Queridos veraneantes:
Podría decirse que hoy el tiempo resulta del todo engañoso. En apariencia, luce por momentos el sol, pero en verdad, sólo puede estarse fuera con jersey. Una constatación más de que la clemencia veraniega está en horas bajas.
La lluvia ha respetado a la celebración, algo que los sabios supieron, al ver oculta a Peña Ubiña por la bruma, infalible indicador de que no llovería.
No sé si hay un ensayo sobre las formas de diversión de nuestro tiempo. Si lo hubiera, sería imposible que pudiera pasar por alto este tipo fiestas, que aun siendo vestigio de las romerías (de gaita y tambor), han tendido a la sofisticación (orquestas y discotecas móviles). Son las fiestas de prao, que resisten a duras penas tal denominación. El centro del encuentro social, ha sido ocupado por el alcohol; la música en vivo o enlatada sirve de acompañamiento, pero la disolución del baile académico es evidente. Sabes que agradezco su desaparición, y que por su muerte no me enlutaría, porque conoces muy bien lo torpe que puedo resultar en movimiento. La ventaja personal no me ciega, y lo sitúo como un retroceso social, al fin y al cabo, el baile es un acto reglado que convoca como todos los de su estirpe a la certidumbre. El alcohol vale en sí mismo, es decir, ni siquiera sirve a una supuesta desinhibición; en una palabra, deja de ser medio; tesis que abonan las cantidades consumidas.
Este tipo de fiestas, a las que podría suponerse mayor fecundidad en relaciones individuales, no suelen alcanzar tal objetivo, porque, con carácter general, son los mismos individuos quienes asisten. La renovación es mínima y casi siempre hay un marcador gregario previo; pertenencia que a su vez, operará como requisito para actuar. En definitiva, la fiesta se convierte en lugar de destino, o mejor, en un predestino condicionado de antemano.
Pasa una hora y media de las doce, y estoy tan despeinado como si hubiera tomado parte en una fiesta que no sea la fiesta ontológica que te he diseccionado.
Cuídense.