(Segundo encargo)
Regreso al interior de Estados Unidos, siempre a lomos de Henry James, es inevitable. El interés es saber cómo van las cosas, las últimas noticias las tomo de Pérez Colomé. El recreo se ha acabado.
En Cincinnati a las cuatro de la tarde hace frío, dos o tres grados bajo cero. Las aceras están nevadas y eso que los operarios municipales limpian sin descanso. Hace poco que ha parado de nevar. Esta ciudad se ha fundado sobre la memoria de Lucius Quinctius Cincinnatus, un dictador romano, que salvó a Roma y volvió al arado. Su imagen debería ser el contrafuerte de todo despacho oficial. Ha dado al vigésimo tercer Presidente, Benjamin Harrison.
Las indicaciones han sido claras, pero como siempre sobre el terreno me pierdo. Vengo de la calle Elm, donde me he fotografiado delante de la imponente fachada del Music Hall of Cincinnati, he atravesado el Washington Park, y por fin encuentro el Courtyard Café en Main Street.
Me quito los guantes y oteo en qué mesa se encuentra Rachel Sullivan. Después de los saludos, y pedir un café caliente con galletas (o algo así), mientras ella lo transmite al joven camarero, yo miro alrededor.
—No es un milagro, es un político —me espeta, como contestación a los correos electrónicos cruzados. —Tenía que haber dificultades y las está encontrando, nadie dijo que fuera fácil ni rápido.
Habla del Presidente Obama, y Premio Nobel de la Paz, a la sazón, como pensamos muchos, el primer Presidente del Mundo. Así que yo niego la mayor, es un milagro. Todo el mundo espera que las soluciones provengan de él. Le piden que se olvide de los específicos intereses norteamericanos y administre el mundo. Eso sólo se pide al Papa, y Su Santidad nos bendice: Urbs et orbi.
Sonríe. Una sonrisa amplia y distraída, con la que toma distancia o carrerilla, para recordarme que así sólo se le ve en el extranjero. Antes de que le replique: ¿qué es el extranjero? ¿de qué frontera hablamos?, sus manos se abrazan a la taza de café. Aventuro que ha dejado de pensar en nuestra conversación e intenta recordar si le queda batido en la nevera. Lleva el pelo recogido en una cola alta, atada por una goma disimulada por el propio cabello. Da un coletazo, porque gira bruscamente para volver a la conversación (no tiene que pasarse por el súper).
—Nos preocupa el seguro médico, y lo está consiguiendo.
Posiblemente sea la reforma estructural más importante en mucho tiempo. Volvería al milagro, pero me quedo en la astucia, o en la audacia, da igual. Las empresas políticas costosas deben hacerse al principio, y así lo ha hecho. Ha tardado un año en conseguir la mayoría de 60 senadores, aunque pueda perderla en el siguente. Con todo, el objetivo está cumplido.
—Está cerrando Guantánamo.
También lo habría hecho McCain. Lo que no desmerece a esta Administración, aunque sí, e inevitablemente a la anterior. Un contraste grotesco.
Nos adentramos en un debate sobre la proporcionalidad de las decisiones políticas. Lo que nos lleva al terreno de las guerras justas, principio proclamado por Obama al recoger el Premio Nobel de la Paz. Ahora soy yo el que se despista, de pronto me doy cuenta que a pesar del frío, a Rachel una vez desprovista de su plumífero, le basta un fino jersey de lana de cuello de pico, azul marino, sobre una camiseta blanca. Aquí atizan el fuego sin cuidado. La miro entregada en la defensa del Presidente, y no digo nada. No quiero acabar hablando de Copenhague.
Me acompaña hasta el taxi. Antes de cerrar la puerta, concluyo: he’s a miracle worker, we know. Sonríe y agita su enguantada mano. Hasta pronto.
Espero que Pérez Colomé esté en lo cierto al confiar (no ciegamente, y qué bien hace) en la disposición de Obama a decir abiertamente lo que piensa. Aunque sabemos que un tipo verdaderamente sincero siempre sabrá reconocer que mentirá llegado el momento.