El legado de Iraq (I)

El bonus de la inmunidad 

Enjuiciar la invasión iraquí parece una tarea ociosa, al menos aquí, donde todo el mundo tiene conclusiones firmes. El asunto es un ‘marcador político’ que permite la fácil y rápida integración en una de las dos grandes y viejas posiciones. Un modo abreviado y anodino de ser.

Para armar mis conclusiones he querido detenerme en el asunto,  manejar algunos datos,  ponerme a salvo. Acudí a un libro de un periodista del Washington Post, ‘Vida imperial en la ciudad esmeralda’ de Rajiv Chandrasekaran, que me llevó a otro: ‘Plan de Ataque’ del conocidísimo Bob Woodward del mismo periódico. A su vez, tales lecturas se superpusieron con ‘God & Gun’ de Sánchez Ferlosio. Escribo desde la intersección.

Aquellos que patrocinaron abiertamente la estrategia de la invasión, ahora apelan a la Historia (con mayúsculas) como juez de la misma; piden con largueza tiempo para aplazar el veredicto, que hoy estiman adverso.

Así acaba el libro de Woodward:

«En opinión de Bush, a corto plazo era imposible valorar la repercusión histórica de aquellos acontecimientos. Se tardaría unos diez años, aproximadamente, en comprender el impacto y la verdadera significación de la guerra.

–Probablemente habrá ciclos –propuse. Y le recordé que, tal como señalaba Karl Rove, toda la historia se mide en función de los resultados finales.

Bush sonrió.

– La historia… –dijo, mientras se encogía de hombros, sacaba las manos de los bolsillos y me tendía una para despedirse, insinuando que se había acabado el tiempo–. Nunca lo sabremos. Estaremos todos muertos.» (p. 491)

La Historia recorre todo el asunto, el «Informe Secreto/Reservado a EEUU y a las Fuerzas de la Coalición Multinacional en Iraq», elaborado por Garner, a la sazón director de la Oficina para la Reconstrucción y Ayuda Humanitaria, comenzaba así:

«La Historia juzgará la guerra contra Iraq no por la brillantez de las operaciones militares, sino por la efectividad de las actividades que se llevan a cabo después de las hostilidades.»

Garner daba un paso más y fijaba los criterios del juicio histórico, sobre los que habrá tiempo para volver. Por el momento sigamos con la historia de la Historia.

La Historia a la que se invoca constantemente no alude a un mero juicio retrospectivo, que por cierto, nunca acabaría, a pesar de que el presidente Bush lo cifre en diez años. De ahí que la seguridad jurídica se apreste a poner límites temporales, por ejemplo: la prescripción de los delitos (dependiendo de su gravedad va desde un año a veinte, ex artículo 131 del Código Penal).

La historia como libre sucesión de acontecimientos no es el juez al que apelan. No ofrece nunca un tertium comparationis y en caso de que inductivamente pudiera establecerse uno, la naturaleza diacrónica de la historia impediría su irreversibilidad. Es decir, tendría que admitirse la contingencia del juicio, algo que rechazan, al excluir los juicios que se hacen aquí y ahora; aunque paradójicamente lo hagan pretextando extemporaneidad.

Todo cambia si se parte de una concepción determinista de la Historia. Una Historia que sea obra del «logos» en Aristóteles o «acción de la Providencia» en Hegel. Una Historia que dé sentido a cualquier acto, incluso a los sacrificios, «(…) los sufrimientos y muertes producidos por la empresa de la historia universal parece comportar, ya por sí misma, una interpretación, o sea la atribución de un sentido, en la medida en que no son dejados a un lado como “consecuencias marginales”—en palabras de Polibio—o “efectos colaterales” en la jerga bélica moderna, o, en fin,  como “accidentes de trabajo” en la epopeya del espíritu, sino puestos en el centro de la calzada maestra de su marcha, en tanto que positivamente integrados al Sentido (…)» (‘God & Gun’ pp. 76 y 77).

No es difícil pensar que ese ‘sentido histórico’ (juez y parte) esté hipostasiando la idea de Dios, sobre todo en la concepción misionera que el cristianismo atribuye a todo hombre. El salto no es gratuito:

«Él [Bush padre] sigue las noticias. Así que yo [Bush hijo] le informo de lo que veo. Ya sabe, no es el mejor padre para recurrir a él en materia de fortaleza. Hay otro padre supremo al que sí recurro.» (‘Plan de ataque’ pp. 467 y 468)

Esperar al veredicto de la historia (o de Dios) es un pretexto para lograr inmunidad. El que lo hecho hoy pueda ser bueno mañana, no impide que ahora sea funesto.

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