Escribir por encargo es el privilegio de quienes lo hacen a sueldo. En cierto modo ese es mi trabajo. Estando ya ejercido comienza a resquemarme la trampa de mi propia cháchara. Ellas siempre tienen razón. La pragmática lucidez con que las niñas se desenvuelven. Me desvío como siempre, y de momento, no quiero. Últimamente me han hecho dos encargos, los acepto de buen grado. Empezaré por el primero, la crónica de un cumpleaños. Cuando uno tenía tiempo —y no le daba importancia— la hubiera escrito espontáneamente; y en realidad de eso van los cumpleaños del tiempo.
En el centro, una cena deconstruida, ningún alimento sabe a lo que representa. Minimalismo y delicia. Todos los personajes esparcidos en derredor aventando cuentos y conversaciones insólitas. De lejos no hay duda, es un experimento. Personas que sólo podrán encontrarse en esa mesa, esa noche, esas horas. Sin orden del día. Por delante sólo comida y conversación. Funcionó, no hay reunión que bajo su convocatoria descarrile.
Con tales auspicios la anfitriona consiguió su objetivo: cumplir treinta años. La cosa no es fácil. Al fin y al cabo, sólo se trata de cambiar la primera cifra. Un cambio cada diez años da pereza. A la salida de esa noche, se descubre la velocidad con la que el tiempo pasa. La buena compañía, aunque sea accidental y extraña, hace que las cosas vayan endemoniadamente veloces. Profundidades las justas, pero esta década es la de la rapidez, el primer acto del nudo, y eso se nota desde el comienzo.
En los discursos, con la solemnidad que impone la presencia de autoridades, quedó traslucida la personalidad de la cumpleañera. Detengámonos, no en su contenido, sino en el hecho de que en un cumpleaños haya discursos. Esa es la perfecta marca del grupo. Con los últimos restos de tranquilidad de los veinte, a las tres laudatio respondió la chica de la noche, exhibiéndose tal cual, con una franqueza ya imposible de encontrar. Si la inocencia no estuviera tan desacreditada, no hubiese sido hollada por la mala conciencia de los incapaces de ella y no se hubiera confinado a un frío día de bromas; el discurso-respuesta sólo cabría calificarlo como inocente.
Apenas nos hemos sentado y tenemos que levantarnos; el rito de la nocturnidad —cada vez más ajeno a mí—. El tópico de que en la noche se confunde todo, se cumplió religiosamente. A salvo queda siempre el cambio de impresiones con N. Transformados todos en personajes danzamos y nos tanteamos, cada uno a su manera.
Como siempre, se hizo tarde prematuramente, no en vano ya había entrado en los treinta. En los inocentes años treinta.