Ya tengo las citas. Retratan mis contradicciones a la perfección y el frontispicio debe ser una señal de peligro antes que nada. Mis fuentes escasas y deslavazadas, justo como no deben ser, al fin de cuentas un desordenado. Si tuviera que comparecer ante un tribunal, me pregunto cómo podría justificar a Edmund Burke frente a mis admirados revolucionarios. O la ausencia de mis favoritos Unamuno, Clarín o Kafka por un nada leído Beckett. Escoger una divisa, o dos, es peligroso si se prescinde de los clásicos. También podría haberme decidido por un Pecio del maestro Sánchez Ferlosio y como el Hacedor descansar al séptimo día. Lo que nos lleva al caudaloso manantial de citas bíblicas, que bien podrían haber servido.
