El legado de Iraq (y III)

Peor imposible. El fin del liderazgo

La invasión militar se desarrolló con rapidez «quirúrgica» por usar un símil clínico, muy del gusto de los aliados (libertadores). El general de cuatro estrellas Franks, a instancia de su jefe Rumsfeld, ideó una «guerra pequeña» de 225 días: 90-45-90 (una guerra de minúscula cintura). Sin embargo, en menos de dos meses se proclamó la victoria, con la mitad de fuerza que la usada en la I Guerra del Golfo.

Veintitrés días después, el teniente general Garner, encargado de la reconstrucción es sustituido por Paul (Jerry) Bremer. La crónica de campo sobre la ocupación de Rajiv Chandrasekaran, narra como un grupo de elegidos por su filiación neoconservadora se encarga de la empresa.

La ayuda en la posguerra era clave, incluso antes de que no se encontrasen las armas de destrucción masiva, ni se acreditara remotamente la conexión terrorista, ni se frustrara la operación democrática; habla Bush:

«Es una oportunidad para cambiar la imagen de Estados Unidos—dijo el presidente–. Necesitamos aprovechar al máximo estas campañas humanitarias en nuestra diplomacia pública. Quiero una capacidad de alto voltaje. Quiero barcos cargados, listos para proporcionar alimentos y ayuda para que podamos entrar de inmediato. Hay muchas cosas que pueden salir mal, pero no por falta de planificación.» (‘Plan de ataque’ p. 318)

El inventario de Chandrasekaran es precisamente la constatación de la falta de planificación. El autor se sirve de distintos testimonios, pero el de Agresto, encargado de la reconstrucción universitaria de Irak, es sumamente descriptivo.

«Agresto no tenía antecedentes en la reconstrucción después de un conflicto ni experiencia en Oriente Medio. La institución que dirigía, el St. John’s College de Santa Fe, tenía menos de quinientos estudiantes. Pero Agresto tenía buenos contactos: la mujer del secretario de Defensa Donald Rumsfeld había estado en la junta directiva del St. John’s, y la mujer del vicepresidente Dick Cheney había trabajado con él en la Fundación Nacional para las Humanidades […]Había llegado a la conclusión de que  se necesitaban más de mil millones de dólares para convertir las universidades de Iraq en centros de enseñanza viables, pero solamente le habían dado ocho millones de dólares de los fondos de reconstrucción. Las facultades y universidades de Estados Unidos habían rechazado sus peticiones de ayuda. Había solicitado 130.000 pupitres a la Agencia Norteamericana para el Desarrollo Internacional, y le habían dado 8.000.Se fue alterando a medida que hablaba. Y finalmente se calló, mientras miraba la piscina y daba caladas a su pipa. Al cabo de un rato me miró, con la cara muy seria, y me dijo:

–Soy un neoconservador desengañado por la realidad.» (Vida imperial en la ciudad esmperalda, pp. 17 y 18)

La última esperanza de legitimación se desvanecía, la reconstrucción parecía estar improvisándose. En el momento de la cesión de soberanía a los iraquíes, este podría ser un resumido parte de transición: Bagdad sólo tenía nueve horas de electricidad al día, el nuevo ejército sólo tenía una  tercera parte de los efectivos prometidos, sólo se contrataron a 15.000 iraquíes frente a los 250.000 que se habían anunciado, el 70% de los agentes de policía no habían recibido información, se habían triplicado los ataques contra civiles y militares en casi un año. Por razones burocráticas sólo se había gastado el 2% de los 18,4 mil millones de la asignación suplementaria, sin que se hubiera gastado nada en construcción, asistencia sanitaria, servicios de limpieza y recogida de basuras o provisión de agua potable. Sin embargo se repartieron los 20 mil millones de dólares del fondo para el desarrollo obtenido de la venta del petróleo iraquí, correspondiendo 1,6 mil millones al pago a Halliburton, por la importación de combustible a Irak. (pp.333 y 334)

La frustración cabía en esta frase del propio Agresto: «Era como ir a una zona de guerra y decir: “Bueno, vamos a resolver el problema de la halitosis.»

Los hechos, elemento crucial en todo juicio, han dado la razón a aquellos que se oponían a la invasión. Aunque no sea exacto, les basta pensar que sin guerra, esto no habría ocurrido.

Pero con ella han ocurrido otras cosas. Nos hemos aprestado a cambiar la foto de las Azores por la fallida Alianza de las Civilizaciones. Y quizá lo más negativo: se abrió la era de que el buen gobierno era aquel que interpretaba el sentir general (computado a razón de individuos por metro cuadrado manifestándose), el que sabía con anticipación por dónde iba a ir el pueblo.

Se renunciaba al liderazgo, es decir, al riesgo democrático que implica toda dirección. Los líderes ya no son guías sino  porteadores.

«Los dioses traman y cumplen la perdición de los mortales, para que los venideros tengan qué contar.» (Homero)

2 comentarios a “El legado de Iraq (y III)”

  1. Coronel Dax dice:

    El legado de Iraq es un alegato contra la violencia, una (enésima) enseñanza sobre lo cautelosos que debemos ser no solo para emplearla, también para simplemente mencionarla. O eso o no sabremos marcar las diferencias con aquello a lo que nos enfrentamos, corriendo el gravísimo riesgo de compartir parte de su miseria moral.

    Y permítaseme el desahogo: el legado de Iraq es un muestrario de los pequeños estúpidos que toman decisiones que comprometen a millones.

  2. En este terreno toda precaución es poca, por seguir con estadounidenses citaré a un general confederado, Robert E. Lee: “Está bien que la guerra sea tan terrible, pues de lo contrario nos podría gustar demasiado”.

Deja un comentario