Las palabras que no se lleva el viento

 Los políticos norteamericanos tienden a orillar el desparpajo verbal por el discurso, al menos en las ocasiones. Aquí quien no tiene facundia la improvisa. Los resultados son políticos excesivamente verbosos, enemigos del papel y por supuesto del taimado telepronter, que requiere técnica y adiestramiento. Lo especialmente grave es que cuando usan los dos artilugios, el papel y el espejo, los resultados son iguales. No se puede llegar a otra conclusión, a saber, son ellos quienes tejen y destejen el texto de sus discursos. Caminan igual sin prótesis que con ella, luego o nunca la llevan, o el carpintero es un chapuzas.

Estos días de quinielas, Politico informa que dos personas pueden asumir el cargo de escritor de discursos del Presidente electo. El joven que ha venido escribiéndolos durante la campaña, Jon Favreau, aún misterioso a los ojos de Google (quizá por llamarse como un actor); o el experimentado Jeff Nussbaum, quien después de haber servido en la Administración Clinton forma parte de una empresa dedicada precisamente a este giro.

A los descreídos que no ven la necesidad de incluir dentro de los consejeros áulicos a un equipo para escribir los discursos, desvelémosles la necesidad.

Miércoles 5 de noviembre de 2008, el Presidente del Gobierno de España sale a la puerta del Palacio de La Moncloa a comentar el resultado electoral en Estados Unidos, en una alocución sobre papel (vídeo). Comparemos dos pasajes:

«(…) Quiero expresar, desde aquí, mi satisfacción por la forma de entender la proyección internacional de su país que ha venido manifestando el Presidente electo, el senador Obama, por su capacidad de escuchar, por su invitación al diálogo que ha reclamado y que hoy, ante los conflictos del mundo, es más necesaria que nunca; también en su apuesta por el multilateralismo, por la lealtad con los aliados (…)»

Unas líneas más abajo, en reciprocidad sentencia:

«(…) El Presidente Obama tendrá en España y en su Gobierno un amigo y un aliado fiel

El Presidente electo es leal, mientras que nosotros seremos fieles.

 Semánticamente un positivista léxico, ve tales términos como sinónimos. El Diccionario de la Real Academia:

Leal: Que guarda a alguien o algo la debida fidelidad

Fiel: que guarda fe, o es constante en sus afectos, en el cumplimiento de sus obligaciones y no defrauda la confianza depositada en él.

Si usamos en el contraste los adjetivos, el resultado es el siguiente:

Lealtad: Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien.

Fidelidad: Lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona.

El Seco (el diccionario de uso) introduce un matiz en el adjetivo «leal» sólo cuando se predica de personas, según este significado, sería leal aquel que se comporta honradamente y sin engaño o sin fines ocultos.

Me parece que es el sentido con el que circula esta palabra, precisamente en contraposición con fidelidad. El marido y la mujer se prometen fidelidad (los cónyuges están obligados a guardarse fidelidad, artículo 68 del Código Civil) y no a ser leales. Decimos que el perro es fiel, pero ya no con tanta facilidad que es leal. La diferencia no me parece gratuita, si nos remitimos al étimo, «fiel» procede del superlativo fidelísimo y del latín fides; mientras que «leal» de legalis. En resumidas cuentas, «fiel» viene de Dios y «leal» de la prosaica ley de los hombres.

Se observan con mayor claridad los problemas que entraña esta sinonimia en el discurso político de nuestro Presidente. Apliquemos la conmutabilidad: Obama es fiel a sus aliados mientras que nosotros le seremos leales. El equilibrio se rompe, y debe saberse que en las relaciones internacionales la reciprocidad es la regla general. Es más, el reproche que se hizo a la coalición de las Azores fue precisamente la fidelidad (fe ciega, ¿lealtad ciega?) del gobierno de Aznar al de Bush, es decir, la constancia, a prueba de invasión, en sus afectos. Entonces se le exigía un juicio crítico, propio de aliados leales.

No he leído comentarios al respecto, salvo el general que viene aquí como un guante: la española confusión entre Administración y Nación. O si se quiere, entre la bandera y el Presidente.

Matizaciones lingüísticas a parte, el escritor de discursos evitaría la palabra fiel, sabiendo las connotaciones que pudiera tener. En este caso, la repetición de «leal», él es leal con sus amigos y yo soy «leal» con él, hubiera servido para subrayar la igualdad con que naciones libres se relacionan en el concierto internacional. Salvo que se admita que este desliz estaba estudiado; lo que sería tan inapropiado como los desmesurados cabeceos del ministro Piqué recibiendo al presidente Bush a pie de escalerilla.

Un escritor de discursos ha de hacer que el mensaje llegue de la mejor manera, no hacer decir a su cliente cosas que no quiere y tampoco las que no puede. Es posible que pronto se profesionalice esta función, aunque desde luego no será una copia importada, será una intertextualidad cualquiera.

¡Intelijencia, dame / el nombre exacto de las cosas! / …Que mi palabra sea / la cosa misma / creada por mi alma nuevamente.

(Juan Ramón Jiménez, Eternidades)

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