Queridos veraneantes:
Los meteoros han decidido desmentir aquella teoría mía. Luce el sol, como corresponde a Castilla en agosto.
He perdido la regularidad en nuestra correspondencia, unilateral, por otra parte; a medida que he implementado mis rutinas veraniegas. He tardado demasiado en acostumbrarme y eso que he decidido que estas vacaciones tuvieran un tono más de retiro que de actividad. Después de tantos ajetreos, algunos hondamente tristes, suponía que me vendría bien detenerme y repasar. A alguien de tendencia conservadora como yo, esto no le resulta muy meritorio.
Este desliz, reclama una aclaración por mi parte; aun cuando tú sepas bien alcance de conservador. Si rescatamos el término del exangüe argot político, adivinarás que cualquier persona no predispuesta a las novedad, aunque no opuesta a ella, es un conservador. Digamos, que alguien reacio al cambio; lo que resulta difícil ya que, socialmente, el cambio se asocia, ridículamente a lo bueno. En su favor, debe decirse, que cuando entraña adaptación no sólo es bueno sino imprescindible. Por consiguiente, alguien que se siente seguro en la estabilidad debe ser tildado de conservador.
Estos días de silencio epistolar me he puesto muy contento con el nacimiento de R. Ya tengo amigos que son padres, y esa circunstancia acaba por interpelar a uno. Supongo que estas preguntas se arremolinan en torno al inminente cambio de década, aunque creo que sólo es un débil pretexto. En una sociedad dominada por la hipercorrección, buena es la coartada que nos otorga cierta naturalidad.
Desconozco si mis cartas consiguen distraerte, o si las lees con escepticismo o aquejado por tu ilimitada curiosidad. En cualquier caso, ya no dispones de mucho tiempo para responder y así te lo hago saber.
Si hubieras vivido en Francia en la década del noventa del siglo XVIII, ¿hubieras sido girondino o jacobino? Creo que te habrías escapado de este dilema y que a pesar del severo juicio que nuestros ojos te dispensarían hoy, te hubieras decantado por Lafayette, un héroe y un hombre de orden. No habrías dejado de ser conservador, más partidario de la reforma que de la ruptura. Un hombre de esos, a los que la Historia suele motejar como templados, porque pocos la escriben como Michelet. Templado o no, léelo.
Cuídense.