La lealtad del viajante de coñac

 El maestro Sosa Wagner analizó, el miércoles en Oviedo, las perspectivas de la política estatutaria. Desmontando meridianamente el artefacto retórico según el cual se transita hacia un Estado federal. En todo caso, los perfiles del cambio tienen tintes confederales, por tanto, caminamos a un punto de máxima inestabilidad, de transitoriedad, así se concibe una confederación (pregúntese a la sólo nominalmente Confederación Helvetica).

La teoría general de la fragmentación del Estado, expuesta en ‘El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España’ junto a su hijo Igor Sosa Mayor, está siendo confirmada en órdenes concretos donde la transferencia de competencias corre sin cuidado (sanidad, educación, justicia &c). Al servicio de una idea pueril, según la cual toda descentralización es beneficiosa, por oposición al centralismo. Del que el conferenciante recordó la extraordinaria hoja de servicios que ha prestado en  nuestro país. Con todo, descubrir los fallos y errores de esta segunda generación de Estatutos urdida bajo la desatención del principio de lealtad, no debe arrastrarnos a postular sin más (o sólo por oposición) un nuevo centralismo. Sino a perfeccionar el sistema, a federalizarlo[*] realmente.

Jean Monet, viajante de coñac, descubrió en Estados Unidos un inmenso mercado. Y concibió así la unidad europea, como un entramado de transacciones que fuera tupiendo a Europa como unidad política. Precisamente el profesor Sosa Wagner ve a Europa como solución a estos desmanes territoriales. Se sirvió de un poderoso ejemplo, la nueva Directiva de servicios, que obligará a modificar miles de ordenanzas municipales. El límite de decibelios que nuestro cortacésped puede emitir, se establece en Bruselas, no en ninguna oficina autonómica ni estatal. Ahora bien, el Estado nacional seguirá desempeñando un papel fundamental en la construcción europea. En Alemania, las últimas reformas han atribuido al nivel federal la representación ante la Unión Europea. La multiplicación de participantes en reuniones técnicas  las hace ineficaces, y si para algo se ha inventado el Estado es para disponer de una única voz, democráticamente potente.

El motivo de este deslizamiento territorial, patrocinado por los dos grandes y viejos partidos, no es otro que una victoria del nacionalismo. Del pacto constitucional parecía desprenderse que cualquier modificación de la estructura competencial pasaría por el acuerdo leal entre aquellos. En cambio, la hegemonía del nacionalismo en determinados territorios, y la acuciante necesidad de alcanzar o mantener el poder, ha hecho que dramáticamente desaparezca un nítido interés nacional. Y los partidos que lo encarnaron históricamente se hayan desentendido de él. El pensamiento Alicia sostiene que la asimetría será conjurada por la imitación autonómica, todas las Comunidades quieren imitar en competencias a quienes más tienen. Aunque resulte asaz sonrojante debe insistirse: los recursos son limitados.

El verdadero asunto es el papel que desempeñan en nuestro Estado partidos que quieren sencillamente desintegrarlo. Nuestra Constitución protege a nuestro sistema político encareciendo su autorreferencialidad (capacidad de modificar el texto constitucional). En otros países homologados democráticamente, se prohíben aquellos partidos políticos que entre sus fines está la liquidación estatal; con independencia de que sus procedimientos sean pacíficos y “democráticos”. Pero este es un debate para otra generación, que ya no puede confiar en los sobreentendidos.

***

Cada vez que saco la cabeza no dejo de sorprenderme. Sin cuotas ni ministerios del ramo, en el Senado estatal de New Hampshire habrá más mujeres que hombres.

Les compadezco, allí la sorpresa es simple. Aquí es doble, por el hecho novedoso del número pero sobre todo por la naturalidad del acontecimiento, exento de burocracia (que es como me imagino el paraíso).



[*] En el turno de preguntas se planteó la imposibilidad de que España pueda ser nunca un Estado federal, porque las partes no tenían soberanía que ceder al todo. En el entendido de que esta (la soberanía nacional) reside en el pueblo español (tomado como totalidad atributiva). ¡Ay de la soberanía! Leáse como ejemplo el magnífico artículo del profesor Bastida.

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Un comentario a “La lealtad del viajante de coñac”

  1. Jesús Prieto Sabugo dice:

    Y no olvidemos el segundo frente de la batalla que es, al cabo, donde muchas veces se pierden las guerras. Consolidadas las líneas de penetración en la vanguardia –asumir las competencias del Estado sin importar si es el mejor modo de gestionarlas- las Comunidades Autónomas se dedican a aniquilar las tropas de retaguardia, asfixiando y desapoderando a las entidades locales.
    El Consejo de Gobierno de Castilla y León ha remitido a las Cortes de la Comunidad un proyecto de Ley de Montes. Entre otras perlas recoge la asunción por la Comunidad de una parte sustancial de las competencias de gestión de los montes catalogados, en su mayoría pertenecientes a entidades locales -¿he oído proximidad al ciudadano?-, detrae una porción importante de los rendimientos de esos montes para aportarlos a un fondo gestionado por la propia Comunidad, y priva a las administraciones titulares de las facultades que a todas competen para la defensa de su patrimonio (sin importar lo que la normativa básica estatal disponga al respecto).
    Son insaciables. Para los grandes y viejos partidos el nacionalismo ya no es el enemigo, es la excusa.
    Un saludo.