Queridos veraneantes:
El anticiclónico sol de las Azores impide que suba, tome el ordenador y te escriba a diario. Ya se sabe, en este país se toma la pluma o se inviste al teclado cuando hay algo de lo que quejarse, o tiempo para inventarlo.
A pesar de lo que yo podría sospechar, ahí fuera, en el mundo, cada vez hay más personas que escogen trabajar en agosto. Se rebelan contra la costumbre, y del mismo modo que han ido dejando de ir a misa, prefieren disfrutar sus vacaciones en mayo, junio o septiembre. Es como si nadie tuviera hijos o si estos hubieran dejado de guiarse por el curso académico. También puede ser que los hijos hagan por su cuenta las vacaciones, dando descanso a la institución familiar. El caso es que la apariencia de que en verano todo paraba, no la percibo. Sólo quedan fieles al agosto feriado los Tribunales y que dure. En consecuencia el suplicio de trabajar en este época, salvando la envidia de no tener lo que no se tiene porque ya se tuvo o se va a tener, se desvanece y hay quien canta sus ventajas. Las escucho al sol y a pierna suelta.
En estas vacaciones sólo me he traído, por si fuera poco, a Michelet (‘Historia de la Revolución Francesa’) y no me resisto a copiarte aquí, una soflama que los españoles deberíamos haber escrito a Fernando VII, se adelantó el inglés Payne trabajando, en 1791, por la causa revolucionaria:
Acabamos de experimentar que la ausencia del Rey es mejor que su presencia. Ha desertado, abdicado. Jamás devolverá la nación su confianza al perjuro, al fugitivo ¿Qué importa que su fuga se deba a él o a otro? Embustero o idiota, resulta de todos modos indigno. Nos hemos librado de él y él de nosotros; es un simple individuo Luis de Borbón. Francia está segura de que no se deshonrará por su seguridad. La monarquía ha concluido. ¿Qué vale un oficio entregado al azar del nacimiento, que puede ser desempeñado por un idiota? No es nada, una nulidad.
Después de esto me resulta muy difícil continuar la carta. No puede defenderse con más aplomo la causa republicana; que nunca lucha contra la corona sino contra quien la ciñe. Los buenos reyes sofocan el republicanismo con la misma eficacia, que el pan al hambre.
Contigo no puedo disimular, y en esta última línea te confieso que no tenía ni idea de la Revolución Francesa.
Cuídense.