Queridos veraneantes:
El cambio de mes ha traído la tormenta. Aquí, cuando el tiempo se embosca, no hay esperanza posible: se acaba el verano. En un verano caben mil veranos. En tardes como esta, la influencia de los meteoros en las personas es un tema recurrente y propicio. Si no fuera porque tengo somnolencia, y ganas de cambiar el principio de mis vacaciones (por ceñirme sólo a cambios mínimos), me precipitaría al juicio rápido e intrascendente de siempre, pero no estoy de humor.
Me resistiré a que el sueño sobrevenga, y en ese ejercicio acabaré soñando y es lo peor que puede suceder, quedar traspuesto y soñar. El despertar, siempre enojoso, se vuelve turbador, porque hasta que transcurran unos minutos creeré que estoy en aquel lugar con aquella compañía. A medida que cobre conciencia y me vea donde realmente estoy, mi mal humor aflora y es incontrolable. Por cortesía me reporto. Olvidaré la siesta.
Estos días volvemos a enredarnos en justificaciones y en vez de ver, a los asesinos tal cual son, pensamos en malditos cumpleaños. No aprendemos y no tengo la seguridad de que estemos convencidos de lo que realmente son. Sin saberlo, estamos venciendo. Devastador.
Vendrán cartas mejores.
Cuídense.