La ventaja de esta apartada ciudad de provincias son sus escapatorias. Apenas a ocho kilómetros, en camino franco, estás en el campo. Lo que resulta muy conveniente al aficionado a la bici de montaña —ciclista amedrentado por los coches—.

Respiren porque no voy a perorar sobre el mito del buen salvaje, no existe.

Lo bueno del camino elegido es que nunca se acaba, entiéndame, siempre queda otra etapa más que posponer para la próxima. La medida del pedaleo exagera, por comparación, las distancias. Hoy he decidido parar en un pueblo a cuarenta y cinco kilómetros del principio. Como cualquier final, éste es arbitrario y desde él —como en los anteriores— no puedo saber cómo continuará. Los pliegues de la ladera impiden adelantarse al trazado. Cualquier recodo de la antigua vía estrecha resulta una pequeña conquista, el placer mudo del descubridor.

Cinco horas a solas en las que sospecho que viajo con todos los fantasmas de los que uno no debe librarse nunca. Sin embargo, quien da pedales soy yo. Y la soledad un gran tresillo que ve la televisión conmigo, cada noche.

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Un comentario a “”

  1. Alejandro dice:

    Aunque pueda soñar algo ñoño y la meta está a cientos de kilómetros te diré que por esos caminos y pistas siempre llevarás contigo a dos gregarios y me permito la licencia de hablar por Pelayo y un servidor. Un abrazo Indurain.