Hacen menguar (o crecer) los días por las noches. Se supone que se trata de aprovechar la luz del sol y ahorrar. Una tímida manipulación de la naturaleza, de la que somos sus primeras víctimas. Cuando aún jugábamos con el margen de la hora prudencial, nuestra rusa favorita nos advirtió de las horas y así con económica precipitación regresamos a la adulterada madrugada.
Hay diferentes teorías sobre el número apropiado de comensales para una cena, distinto, obvio es, del idóneo para los almuerzos. Quienes defienden las formaciones reducidas argumentan que mayor número sólo consigue fragmentar el diálogo. A lo que con la prudencia del inexperto añadiría, que suelen dejar descolgado a alguno de los comensales. La cena de ayer fue la demostración de que una conversación puede ser útil. Conseguimos cenar y cumplir el precepto religioso. Comimos y escrutamos la dificultad de los amores transoceánicos. Sólo se puede saber hasta qué punto el mundo ha cambiado, cuando te lo cuenta inteligentemente una rusa.
La noche acabó en un bar, echando de menos las ausencias y tramando el siguiente plan.

Siempre que se pueda, ¡mesa redonda!
He buscado el rostro auténtico de Franklin, Jefferson, Hamilton, Washington y Adams. Hasta mañana.