La disidencia española

La interpretación psicologista, según la cual, todo desplante presupone una frustración propia; se impone inopinadamente sobre las insolubles discrepancias que llevan al abandono. De este modo, el débil cauteriza la herida: “los que se van son traidores”. Los disidentes, persuadidos de que su opinión ni siquiera es atendida, se refugian en los tópicos y no suelen señalar de forma expresa los motivos que les hacen abandonar el grupo. Aluden a que sus ideas persisten y allá donde vayan les acompañarán. Las ideas por sí mismas no se realizan, de ahí que en la democracia sea sumamente importante cómo y quién las lleva a cabo. Faltan más críticos consecuentes.

El artículo del profesor Peces-Barba abre este debate, en los límites de la estricta corrección política. Y la renuncia de Jordi Sevilla ilustra el fenómeno.

Hay algo más, la cabal discrepancia resulta un privilegio. Los que se van, son los que tienen a donde irse. No es difícil pensar, ni tampoco conocer, más casos de incomodidad íntima que sólo se soporta por razones de supervivencia (el político famélico).

La hegemónica interpretación al principio aludida, es comúnmente aceptada y muy difícil de combatir. Sin embargo es mucho más plausible pensar que la frustración (la caída en desgracia) se deba a la inmunidad argumental con que se blinda el discurso oficial. A medio plazo este postulado será ridículo, y podrá comprobarse leyendo las desesperadas defensas que hoy se escriben y los miles de blogs en primer tiempo de saludo.

El disidente es traidor por desobediente. La disciplina suele ser otro poderoso motivo para la contención de la crítica, o para que estas se limiten a juegos de salón. En una sociedad libre, este tipo de obediencia sólo casa con el miedo reverencial, con el caudillismo ideológico.

Por tanto, discreción y disciplina suelen acompañar a la disidencia española. Si esta tiene la calidad de la que de forma incesante se está manifestando en nuestros días, sus efectos, no obstante lo dicho, tardarán en manifestarse, pero serán inevitables. Aunque la gran tribu tenga la tentación de ignorarlos.

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