La serie

El escenario podría ser una mansión inglesa, de abolengo, mínimamente decadente. Se trata del Ala Oeste de la Casa Blanca, donde, en apariencia, sin mucho espacio trabajan los altos funcionarios de la administración norteamericana. La iluminación es tenue y en ese ambiente donde todo el mundo vaga medio a oscuras, la cámara nos lleva a un ritmo infernal propio de las personas ocupadas. El plató es más cinematográfico que televisivo, e insisto, no digamos la iluminación. También la cámara, que adopta la posición del narrador, planeando por encima de los personajes, sin reencarnarse en ellos. Nos conduce a aquello que queremos ver, postergando lo que deberíamos ver.

Las elipsis imponen su ritmo y concentran el argumento, servido por un guión que a veces parece recargado, pero sólo cuando el espectador olvida que aún quedan personas barrocas. El discurso caracteriza al personaje, otra vez la literatura. Sin ella los actores mueren expuestos a la voracidad de nuestros ojos. En el ‘Ala Oeste’ (West Wing), los diálogos los amarran, y los hacen ser hombres y mujeres excepcionales. Aunque algunos hallen en ello un reproche, no puede serlo, porque la trama misma exige el canon, el arquetipo. Nadie es perverso, todos tienen intereses, y el negociado donde se ventilan tiene por primera vez paredes transparentes. Los cálculos electorales, los miedos al inmovilismo, las presiones, se nos presentan como son en la política realmente existente, continuas concesiones, transacciones con la realidad. No apta para ingenuos. La grandeza del político (épica en la serie, como en el arte) es poner un límite inquebrantable; y velarlo a pie firme, mantener una intransigencia íntima frente a las advenedizas justificaciones.

El creador de la serie, Aaron Sorkin propone una presidencia ideal, que tiene sombras y está sometida, como cualquier otra, a graves decisiones morales sin consuelo posible. Nos muestra el trabajo más frágil del presidente, decidir, y es cuando perdemos la ventaja del observador. Embadurnarnos es la cortesía de la serie.

Si ven la primera temporada querrán ver la siguiente y lamentarán que sólo tenga siete, ni los gatos dan más.

En España sería imposible hacer una serie de estas características, no por  falta de ingenio, sino porque todos los días desgastamos las instituciones y los símbolos que las representan. No reina, precisamente un respeto al Presidente del Gobierno, por poner un claro ejemplo en el que se confunde al titular con el órgano. También hay vanagloria en perdérselo al Rey, como si en eso consistiese la quintaesencia de la democracia. La serie cultiva esos símbolos. Aquí la televisión pública la pasa en La 2, mientras que en Estados Unidos tuvo mucho público. Siempre nos quedará el DVD y el sabio consejo de Jesús.

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Un comentario a “La serie”

  1. Jesús Prieto Sabugo dice:

    Particularmente me admiran, en la técnica, los “travellings” que dotan de continuidad a las escenas, empezando algunas en el despacho del Jefe de Gabinete y terminando en una oficina del sótano, en los guiones, la agilidad de los diálogos y en la historia, la renuncia a distinguir entre buenos y malos que tanto daño hace al tratar de asuntos políticos.
    En cuanto al consejo, Pablo, te habrás dado cuenta de que no se requiere mucha sabiduría para advertir los méritos de la serie.