Pax socialis

La paz social ha concluido. La paciencia está colmada. La rendición ha sido amortizada. La contestación sindical siempre fue más virulenta con los compañeros de la izquierda. Por oportunidad o por miedo, los sindicatos suelen avenirse rápido y bien con los partidos de la derecha. Su renuencia a derribar a gobiernos despiadadamente liberales o conservadores es directamente proporcional a la alegría con que hacen lo propio y sin esfuerzo con los camaradas. Hay cambios que sólo puede hacerlos la izquierda. Sólo este gobierno (o cualquier otro de su mismo género) puede hacer que trabajemos hasta los 67 o exigir más años cotizados. Cosas que nunca, por miedo o por interés, hará la derecha.

La paz social se asienta sobre esta clase de tópicos. No es descabellado defender la vigencia de alguno de ellos. Y sobre todo, no es posible negar que funcionan bien electoralmente. El elector, por miedo o por conveniencia, necesita justificar su voto, ya sea con el espejo, con su pareja o con los compañeros de trabajo. El voto nunca es secreto.

La paz social ha soportado los primeros, y nada leves, embates de esta crisis. Puede que extrañara el papel de las fuerzas sindicales, su silencio. El gobierno cumplía sus propios designios y achicaba el espacio del reproche. La brecha entre el trabajador y el sindicato amenaza a la paz social. Las bases transmiten su descontento a los cuadros y éstos comienzan a maniobrar.

Queda preguntarse, y es desazonador hacerlo, si en tiempos de crisis es posible la paz social. ¿Es la paz social un lujo propio de los buenos tiempos?

En este caso, sólo ha sido una prórroga.

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