Cartas babianas (VII)

Queridos veraneantes:

El día estuvo bien hasta las cinco, momento en que se preparaba una tormenta que aún no ha basculado. Como puede observarse, se cumple mi teoría.

Hoy es víspera de la fiesta patronímica, y en otro momento esta inestabilidad me traería en vilo. Sin embargo, para mí, mañana jamás tendrá derecho a ser fiesta, así será, aunque incurra en desacato. Tampoco te enviaré la carta. Lo que no te importará, porque a estas alturas, no creo que nadie digiera, ni tú tampoco, estas líneas torcidas al ritmo en que se van sucediendo. Quizá un oficinista aletargado o constipado por el aire acondicionado, las use para demorar su quehacer. Habría cumplido mi incierta misión.

En estos pagos, las fiestas no se adaptan al calendario, ni éste forcejea con ellas. Son el día estipulado, caiga quien caiga. La recogida se supone que ha acabado y por tanto, no hay cuidado.

Lo que si noto para consternación de la especie, es que la afluencia de veraneantes se contrae a lo que podríamos llamar la ‘Semana Grande’. Temo por nuestra extinción como categoría, y eso son palabras mayores. ¿Qué haría esta tierra sin veraneantes? ¿y qué haríamos nosotros despojados de esta condición? Por un momento llegué a pensar que que lo seríamos todos, fundando una utopía íntima que como todas, son lastradas por la realidad. De ahí, a desaparecer, o lo que es lo mismo a habitar una semana, lo que exigiría un nuevo bautizo. Porque si en algo se caracteriza nuestro estado, es en la estabilidad, sé muy bien que preferirías inmutabilidad, pero créeme si te digo que no nos conviene.

Cuídense.

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