Cartas babianas (y XII)

Queridos veraneantes:

 

El verano ha concluido. De hecho, escribo esta carta fuera de Babia, de vuelta a la rutina. Me he procurado un día de respiro, antes de la definitiva vuelta al cole.

Como ya sabes ha sido un verano deliberativo, apartado de cualquier plan que no fuera el libre albedrío, escapando de las nuevas circunstancias de uno mismo, como si se pudiera. Sólo si aparecieras de pronto, no dejaría de contarte, pero no es posible.

No hay mucho: sol, bicicleta, Historia de la Revolución Francesa, bádminton, gimnasia y paseos al atardecer (era la primera vez que paseaba por pasear, abandonando todo escrúpulo utilitario).

No obstante, ayer he tenido un día tonto, muy tonto, y como si mi cuerpo presagiara el desenlace de estas vacaciones de burgués, sólo me pedía que me tendiera en uno de los dos sillones verdes y me dejara hacer por la tele. No pude defenderme, en aquel instante, levantarme era una remota y costosa posibilidad, contemplada únicamente para ir al excusado, y sólo antes de reventar. Inerme como estaba, me puse a ver todos los programas de cotilleos, juzguen por sí mismos:

Una pelea entre la ex de un torero y su actual esposa, matrimonio sobre el que, a su vez, se posan nubarrones que dan mal  fario. En realidad, todo son elucubraciones, insultos (arrojados sin el menor cuidado) y chismorreos que consiguen, sorpréndete, apoltronarme más. Por momentos, no sé si estoy en el salón de mi casa o en una imaginaria sala de interrogatorio en la que de un momento a otro entrará un hombre descomunal; pienso que me han puesto la tele como sucedáneo del suero de la verdad. Cantaré, a cambio de que me devuelvan la facultad deambulatoria, para irme. Mi situación era tan angustiosa que no hallaba en el mando el dos, única salvación posible: los animales.

Ponen un vídeo en el que un invitado dice a una de las periodistas que le preguntan, cosas que sin ser un especialista en Derecho penal, bien servirían para ejemplificar el delito de calumnias. Siempre a salvo de la exceptio veritatis, es decir, que el impávido torero (no puedo dejar de pensar: ¡madre mía!, cómo está el mundo taurino), traiga las pruebas de lo que dice.

Después de horas,  consigo moverme, desentumecidas las piernas salgo desorientado, dando vueltas a lo que me acabo de tragar, con mucha facilidad, es decir, con mucho gusto. Me palpo, dudo de mi integridad, y archivo lo visto como munición para sobrevivir a cualquier conversación.

Al tiempo que te escribo esta última carta estival, aterrizo en una de esas redes sociales. Virtualmente equivale a una visita indiscriminada a amigos y conocidos, a través de un escaparate que algunos de ellos deben de juzgar opaco, a tenor de lo que escriben. También me sucede a mí aquí, así que no hay cuidado. Supongo que cuando se lean dentro de un tiempo, se espantarán; aunque sólo sea por haber pensado tanto y no dejar de hacerse preguntas retóricas. En alguna parte de esto de internet, pondrá en letra pequeña: «virtual no significa invisible». Pero no lo leemos, quizá porque estamos hasta el moño de contenernos, por muy aconsejable que siga siendo en muchos casos.

Con todo, espero que hayas podido ver la foto del perfil de la pequeña. Habrías sonreído satisfecho.

Cuídense.

2 comentarios a “Cartas babianas (y XII)”

  1. María dice:

    yo si que sonrío sastisfecha. Me gustó mucho esta última carta.
    Un beso gigante y feliz vuelta al tajo.

  2. PILAR dice:

    …este viernes, de camino a casa recordé tus cartas…Me han destinado a Degaña y pasé por Babia para venir hacia Oviedo..
    Sigo leyendo tus entradas, escribes como los ángeles.
    Un beso

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