Cartas babianas (II)

Queridos veraneantes,

El buen tiempo se adhiere a este lado de la montaña con irremisible voluntad. La mitificación del paso es inevitable. El día es inmejorable. Al igual que uno al descolgar el móvil siente la necesidad, o tiene el escrúpulo de decir dónde está; a mí, al echarte esta carta me ocurre lo mismo. Si resultara pesado, discúlpame y si por el contrario sintieras curiosidad, no pospongas una visita.

Me tienta la cursilería, y escribir como si nadie me leyera: que el tiempo aquí se detiene. Algún despiadado lector, de juicio tan rápido como agudo, me detiene. Eso es la prudencia, tan difícil de hallar exenta. Y sólo cuando se da apartada de las consecuencias de su ausencia, puede tomarse como virtud.

El que no lo escriba no quiere decir que no tenga esa sensación. Me inclino a pensar que se debe al silencio, a oír sólo  un rumor asilvestrado que invita a  quitarse el reloj; aunque no (y es pronto para las confesiones) a desconectar el teléfono. Los ruidos imprimen velocidad.

En la oficina el ruido constante de alguna instalación, seguro que bendecida por AENOR y sus ISOS, nos convierte en la lenta digestión de un depredador supremo. Y esa velocidad impide pensar; hay dos condiciones para que pueda pensarse: la lentitud y la compañía (alguna idea contra la que pensar).

En este lugar, lo difícil es hacer algo sin pensar. Es más, es imposible no estar dándole vueltas a algo, sopesar causas y ponderar efectos. Quien dice poder conseguirlo miente. No considero extraño que haya que mentir para evitar ser un pensador, categoría más escuálida, diría yo, que la de intelectual; pero no por ello menos grave. Todos rehúyen la gravedad, y yo el primero.

En realidad quería hablarte del mes de agosto de 1789, pero la cogitación se ha hecho demasiado larga y el corral (como aquí se conocen los jardines y patios) me llama. Ya habrá tiempo… sobre todo aquí.

Cuídense.

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