A todas las Karoline Unger que pueblan la tierra,
De vez en cuando escucho la Novena de Beethoven, al tiempo que hago otra cosa (principal, supongamos); lo hago con la seguridad de que en algún momento la música me interrumpirá. Aunque mi relación con la música es extraña; la que escucho me viene prestada y sólo muy poca es elegida. A ésta puedo desgastarla hasta convertirla en el himno de un momento o de un estado de ánimo. No es el caso de la Novena que siempre vuelve impetuosa, para luego descansar aguardando su momento.
El de la tediosa tarde en la que uno tiene que ser asaltado por la interrupción, apabullante, sinfónica. El allegro assai me sacude y pone las cosas en su lugar. O como escribiría con más tino mi admirado Donne:
It cannot be/Love, till I love her that loves me.
Los siete minutos y medio bastan. Respiro y como hombre nuevo, regreso a la tarea. Eso sí, lamentando no haber podido pasear junto a Ludwing.

Veo que la música te produce efectos parejos a los que me causa a mí; sin embargo yo me nutro del Requiem de Mozart (“kyrie eleison”) o, en los escasos momentos en que me siento colmado de fuerza, del “Nessun dorma” (“all´alba vinceró”). Quizás debieramos cambiar esos alimentos por los de la “Krönungsmesse”. El alemán, como mucho de lo anterior, es pura petulancia.
Un abrazo “de profundis”.
Algo de ligereza italiana! (a pesar del nombre)
Capona-Sferraina de Johannes Hieronymus Kapsberger, publicada en 1640
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