Un invierno lluvioso es el antecedente de una primavera alérgica. La alergia, como la alegría, es cosa de ricos. No porque no corra entre los desheredados, sino porque las enfermedades se clasifican por sus prisas. Aunque también deberá de influir la mayor exposición al mundo de las sociedades ricas.
Al mismo tiempo que el furor del invierno se relaja, volviendo imperceptible al cambio climático —no era creíble que lo pudiéramos observar a simple vista—, desfilarán todos los tópicos sobre la primavera. La alergia es uno de los más nuevos, incorporada a la información meteorológica sugestionará a los millones de alérgicos, que a veces, conseguíamos olvidarla.
Un rasgo de la modernidad es la inflación de avisos de peligro. Detrás de este celo está la exención de responsabilidad y bajo la humana pretensión de escurrir el bulto se encuentran las aseguradoras. Las primas (el dinero) han acabado con la fuerza mayor y el caso fortuito. Quien no está asegurado no es nadie. La vida reducida a un cálculo actuarial, precisamente hoy, un día de tumbas.
