Queridos veraneantes:
Luce el sol y la jornada será la propia de un día de agosto. Aunque por las noches, como advertencia, ya hiela. En este lugar, los ciclos naturales se retrasan, la primavera tarda en entrar, cuando es una estación de natural tempestuoso. Sin embargo, la acumulación de retraso es tal, que el verano nunca llega del todo.
Ayer no pude franquearte la carta, y no fue ni por falta de tiempo ni de cobertura; más bien sentí la pigricia propia del ocioso, me entretuve con otras cosas. Además, el día pasó muy rápido, la visita de L. y N. hizo que de la una a las ocho no mediara nada. El tiempo pasa rápido cuando uno desearía su lentitud. He aprendido de ellos muchas cosas, que sería imposible desgranar aquí. En resumen, la lucidez es un bien escaso, encontrarla en una pareja de amigos resulta entrañable y digno de admiración.
Mientras que desayunaba mi café americano manchado de leche, mojando galletas ‘María’ de dos en dos, tomé el suplemento de esta semana con la intención de mirar los santos y poco más. Este artículo sobre ‘El arte de pescar pareja’ llamó mi atención, el tema es una de esas serpientes de verano, una metáfora tópica cada día más próxima a la realidad. Aún no he leído a Fromm y su canónico libro ‘El arte de amar’, pero sospecho que todo lo que en este giro se escribe se alimenta de él.
En algún momento uno repara en las capturas perdidas, no obstante es peor pensar en aquellas no emprendidas. Respecto de las primeras, el periodista Miralles dice: “merecería la pena plantearse el porqué de este autoboicoteo, ya que la persona que elige mal una y otra vez se obliga a fracasar inconscientemente. Detrás de este tipo de inercia puede ocultarse el miedo a vivir el amor en toda su intensidad.” Este fragmento constituye un pretexto que todos los singles del mundo deberíamos retener. Nuestra sociedad donde no hay peligro suele inventarse un miedo.
Como no eres muy propenso a seguir mis enlaces, te transcribo la conclusión del artículo para que hagas con ella lo que quieras:
Para atrapar a un compañero con el que compartir nuestra pecera es conveniente aprender a pescar en aguas profundas. Tal vez la captura se demore un tiempo y nos vayamos a casa más de una vez con el corazón vacío, pero el pescador sabio sabe que la pieza más preciada, el amor de nuestra vida, suele llegar cuando menos se espera.
El día acaba de pasar con toda rapidez, hoy la visita de parte de la familia que crece nos ha puesto contentos. Es una alegría ver al pequeño A. despertando en su primer verano y anunciando que esto va muy deprisa; quizá demasiado.
Mañana comienzo el ejercicio, inercia que pretendo arrastrar hasta el invierno o hasta el primer “imponderable” que me desmienta.
Cuídense.
