De la envolvente y visible corrupción

La corrupción española como peste, sólo existe en tiempo electoral. El brote de casos urbanísticos asoló el país con ocasión de las pasadas elecciones municipales y autonómicas. Al socaire de las elecciones vascas, gallegas y europeas, surgen oscuras tramas de alcance. La conclusión es irreversible, sin elecciones desaparece la corrupción. Aunque el franquismo y la eficacia con que el dictador amasó un nada desdeñable patrimonio familiar, viene a demostrar que el asunto no lo arreglaríamos abrogando todo proceso electoral.

Es una cuestión de atmósfera. Los periodistas gustan de colgar en sus paredes la cabeza de políticos desahuciados por ellos mismos. El periodismo de investigación, es una forma extrema de censura, que sólo trabaja y no siempre bien, aunque sí rápido, en época electoral.

Se agolpan las cuestiones a esclarecer. La primera, la definición misma del problema. Aquí sin duda manda el Derecho (musculoso y mayusculado); de un lado corrupción se confunde con antijurídico, y de otro se gana tiempo, mucho tiempo.

Veamos. Afirmar que no es corrupto quien cumple las normas, puede resultar obvio, aunque no tanto como para alcanzar a Pero Grullo. Si entornamos la frase: ¿todo infractor es un corrupto? Desde luego que no, en el sentido que hoy damos a la corrupción. Por tanto, admitiendo el imperio de la ley, debe contenerse a condición necesaria pero no suficiente. Una vez juridificada la cuestión, sólo cabe esperar la rocosidad de la sentencia firme, años. Entre medias, el olvido para el culpable (o el suplicio del inocente). Una justicia de digestión lenta contribuye a disolver el problema, porque socialmente el castigo tardío no se asocia a la conducta corrupta, desactivando la ejemplaridad y con ella la disuasión.

La corrupción como epidemia requiere la cualificación del autor. No todo el mundo puede ser corrupto. El funcionario del Código Penal, sirve en el mundo estanco del Derecho; pero en el de los mortales el corrupto puede ser un empresario de falsa apariencia que trata de buscar el favor.

Lo más relevante es el tratamiento dado al fenómeno. Se observa como una desviación, es decir, una anomalía dentro de una regla general de transparencia. Tal creencia nos permite vivir apaciguados con nosotros mismos y sostener que prima la honradez. Cuestionar el tratamiento no implica presumir que todos los individuos públicos sean corruptos. Son partes de una totalidad atributiva, que pueden merecer, tomados individualmente  la mejor opinión. En cambio, si se analiza la totalidad de la que forman parte, lo que podríamos llamar: clase política, las cosas difieren, o si se quiere, las muchas honradeces no suman una totalidad íntegra (por oposición a corrupta).

Esta situación ha sido estudiada agudamente por el maestro Alejandro Nieto, al que como voz discordante y sólida, se le ha silenciado eficazmente. Señala como una de las principales fallas la de la financiación de los partidos políticos, ¿por qué los partidos gastan más de lo que pueden? ¿por qué no son penalizados por ello? ¿por qué se les condonan sus millonarias deudas?

Sin embargo, no suele gustar que se hable abiertamente de regeneración política; aun siendo imposible la integridad sin dobleces en un sistema como el descrito.

Cuando nos referimos a las corruptas repúblicas bananeras, lo hacemos sin palpar nuestros humores pecantes o considerando que son menudos. Pura alucinación.

Tampoco es muy realista confiar excesivamente en las normas y los controles que estas implantan. Las cosas que pasan no deberían estar pasando. Pero el deber ser ya no es lo que era.

Bookmark/share via AddInto

Los comentarios están cerrados.