Salís todos

La casualidad es la causa remota de la amistad, que nunca muere gracias a las excusas. El concierto del sábado era uno de esos pretextos para juntarnos. No importa el lugar. La conversación acabó recayendo en este blog, por ningún otro motivo que no fuera el interés de M. por distraer nuestras preguntas sobre el destinatario de su batería de sms. Lo consiguió parcialmente. Todos convenimos en la necesidad de una teoría general sobre el mensajito. Desconozco si se fraguan negocios de este modo, de lo que no hay duda es que muchas relaciones empiezan, flotan y se ahogan en el angosto espacio de 160 caracteres. Además de la degradación ortográfica y morfosintáctica —denunciada ad nauseam—, con el mecanismo ha aflorado una prosa breve, en la que por primera vez, se ventilan cosas graves. Importancia y extensión ya no van de la mano, léase TQM  y sálgase de dudas. Sin haber averiguado nada sobre la misteriosa identidad del destinatario, percibimos “algo” en estado embrionario, como la canción, el tiempo lo dirá.

La gran J. acudió por primera vez a una cita fuera del circuito. Lo que nadie creía posible, y muy gratamente sucedió. Mucho antes de que todos los nuevos snob —redundancia a parte— se reclamasen políticamente incorrectos, ella lo fue, no para traer discursos de contrabando, sino para llamar a las cosas por su nombre. Ya podemos confirmar nuestras sospechas: la noche tampoco puede con ella.

Alguna vez he dicho que la promoción es la unidad de destino del funcionario, la mía queda a buen recaudo en el Tridente. Un nudo de lealtades y complicidades. A pesar de que cierta información sensible llegue a destiempo participo de la infinita alegría de A&T. La excusa del concierto fue la trampa que sin saberlo, M. me tendió a través de B. Pagada con creces por su compañía y por la delicadeza de la que sólo los poetas son capaces, así lo atestiguará siempre el disco (toc, toc, toc, tocando a les puertes del cielu…).

Si la tranquilidad tuviera nombre sería A. quien llegó acompañado (por I.) y es ley del grupo que quien viene una vez puede hacerlo siempre.

L. y N. pronto dejarán de ser dos, e inexorablemente el grupo crecerá. Septiembre, insisto, es un buen mes para hacerlo. Son la constatación de que el tiempo no pasa, atropella. A la vuelta de la esquina, un pequeño o una pequeña nos lo recordará para siempre. Con ellos ha venido I. y ahora las palabras jamás podrá llevárselas el viento. El Madrid ganaba a su pesar pero resistió estoica y deportivamente la bulliciosa alegría de otros comensales y la inmensa satisfacción de un madridista voluntariamente exiliado como N. —doy fe, con su permiso.

La pequeña M. y J. fueron mis invitados. Observaron nuestra camaradería. Dirán que somos excesivos. Nosotros supondremos que se fueron encantados. J. ha descubierto la importancia del pijama y la maña que hay que darse para abrirse paso en nuestras conversaciones torrenciales. Faltaron P&C que ya saben cómo nos las gastamos, además  P. fue reclamado como perito de novios potenciales

No sé quién me trajo hasta aquí, pero nunca le podré estar bien agradecido.

Debo pedir disculpas a todos mis amables lectores por esta sopa de letras tan entrañable, a la que habría que haber unido a: A., B&J.

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3 comentarios a “Salís todos”

  1. Paco dice:

    Pablo, como tú bien sabes, la amistad, cuando auténtica, rompe la inquebrantable cadena del espacio, e incluso, del tiempo.
    Esa amistad que tanto te esmeras en licuar y cuidar.
    Un fuerte abrazo.

    Pd: espero que me perdones la entromisión cursi ( pero sentida) en tu personalísimo escrito

  2. Paco, intromisión ninguna. Me alegra saber de ti. Efectivamente somos una demostración de que ni la distancia ni el tiempo pueden con una verdadera amistad. Aunque me he propuesto veros (sobre todo al pequeñín) este año y prometo cumplir. Un abrazo muy fuerte.

  3. Paco dice:

    Gracias por no considerarlo Intromisión.