Queridos veraneantes:
Como estaba previsto, el tiempo ha dado hoy su mejor cara, la Castilla, secadero de los asturianos. La culpa de mi estancia aquí, la tiene exclusivamente un campamento Junior, al que mi padre asistía, estas calizas le fascinaron y aquel gusto marcó nuestros gloriosos veraneos. A mí no se me ocurriría hacer una casa en mitad de la sierra madrileña, persiguiendo los magníficos recuerdos de aquellos campamentos de bolsillo. Y no por el paraje que es extraordinario, sino por la persecución. Estoy seguro que no saldría bien.
Además de veraneante (a mucha honra), ahora soy turista interior. Esa nueva clase de turismo que se me antoja soberanamente aburrido, pero que distingue a quienes lo hacen. El turismo interior nació con la emigración rural, pura necesidad, los hijos de los obreros emigrados eran privilegiados, sus camaradas de ciudad no podían escaparse, en un tiempo sin piscinas municipales y sin dinero para bicicletas. Ahora, a base de precios prohibitivos y paquetes cool se ha convertido en un lujo. Nuestra primera industria ha tenido que emanciparse de la idea de sol y playa, e intentarlo con el turismo interior, de menos éxito.
La playa recuerda vagamente al estado de naturaleza, y cada vez más; eso explica su poder de convocatoria por encima de otras consideraciones.
El caso es que he estado secando, y espero poder hacerlo durante los siguientes días. Hasta ahora, estar blanco como la leche, era signo de aplicación y consideración social. Sin embargo, en estos momentos, resultaría sospechoso, y como sabes muy bien, no tengo ninguna inclinación por el A.R., es decir, por empolvarme el rostro e ir a danzar a Viena, como si nada hubiera pasado.
Cuídense.