El anodino tratamiento informativo que se está dispensando a UPyD, nos devuelve estos días un paisaje de luchas intestinas y cabildeos que tratados con amable profesionalidad, engordan el viejo augurio de su inviabilidad. Algo que no debería descartarse, a lomos de un temerario optimismo. No obstante, no hay tanto un peligro, como una amenaza, lo que resulta ventajoso, ya que ese estado admite prevención para que el peligro no acabe por acechar.
El estupor con el que los observadores escudriñan los abandonos –sin justificación ideológica ni política, hasta el momento—se funda en el mito de la unidad del partido. Ningún partido político es uniforme, sus soldaduras son siempre aparentes y efímeras; mientras que las naturales fracturas suele restañarlas la recompensa del poder y en el que no lo tiene, se manifestan toda clase de divisiones. Nuestra historia democrática así lo demuestra y la de todo el mundo lo corrobora, como ejemplo véanse los bandazos del GOP en Estados Unidos.
Por tanto, el asunto tendría mucho interés si se cuestionaran los postulados programáticos del partido, no es así y sólo se escandalizan quienes deben hacerlo: los cínicos. Lo que no quiere decir, que sea inocuo, muy al contrario, desde hace tiempo se sabe que en la arena política no sólo concurren argumentos políticos. No habiendo crisis, en sentido estricto; y repito sería muy interesante que los discrepantes manifestasen concreta y detalladamente su criterio; bueno es crear su apariencia para debilitar a una estructura capaz de superar la barrera electoral y potencialmente decisiva en las siguientes elecciones. Puede que funcione el qui prodest? Aunque no soy partidario de conspiraciones y doy por buena una explicación más sencilla. El escándalo proviene de la ingenuidad, de confundir un nuevo partido de discurso definido, con una corporación de virtuosos, ajenos a las tensiones propias de cualquier organización. Con todo, estas circunstancias se están ventilando públicamente, lo que concuerda con una inequívoca voluntad de regeneración democrática. La coherencia tiene sus riesgos, y uno de ellos es la presunción de que quien se va, tiene nobles razones para hacerlo.
A todo ello contribuye, el irrenunciable discurso de transversalidad de UPyD, que no apareja ninguna ventaja en el terreno electoral (donde la claridad de la etiqueta izquierda/derecha se premia) y que sin embargo ha propiciado ya un cierto reposicionamiento político de los demás operadores. En muchos casos, ha habido un cambio de partido, pero no de ideas. El juego de pares es muy eficaz, por simple, así, cualquier cuestión que se suscite: aborto, privataciones &c.; recibe de antemano una contestación clara y contundente dependiendo de quien proceda. La posición de los dos grandes bloques se adivina, incluso antes del debate. Si hay que empeñarse en un análisis más profundo, cuyas conclusiones dejan de ser unívocas, y las soluciones propuestas son mixtas (al menos, desde la lógica imperante de debate dual); la transversalidad es un problema. Un problema necesario, que con independencia de los réditos electorales que ha dado y en el futuro pueda dar, ya está influyendo en los demás y dificulta mucho la simplificación, es decir, funciona como potente antídoto a la mistificación de la que aquella siempre adolece.
La consolidación estructural de UPyD supone que la transversalidad ha pasado el Rubicón electoral, como en el resto de Europa: los liberales y verdes en Alemania, Bayrou en Francia o el Partido Liberal Demócrata en Inglaterra. Terceros partidos que han dado estabilidad al sistema, es decir, garantía de prosperidad; lo que deja claro las bajas pasiones de los que aquí se escandalizan.

No había pensado en ello, pero puede que tenga razón en lo que comenta sobre la transversalidad y sus duras exigencias no aptas para cualquiera.
Yo había pensado más bien en que UPyD se alimenta de decepcionados de los grandes partidos -por variadas razones-, formando un grupo de ciudadanos más excitados que la media -por tener mayores expectativas políticas-, especialmente proclives por ello mismo a lo que más temen: una nueva decepción -también por variadas razones. Por eso pensaba que la consolidación de UPyD vendrá cuando se generalice entre sus simpatizantes un moderado escepticismo que les haga ver al partido simplemente como la alternativa menos mala. Aunque ese mismo escepticismo es el que se trataba de superar con el nuevo partido. Así que no sé, no sé. Crisis de transversalidad y crisis de entusiasmo. Un poco de todo en este difícil parto.
En fin, me alegra comprobar que tiene las ideas más claras que yo y le mando un afectuoso saludo prevacacional desde el infierno. No sabe cómo envidio el fresco que debe de sentirse por sus latitudes.
¡Cuánto me alegra saludarle! Y comprobar que resiste la severidad del clima, el suyo una fábrica de hombres recios.
Las explicaciones son complementarias, la suya más psicologista (y creo que aquí la psicología social mucho tendría que hacer) y la mía más de sociología electoral. Aunque debo aclarar que como cualquier proyecto político debe aspirar a la mayoría y no confortarse en el espejismo del ‘elegido’. Y para ello, debe llegar ese escepticismo al que usted sabiamente alude. ¿Llegará o no?
Mientras, disfrute del verano y de la familia. Un fuerte abrazo