Ayer Muñoz Molina se quejaba de la palabrería en su oficio. En el mío es moneda corriente. El gremio suele medir la potencia del argumento por la longitud de la frase. El amable y paciente lector sabe mi opinión sobre la cháchara que nos gastamos. Un ejemplo de ello puede ser este blog.
La cuestión es crear un estilo propio, preciso y limpio (ppl). Y el trabajo será ímprobo.
En cierta ocasión, en un juzgado de la capital leonesa, un ilustre magistrado reprendió a un palabrero abogado con un tajante “abrevie letrado, que para decir berza no hace falta andar el huerto entero”.
La palabrería y la ciencia jurídica; cuánta confusión entre ellas.
Un saludo.
La cháchara del picapleitos es odiosa y ha inundado la política, que está llena de picapleitos de cháchara. Así que me aplico el cilicio, pero maldigo también a su contrario: esas sentencias que resuelven el asunto con el encargo de que averigües el porqué del sentido del fallo. Te dejan añorando cháchara.
(Perdón, no puedo evitar personalizar. Llevo mis memorias a cuestas).