Los emborronados límites del arte

La exacta crítica de Ángel Fernández-Santos me tranquiliza. Su pérdida es irreparable para el lector de periódicos, como lo fue la de Joaquín Vidal. El celo con que escribían sus artículos, los hizo indispensables.

‘La ciudad sin límites’ es la crónica de una familia, de un secreto. Pero también la palpitante demostración de que hay un buen cine español. No conozco cual fue su suerte taquillera, y en cualquier caso no hay una relación entre la calidad y el éxito. Con todo, puestos a subvencionar conviene extremar las garantías cualitativas. Lo que nos conduce a indagar sobre la pregunta de qué es arte. El sujeto se ha apoderado de la respuesta; arte es lo que hacen los artistas. Y ¿quiénes son? La pregunta ha de ser trasladada a las academias, las cuales, para evitar el intrusismo nos extenderán una hoja de inscripción, nos reclamarán una cuota para finalmente darnos el título. Entiéndase bien, no es una cuestión de dinero, tan sólo burocrática. Sin embargo, es casi imposible concebir a un artista de nuestro tiempo sin público. A algunos muertos les toleramos que hayan sido incomprendidos, pero sólo por haberlo sido hasta este momento.

Llegar hasta el público exigiría paciencia, baste alertar que lo fundamental es el número. Es falsa la dicotomía entre el arte comercial y el alternativo. Hasta el punto de que el movimiento underground ha conseguido el número adecuado para continuar la forja del mito. Cualquiera puede hacer una obra de arte minoritaria, y esta es una frontera cuantitativa. Claro que no sólo, sino que la cantidad ha de estar de acuerdo en el bautismo artístico, digamos que esa mayoría ha de concertar en lo que ha de clasificarse como arte. Es aquí donde actúan la desinformación y la influencia de minorías especializadas.

La falta de criterios estéticos firmes se debe a una negligente educación artística (cada vez más acuciante), que impide al común de los bachilleres disponer de criterios que delimiten aquello que no es arte y aquello que al menos, puede ponerse bajo sospecha. Siendo esto  así, nos vemos obligados a delegar en minorías a las que suponemos debidamente documentadas para que hagan la correspondiente función depuradora. Tan viejo como el principio de autoridad. Tan temible, que antes de atreverme a escribir que ‘La ciudad sin límites’ era una muy recomendable pieza, he acudido al especialista. Nadie sabrá que hubiera escrito en caso contrario.

Pero en nuestros días el principio de autoridad se tambalea, lean críticas de todo tipo e intenten analizar sus argumentos; abunda el mero subjetivismo o las interpretaciones psicologistas que exigen piedad para el autor. Es en este crucial brete en el que se encuentra el arte contemporáneo;  ya casi nadie se fía de quien engola su voz para decir que el huevo estrellado contra el lienzo es arte. O en todo caso, no puede cohabitar con el retrato de Inocencio X. La cúpula de la Capilla Sixtina es arte, si conocer es comparar, difícil lo tienen quienes pretenden homologarla con la de Barceló en la ONU o con las pinturillas del sectario Argüello en La Almudena.

Justificada mi remisión a la crítica y reconfortado por la coincidencia, vuelvo a ‘La ciudad sin límites’ donde se amasa un secreto familiar. Las familias son un cúmulo de secretos, dormidos o despiertos, entrañables o desgarradores, miserables o magnánimos, interesados o inocentes que la hacen estar estructuralmente en crisis. La película lo cuenta de forma transparente, y en el intenso intercambio entre Fernán-Gómez y Sbaraglia se evidencia que el amor del hijo al padre hubiera podido acabar con el mismísimo hijo non nato. La épica suele verse en los sacrificios cruentos, pero no en las torturas incruentas. La película no sólo se monta sobre esta elipsis formal (comentada por el mismo crítico, respecto de otra gran película de secretos familiares), sino que aborda sin tapujos que la indiferencia suele ser la causa del silencio, de los secretos.

Separándome del reparo de Fernández-Santos:

«Y sólo cabe reprochar a éste un exceso de elevación en el tono sinfónico inicial, un punto de abuso en el énfasis de la línea dramática de arranque, que genera una inoportuna sobreabundancia de expectativas para un tramo final que es bueno, pero que sin duda sería doblemente bueno si hubiera sido preparado por una más cautelosa dosificación en la vibración y las resonancias del dramatismo de su planteamiento.»

La película no puede tener final más vibrante, declarando un hijo a su padre, que desvelado el secreto, aun le quiso más.

Bookmark/share via AddInto

Los comentarios están cerrados.