Queridos veraneantes:
Lunes. Cielo azul y frío de montaña. El desmayo de la señora de ayer se debió a una perniciosa combinación de algún medicamento con vermut rojo. Es probable que a la hora del aperitivo la buena mujer olvidara sino sus afecciones sí la toma de la mañana. Se suele restar importancia al prospecto y seguro que en el de aquel medicamente se contraindicaba expresamente su uso junto al de bebidas alcohólicas. Pero la señora en cuestión seguirá haciéndolo hasta que el cuerpo deje de aguantarlo, sino para qué demonios sirve la vejez.
Los periódicos en estas fechas son pasto de historias increíbles. La última cuenta que una de los ministros mejor valorados va a ser devuelta a galeras, de donde precisamente fue rescatada hace años. Los ejércitos de votantes estarán entusiasmados, me imagino que casi tanto como la propia interesada. Esta política circular exige sumisión, cosa muy distinta a la disciplina. Trataré de ensayar esta distinción. El sumiso es visto por el jefe como alguien que no rechistará, con lo cual, como un potencial receptor de la más alocada orden. Sin embargo, al disciplinado no se le da cualquier orden, es más, infunde respeto a su jefe hasta el punto que se cuidará de hacerle determinados encargos.
Podría considerarse igual de sorprendente el asunto de la prohibición de los toros en Cataluña, por motivos éticos. Como fueron los nacionalistas quienes impulsaron y votaron afirmativamente la proscripción taurina, debe cursarse una advertencia capital: no son autoridad moral. Si acaso, unos aduaneros que indican quién, y sobre todo quién no, puede pasar a ser uno de ellos. No me creo que sea ese el motivo. Si lo fuese deberían todos los diputados de Cataluña ponerse a trabajar sin descanso para prohibir todo aquello que quebranta la ética.
El sueño se apodera de mí, debo acabar. Y me voy mientras, Luis XVI declara ante la convención. Conocemos el desenlace, pero ello no la hace menos terrible, éticamente hablando.
Cuídense.
