Cartas babianas (XX)

Queridos veraneantes:

Hoy acabo de tener una típica tarde de verano en Babia: una larga y agradable conversación. Si hubiera un libro de actas, sería muy útil para pasar el invierno. En los inviernos no se tiene la posibilidad, y me temo que tampoco la disposición, de enredarse en una larga charla sin principio, ni tampoco final. Hablas con amigos de tus padres, con niños, y viejos de cosas inimaginables, muy alejadas de uno mismo, por las que de pronto sientes una extraña curiosidad.

Cada uno tienes sus temas de conversación recurrentes, y los míos pueden llegar a ser tan aburridos que me he planteado seriamente abandonarlos, y enmudecer.

Contrariamente a la moda del momento, despotricar contra las redes sociales y hacer chistes con lo de ser amigo del Facebook, defiendo la utilidad de las redes sociales. Te permite saber de amigos a los que no ves, y te gustaría. Pero no sólo sobre si siguen existiendo lo que hasta se podía intuir, sino respecto de sus minuciosidades, puedes llegar a tener la información acerca de si han dormido bien o no, si tienen hambre, o sobre su estado de ánimo. Dato este último difícil de conocer en la realidad, hay personas que disimulan muy bien la tristeza, pero las mismas pueden dejar escrito: “estoy de bajón”.  A pesar de la privacidad, las reservas y los datos que se cuidan dejar tus amigos del Facebook, lo cierto es que suelen explayarse mucho. Y se agradece. No obstante la máquina sigue imponiendo una importante barrera y alimentando el equívoco de que lo virtual ocupa un espacio distinto, un lugar invisible. Cuando en realidad, sólo se trata de un potente administrador de distancias, como lo fue el caballo, el tren, el coche, el avión o incluso el simple sello.

La desconfianza hacia este instrumento no es rara. Una de mis bisabuelas le encantaba escuchar la radio, pero no se ponía ante la televisión, así que la ataran, decía que era cosa del demonio.

Espero que mis amigos del Facebook continúen contándome las cosas que hacen o que piensan, porque yo los seguiré, aunque el tiempo (el verdadero impedimento) haga violenta cualquier interacción, que en algún caso especial me gustaría. Quizá algún día despida a todos los demonios. Cuando así ocurra, se lo contaré.

Cuídense.

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