Reforma

Es carnaval. Los caminos están nevados a pesar de los últimos diagnósticos. Sólo la fiereza de la prisa infantil justifica el continuo anuncio de la salida de la crisis. Las profecías han perdido crédito, cuando haya menos paro la crisis habrá desaparecido y no será necesario dictamen que lo advere. Mientras tanto, perdemos el tiempo.

No hemos conseguido sostener el modelo. La fuerza de los hechos consumados nos empuja a imitar a la otra orilla, donde la recuperación tras la debacle es más rápida y donde por cierto, se hipotecan propiedades para costear una simple operación de apendicitis.

La profundidad de la crisis española no se mide sólo en enteros. La generación que gobierna, la primera pagada de sí misma, se basa en la negación de la realidad en sus formas más amargas. El error de la crítica interesada es la demonización individual. Un reduccionismo que vuelve, como si de una fatalidad se tratara a condenarnos. Sin expiación posible.

Antes que cualquier otra reforma, es necesaria la electoral. Los representantes tienen que aprender a sostener la mirada a los electores o en caso contrario, a hociquear humillados.

Un comentario a “Reforma”

  1. Jesús Prieto Sabugo dice:

    No sé si intencionadamente esta entrada explica a la anterior.
    Una solución necesaria que sólo puede hacerse por quien no cree en ella o no la quiere, y quien, en la seguridad de su sótano la defiende, no se atreve ni a mencionarla en público. Pero no es esa la tragedia, sino que unos y otros ahogan –de momento, esperemos- las alternativas; y en eso sí están de acuerdo, circunstancia reveladora de que son una y la misma cosa.
    Ese comportamiento de críticas gruesas y personales rayanas en el insulto me recuerda una ocasión en que llegaron a restaurante lacianiego de mejor mesa que prensa un soltero irredento y varios de sus sobrinos corriendo el asunto por cuenta de aquél. Cegados por la alegría, desprevenidos por alguna ronda en la plaza y azuzados por su voracidad decidieron –si puede hablarse de decisión en tan primitivo impulso- saciar su apetito a base de marisco, mayormente langostinos. Tras culminar el festín con postre, café, chupito, puro y, probablemente, unos cubatas –digan lo que digan sentado se pasa mejor el tiempo que en pié- el generoso tío pidió la cuenta, también conocida en aquellos predios como “la dolorosa”. Y a fe que lo fue. Aquél trocito de papel devolvió al convidante a la prosaica realidad del dinero, menos suculento que su contravalor en viandas. Despertó pues el cliente de su sueño de tinto y gamba para caer en el aturdimiento del pago que inmediatamente debía afrontar. Entre sueño y modorra fue admirable que lograra, en pocos segundos además, idear una artimaña para salir del trance con su economía indemne. Se inclinó sobre la mesa indicando a sus sobrinos que se acercaran para recibir la proposición y les susurró: “¿y si nos ponemos a pelearnos para que nos echen y así no tenemos que pagar?”
    No se engañe: no se critican para atacarse, meten ruido para que les dejemos tranquilos y puedan seguir hartándose en paz.
    Un abrazo.
    P.d: El agudo plan de aquella noche no se llevó a cabo. Los sobrinos, más preocupados por su fama que por la bolsa de su tío no se avinieron a ejecutarlo.

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