El síndrome del 9

El haber nacido el último año de una década nos hace especialmente vulnerables. Nuestra situación es similar al comprador de una ganga que cuesta 999,99 euros, nunca ha gastado mil euros y el ahorro del céntimo le apacigua. Si a eso se añade la celebración del último año de una década, entenderán el título.

Nadie piensa en los treinta, pero la intensidad de la celebración presagia el celo con el que se agotará este año, concediendo un inmenso (e inmerecido) protagonismo a la siguiente década. En realidad, los cumpleaños consisten en brincar sobre la incertidumbre.

Anoche lo hicimos al borde de todas las líneas: 79-29 y en diciembre. M. nos invitó a una cena que bien podría haber sido el guión de una película de Woody Allen, conversaciones improbables de personajes sumamente perfilados, de fondo el partido del año, y en la mesa manjares del país y exóticas exquisiteces. Aun predominando los 29 (y mayores), los pocos jóvenes de la mesa se organizan para recordarnos que sólo es un céntimo: 79 versus 86. Y que lo recomendable no es seguirlos, sino contemplarlos con la paciencia del etólogo.

En la cena coral hay que explicar a las extranjeras lo que comen; y una de las comensales, de pronto y haciendo magia, desenvuelve en inglés liver (hígado). La sorpresa sirve para contrarrestar el complejo incomunicativo del cronista, que ve como las jóvenes extranjeras entienden y hablan con desparpajo idiomas, cuando a uno le cuesta el propio. El cocinero debe quedarse muy tranquilo, porque comían y luego preguntaban, sin lugar para la reticencia.

El resto de la noche fue el triunfo de la juventud, de la juventud de la cumpleañera quien marcó el ritmo, y debió de quedarse con los escogidos; peripecias de las que como ya intuirán no puedo dar cuenta.

Felicidades, porque sólo ha sido fría la noche.

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