Bucle

El mejor ansiolítico es madrugar un día soleado. Hacer muchas cosas y acabarlas antes del mediodía. El parque está lleno y la gente camina apresuradamente al bosque. El bonancible tiempo recoloca todo. En ese orden cósmico cabe que uno se pregunte por su lugar o que confíe dándolo por supuesto.

Había abandonado la lectura de novelas entretenidas, y ahora que tengo entre las manos Contrarreloj de Eugenio Fuentes, lo lamento. Como haber tardado tanto (desordenado y perdido tiempo) en acopiar el valor suficiente para releer a Lidia Bravo. Hacerlo en alta voz y estremecerme, como si nunca me lo hubiera escuchado: Hay alguien en mí que no soy yo.

Y entre sus páginas encuentro una de mis perecederas cuartillas, titulada ‘Materia’, probablemente escrita en 2007, que inserto sin más.

A veces, ante el espejo desaparecemos abrumados por la física de devolución del azogue. Nos tememos a nosotros mismos y fingimos que hay algo más, y realmente más importante. Pero no.

La distancia entre la nariz afilada y el espejo sólo puede medirse en mitos digeridos y en alguna que otra superchería más obvia que encubierta. No cuentan las evidencias, ni los millones de muertos que pueblan nuestras tierras, ni el atormentado silencio de ida y vuelta. No se nos desvela nuestra propia descomposición, tan lenta como ineluctable. Nos aferremos a su negación comportándonos como criaturas de una creación inverosímil.

Regresemos al matinal espejo donde todo es incipiente y la rutina un deus ex machina que nos salva de un precario par de narices, interpuesto, pero no invisible.

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Un comentario a “Bucle”

  1. Pelayo dice:

    Estoy de acuerdo. Creo recordar que la sensación era exactamente como la describes. (Video meliora proboque, deteriora sequor).