Cartas babianas (VI)

Queridos veraneantes:

Es mediodía y hay sol y nubes. Me las prometía más felices. Desde que los veranos se acortaron, no los hay como los del escolar aplicado, urdí una imaginaria hipótesis que creo que se está cumpliendo, lo que no deja de inquietarme.

El mes de agosto, con los años, veintitantos años de observación son buena muestra, había dejado de ser aquel mes garantizado. Se desataba una intempestiva brisa que dificultaba jugar a bádminton; por las noches, el fresco de la montaña se convertía en frío. Así era como mi cabeza reaccionaba contra la privación. No tenía la menor intención de convertirlo en hipótesis empírica, y si lo repetía en público, era para convencerme. Sin embargo, me doy cuenta que la realidad ha convertido a agosto en un mes climatológicamente azaroso.

Resuelto el expediente del tiempo, quiero decirte que en este pueblo está garantizada la continuidad generacional. Como todas las generaciones, nosotros creímos que tras la nuestra, el desierto. Fingíamos no ver a las pequeñas, y en todo caso, después de ellas nada. En cambio las bicis siguen enjambrándose de un lado a otro, y las mismas aventuras de siempre acontecen en el pueblo. En otra carta anterior, hablaba del estado de naturaleza y la playa; quizá sirva para los adultos, pero para los pequeños, la libertad del pueblo es inigualable. Si se lo preguntaras, no cambiarían este verano por nada. Nosotros que ya sabemos lo que es la caducidad, les podríamos decir que esta misma tierra será un lecho de aburrimiento, o una encrucijada imposible entre lo que uno fue y quien es. Están lejos de saberlo. Además, los paralelismos sólo los ensambla la nostalgia, quién sabe realmente lo que piensan de este verano. Es indudable que están mucho más separados del medio físico, tienen móviles, videoconsolas que sirven para todo, ordenadores, películas que ven tantas veces como quieren en cualquier dispositivo de mano; saben que Australia está lejos, pero que pueden pasearse por ella en cuestión de minutos sin moverse. No reciben cartas postales, y por tanto no se exasperan con los retrasos del correo. A sus novietas  les escriben diariamente media docena de sms y les dejan decenas de llamadas perdidas. Por eso, aunque vayan de un lado a otro, siguen en el mundo y su mundo, con toda certeza es que el que acarrean en su bolsillo. Nuestros veranos eran, en realidad, otro mundo, y las novias debían ser otras, o no tenerlas. Escribíamos cartas compulsivamente en las que nos contábamos nuestros veranos y pegábamos la efigie del Rey.

Diríase que el pueblo no se acaba. Pero es mentira, los pueblos se extinguen con uno, y en eso tienen razón los niños; cuando se tapan los ojos son invisibles y cuando duermen todo se detiene. Sólo los padres tienen derecho en pensar en la posteridad, y con moderación, porque aún vivos, pronto, la fortuna y desventura de sus hijos no dependerán de ellos. La diferencia entre el final (inapelable) y la extinción (paulatina).

Fin de la plática.

Cuídense.

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