El cansancio acentúa lo mejor de él. Se hunde en la silla con la convicción de que permanecerá lo justo. Ver y oír. Abandona la sala escrutando unas notas, llega al despacho y sin sentarse, repasa unos papeles extendidos por su mesa. Le informan sobre todos los pormenores del mundo. El destino lo ha puesto ahí, no puede remediar pensarlo, y mucho. De no estar en ese gran despacho, ¿dónde estaría? ¿qué habría sido de él? Son preguntas eléctricas que a todos, en un mal momento, nos carcomen. Es la hora y tiene que poner una conferencia con el extranjero; hay que esperar porque aún no está listo el intérprete. En esa soledad ridícula, en la que el silencio siempre vence, vuelve a dar vueltas a cualquier asunto de mal aspecto. Por fin oye la respiración del intérprete que nervioso se confunde de canal y dice I’m ready. Inmediatamente después ya escucha al telefoneado. Las bromas, los circunloquios, el asunto, unas últimas preguntas sobre la familia y llega el momento de colgar. Este tipo de conversación in translation, levanta dolor de cabeza y amodorra.
Le ha dado vueltas durante mucho tiempo. Desde ayer sabe que debe dar la orden. Nunca lo hubiera querido así. En la sala contigua le esperan, aunque él sopecha que le acechan, que son esos cuervos quienes verdaderamente lo han decidido. Se recuesta en la nostalgia de un recuerdo alegre: su destino no era éste, estaba hecho para hacer lo imposible. Envuelto en este desorden nadie podrá reconocerle nunca. Confundirse en la Historia es un cruel y desproporcionado castigo, además, le resulta insoportable. Hace tiempo que en su trabajo no se distingue bien la línea entre la verdad y la mentira. Cuando suba a la tribuna dirá verdades piadosas, su saliva se espesará y su lengua crecerá por momentos hasta ocupar toda la boca. Tendrá que dejar de hablar y peor, de respirar. En la apariencia de las televisiones, se verá a un hombre con postura grave que dice cosas impropias de él. No admitirá preguntas, está demasiado turbado para disimular; es la forma en que sus cuervos lo protegen. Volverá malhumorado, no dormirá bien y comprenderá con la exasperante dureza de lo real, que el fracaso tendría que haber estado entre sus planes, para que el primero no fuera el último.

Me parece estupendo su retrato, aunque creo que subestima la capacidad de superación de nuestro héroe. Ahora que anda afanado en el cambio de rumbo, cuidándose de que la botavara no le arree un mandoble que lo tire por la borda, puede que se sienta más capitán de película que nunca.