Después de haber sido un firme detractor del uniforme, al respecto cuento con una impecable hoja de servicios: ayudé a acabar con el uniforme del Colegio.
Sin embargo, al cabo, soy un ferviente partidario. Ayer en un ataque de nostalgia, me encaminé a una franquicia de casa de comida italiana. Estos restaurantes están uniformados con esmero, traspones el umbral y regresas al primero en el que comiste. En este caso la comida no importaba, se trataba de almorzar a solas con aquellos comensales, hoy desperdigados y reencontrarlos con el mismo infalible sabor de la muy recomendable pizza pollo marinado.
La crisis que vivimos también viene uniformada. Y en los pliegues, las refutaciones de siempre. Quien antes corría cantando las bondades del liberalismo, abogando porque nadie quede fuera de la Organización Mundial del Comercio y cantando loas al librecambio, incluso con aquellos países de dudosa reputación; ahora empiezan a cerrar filas y exigir el producto nacional, imponiendo a los consumidores que dejen sus ojos en los códigos de barras para no equivocarse y comprar al extranjero.
Aflora la xenofobia. Una cosa es permitir el libre tránsito de mercancías y capitales y otra muy distinta el de trabajadores. El demagógico grito de que vienen a quitarnos el trabajo, hace olvidar que sólo ellos están dispuestos a trabajar en esas condiciones. Sólo empresarios nacionales ofrecen trabajos de ese jaez. Puede admitirse que ahora que vienen mal dadas, lo que no quería antes el buen nacional puede quererlo; en cuyo caso es obligado conceder que en tiempos de crisis no suele existir el mismo y alegre flujo de inmigración (tesis de obligado acatamiento para los adeptos al ‘efecto llamada’, que habrán de asumir el ‘efecto desllamada’).
Es también crisis considerar que quien ofrece expulsiones masivas o persecuciones al extranjero es digno de ser oído. Y en esto hay grados y hay países, en el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte el gobierno defiende la libre circulación de trabajadores; mientras que en Italia el silencio alimenta los bajos instintos del demonio.
La mejor franquicia que cabría establecer es la laboral, una vieja utopía que fue sepultada en la I Guerra Mundial, cuando los trabajadores del mundo encontraron mejores motivos para luchar que su propia fortuna.