asépticamente, es el jefe de la milicia). A este adjetivo cabe sumar hoy el de histórico, poniéndolo a resguardo de todo exceso (quién iba a decir que en la algodonera Virginia ganaría un negro). Lo que engrandece la gesta, al tiempo que la dificulta, sobre todo cuando conviene sanar la división que todos los políticos denuncian, a pesar de que desde aquí algunos vean al pueblo americano como una masa compacta.

Habrá cambios necesarios, aunque no parece que vaya a producirse un cambio de Era, de la magnitud pronosticada, ni sería aconsejable para los que no vivimos allí. Si la nueva Época supone que en el sistema de Naciones Unidas jueguen en pie de igualdad gobiernos como el iraní, el hecho histórico se habría estrangulado a sí mismo. En un mundo como ese, Obama no hubiera sido posible.

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