Más allá de la literatura, los periódicos y la imaginación nunca he hecho el viaje. El salto es notable, aunque quizá lo sea más la especulación que lo envuelve; puestos a comparar hay pasos de más honda trascendencia. En todo caso, queda cualificado por el furor con que los mortales observamos el poder. Y el imperio sigue en la otra orilla.
La metáfora es manida. Insoportable. Su uso informa bien de la decrepitud, del juego que han dado los ríos y sus márgenes; en definitiva, la geometría de dos líneas paralelas que nos traen desazonadoramente la inexistencia de cualquier límite al que nombrar por «fin». La metáfora presume que los dos lados son opuestos, una recta dividiendo a contrarios. Se trata de un pensamiento binario, uno y el otro; simplista hasta la extenuación, maniqueo: amigo y enemigo.
Las críticas que la prensa diseminó con ocasión de los viajes del anterior Presidente americano, sanas, al denunciar los cabeceos de ministros de países soberanos, atinadas al señalar las trágalas y el sometimiento incondicional; se silencian ahora de forma injusta.
El alborozo, la alegría exagerada, la sobreactuación, los guiños, las risas, el gozo desmedido con el que aplauden y festejan entusiasmados su venida… Deberían tratarse con aquella misma severidad. Al fin y al cabo, se encuentran para tratar asuntos serios, incluso para defender posiciones contrapuestas para lo cual no conviene haber caído previamente en ese agasajo empalagoso, y hasta cierto punto, cómico. Es fácil pensar lo que el matrimonio Obama habrá comentado al respecto en privado. Los europeos reducidos a la misma unidad que los romanos de Astérix.
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En el Parlamento vasco la presidenta, que no habla vascuence, se ha visto en la obligación (política) de hacerlo, de reproducir sonidos aprendidos para la ocasión. Lo que demuestra el arraigo del nacionalismo, incluso en una situación tan grata como esta. No había necesidad ni obligación legal[*] de emplear una lengua que no se conoce, no hablar una lengua no es signo de hostilidad hacia ella y mucho menos hacia sus hablantes. Pero, como se conoce, las lenguas para los nacionalistas, como el resto de cosas, importan más que las madres.
Con todo, este tipo de exigencias deben demostrar que a pesar de la derrota, el nacionalismo se ha apropiado del paisaje. En Cataluña este asunto se ve bien, su presidente prefiere hablar en catalán mucho peor de lo que haría en español. Es una cuestión de principios.
Los ingenuos que defienden que la recuperación de los idiomas ‘vernáculo-ancestrales’, no tiene connotaciones políticas, que oigan bien a la joven del PP, recia conservadora, improvisando para la galería; de la misma forma que los ‘Stone’ tratan de pronunciar al comienzo del concierto: «¡Buenas noches Madrit!» Folclor nada inocente.
[*] El artículo 6.1 del Estatuto de Autonomía del País Vasco establece el derecho a hablar vascuence, no la obligación
Tiene toda la razón: la visita del señorito nos pone en evidencia una y otra vez. El contraste entre la seguridad del poderoso y la risa nerviosa y floja del modesto anfitrión. Nada nuevo: macho alfa y secundarios de la manada jugando su papel en la sabana. Algún día cambiará. Pero no creo que el matrimonio Obama se haya llevado una cómica impresión. Creo más bien que habrán pensado que el espectáculo ha estado a la altura de lo que esperaban.
Sin embargo, discrepo en cuanto a su juicio sobre el discurso de la nueva presidenta del parlamento vasco. Creo que unas palabras en vascuence, más que una concesión al nacionalismo, son un saludable gesto de un no nacionalista realizado en consideración a quienes hablan usualmente otra lengua, sin preguntar por qué lo hacen -sea por natural costumbre o por artificial convicción ideológica. No lo veo como el pago de un precio, sino como un acto de cívica cortesía y un buen comienzo. Ya veremos cuál es el final.
Un afectuoso abrazo por la pérdida.
Muchas gracias por su aliento.
En cuanto a la discrepancia, su posición es, sin duda, la más razonable. No obstante, el discurso de las lenguas pertenece, se quiera o no, a los nacionalistas. La situación en la que una persona que no sabe (porque no ha aprendido o porque no ha querido aprender) vasco, que sea Presidenta del Parlamento y que no lo hable, sería sumamente extraño.
Aunque objetivamente sería lo más normal, de ahí que yo lo estime concesivo.
Un fuerte abrazo, y gracias de nuevo.